sábado, 2 de agosto de 2014

El loco amor






¿Qué es el amor? Si quieres saber qué es el amor, no preguntes a la lengua del hombre, sino al corazón de la mujer. Amar, es vivir en un mundo que es creación del propio corazón, cuyas formas y colores son tan brillantes como engañosas e irreales. Para los que aman no hay día ni noche, invierno ni verano, sociedad ni soledad. No hay más que dos etapas en su deliciosa pero quimérica existencia, ambas marcadas en el calendario del corazón: presencia y ausencia. Éstos son los sustitutos de toda la distinción entre naturaleza y sociedad. El mundo para ellos contiene tan sólo a un individuo, y ese individuo es para ellos el mundo tanto como su solo morador. La atmósfera de su presencia es el único aire en que pueden respirar, y la luz de sus ojos el único sol de su creación, en cuyos rayos se calientan y viven. Es vivir una existencia de perpetuas contradicciones; sentir que la ausencia es insoportable y, sin embargo, estar condenados a experimentar la presencia del amado casi de igual manera; tener diez mil pensamientos mientras él está ausente, cuya confesión creemos que hará deliciosa nuestra próxima entrevista, y, sin embargo, cuando llega la hora del encuentro, sentirnos privados, por una timidez a la vez opresiva e inexplicable, del poder de expresar uno solo; ser elocuentes en su ausencia, y mudos en su presencia; esperar la hora de su regreso como el amanecer de una nueva vida y sentir en suspenso, cuando llega, todas esas fuerzas que según habíamos imaginado restablecería su energía; ser la estatua que se enfrenta al sol, pero sin que éste produzca música en ella; estar pendiente de la luz de sus miradas, como lo está el viajero del desierto de la salida del sol; y cuando irrumpe en nuestro mundo vigil, hundirnos lánguidamente bajo su abrumadora e intolerable gloria, y casi desear que fuese de noche otra vez; ¡eso es el amor! Sentir que nuestra existencia se halla tan absorbida en la suya, que perdemos toda noción menos la de su presencia, toda simpatía menos la de sus goces, todo sentido del sufrimiento menos cuando sufre él; ser sólo porque él es, y no tener otra razón para la vida que la de dedicarla a él, mientras aumenta nuestra humillación en proporción a nuestro afecto; y cuanto más te inclinas ante tu ídolo, menos parece que vale tu postración como expresión de tu sentimiento, hasta que eres sólo él, no ya tu misma. Sentir que, ante el sacrificio de ti misma, todos los demás son inferiores, y por tanto, todos los demás sacrificios deben fundirse en él.

De: "Melmoth el errabundo", Charles Robert Maturin.

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