sábado, 29 de noviembre de 2014

El Lamento de la Ninfa


Febo no había todavía
revelado al mundo el día,
cuando una muchacha salió
de su propia casa.
Sobre su pálido rostro
afloraba su dolor,
y a menudo provenía
de su corazón un gran suspiro.
Andando sobre las flores
iba vagando, aquí, allá,
llorando de esta manera
su amor perdido:
«Amor», decía, deteniendo el pie,
mirando el cielo,
«¿Dónde, dónde está la fidelidad
que el traidor me juró?»
Pobrecilla, no puede más, ay,
ya no puede soportar tanto sufrimiento.
«Haz que vuelva mi amor
tal como antaño fue,
o déjame morir, para que
no sufra más.
No quiero ya que él suspire
sino estando lejos de mí,
no, no quiero
que me dé más dolores.
Pues el saber que por él ardo
satisface su orgullo,
quizá, quizá al alejarme
él, a su vez, empezará a rogarme.
Si ella tiene para él más serena
mirada que la mía,
sin embargo no alberga en su seno
un amor que sea tan fiel como el mío.
Ni tendrá nunca
besos tan dulces de esa boca,
ni más tiernos, ay calla,
calla, él bien lo sabe.»
Así, entre amargas lágrimas,
llenaba el cielo con su voz;
así en el corazón de los amantes
el amor mezcla el fuego con el hielo.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Serenade



Copero afeminado




¡Aleja tus más recónditas cavilaciones
y déjate llevar por el canto y la música!
¡Goza el momento con la hija de la viña!
Acepta la vida con alegría y regocijo
y no sigas los pasos de los que se reprimen.
Sirve el vino embellecido desde antiguo
entre las duelas de la cuba: bebida anciana,
consumió la eternidad su lozanía
arrebatándole el aliento era tras era.
Derramada en el cristal es una lumbre que prende
sin llamear; es centella si no se mezcla
y es oro cuando el agua se vierte en ella
salpicando y moviendo en sus entrañas a pelea
las burbujas que rivalizan en la contienda
hasta que alcanzan la superficie y se serenan.
¡Qué belleza en las yemas del copero afeminado
cuya mirada te mantiene en la incerteza!
¡No digas más buenos días! ¡Di buen vino tengas!
Menciona su nombre y aleja con él las guerras.
Mejor que lanzarse a la batalla cabalgando
entre relinchos, será atender el lamento
del copero que abandona el vino en las copas
y del bebedor que suspira por el mal de amor.

Abu Nuwas

viernes, 15 de agosto de 2014

Concerto No. 3



La Cafetera, de Théophile Gautier


El año pasado me invitaron, junto a dos de mis compañeros de trabajo, Arrigo Cohic y Pedrino Borgnioli, a pasar unos días en un lugar remoto de Normandía. El tiempo que, cuando nos pusimos en marcha, prometía ser excelente, cambió de repente, y cayó tanta lluvia, que los tortuosos caminos por los que avanzábamos eran como el lecho de un torrente. Nos hundimos en el cieno hasta las rodillas, una capa espesa de tierra resbaladiza se pegó a la suela de nuestras botas, y su peso aminoró de tal modo nuestros pasos, que llegamos a nuestro lugar de destino una hora después de la puesta del sol. Estábamos agotados; así es que nuestro anfitrión, al comprobar los esfuerzos que hacíamos para reprimir los bostezos y mantener los ojos abiertos, una vez que hubimos cenado, mandó que nos condujeran a cada uno a nuestra habitación. La mía era muy amplia; sentí, al entrar en ella, como un estremecimiento febril, porque me pareció que entraba en un mundo nuevo. Realmente, uno podía creerse en tiempos de la Regencia, viendo los dinteles de Boucher que representaban las cuatro Estaciones, los muebles de estilo rococó del peor gusto, y los marcos de los espejos torpemente tallados. Nada estaba desordenado. El tocador cubierto de estuches de peines, de borlas para los polvos, parecía haber sido utilizado la víspera. Dos o tres vestidos de colores tornasolados, un abanico sembrado de lentejuelas de plata alfombraban el entarimado bien encerado y, ante mi gran asombro, una tabaquera de concha, abierta sobre la chimenea, estaba llena de tabaco todavía fresco. No advertí estas cosas hasta después de que el criado, tras dejar la palmatoria en la mesa de noche, me hubo deseado felices sueños y, lo confieso, empecé a temblar como una hoja. Me desnudé rápidamente, me acosté y, para acabar con aquellos estúpidos temores, pronto cerré los ojos volviéndome hacia el lado de la pared. Pero me fue imposible permanecer en esa postura: la cama se agitaba como una ola y mis párpados y mis ojos se negaban obstinadamente a cerrarse. No tuve más remedio que volverme y mirar. El fuego que ardía en la chimenea lanzaba reflejos rojizos a la estancia, de modo que se podía sin dificultad contemplar los personajes de los tapices y las figuras de los retratos borrosos colgados de la pared. Eran los antepasados de nuestro anfitrión, caballeros con armaduras de hierro, consejeros con peluca, y bellas damas de rostro maquillado y cabellos empolvados de blanco, que llevaban una rosa en la mano. De repente el fuego cobró un extraño grado de actividad; un resplandor macilento iluminó la habitación, y vi claramente que lo que había tomado por simples pinturas se hacía realidad; porque las pupilas de aquellos seres enmarcados se movían, brillaban de forma singular; sus labios se abrían y se cerraban como labios de personas que hablaran, pero yo no oía sino el tic-tac del reloj de pared y el silbido del viento otoñal. Un terror invencible se apoderó de mí, se me erizaron los cabellos, los dientes me castañeteaban tan fuertemente que pensé que se me iban a romper, y un sudor frío inundó todo mi cuerpo. El reloj dio las once. La vibración del último toque retumbó durante un instante interminable y, cuando hubo cesado completamente... ¡Oh, no! No me atrevo a decir lo que ocurrió, nadie me creería y me tomarían por loco. Las velas se encendieron solas; el fuelle, sin que ningún ser visible lo pusiera en movimiento, empezó a soplar el fuego, carraspeando como un viejo asmático, mientras las tenazas removían los tizones y la paleta levantaba las cenizas. Después, una cafetera se tiró desde una mesa en la que estaba posada, y se dirigió, renqueando, hacia la lumbre, donde se instaló entre los tizones. Unos instantes más tarde, las butacas empezaron a ponerse en movimiento y, agitando sus retorcidas patas de forma sorprendente, fueron a colocarse alrededor de la chimenea.

No sabía qué pensar de lo que veía; pero lo que me quedaba por ver era todavía más extraordinario. Uno de los retratos, el más antiguo de todos, el de un gordo mofletudo de barba gris, que se parecía, hasta el punto de confundirse a la idea que siempre me había hecho del viejo sir John Falstaff, sacó, gesticulando, la cabeza de su marco y, después de grandes esfuerzos, habiendo logrado pasar sus hombros y su rechoncho vientre por entre los estrechos márgenes de la orla saltó pesadamente al suelo. Todavía no había recobrado el aliento cuando sacó del bolsillo de su jubón una llave increíblemente pequeña: sopló dentro para asegurarse de que el agujero estaba bien limpio, y la aplicó a todos los marcos, unos tras otros. Y todos los marcos se ensancharon para dejar pasar fácilmente a las figuras que encerraban. Pequeños y sonrosados abates, nobles ancianas, secas y amarillas, magistrados de gesto grave, embutidos en enormes trajes negros, petimetres con medias de seda, calzón de lana y la punta de la espada en alto... todos esos personajes presentaban un espectáculo tan extraño que, a pesar de mi espanto, no pude evitar que me diera la risa. Los dignos personajes se sentaron; la cafetera saltó ágilmente a la mesa. Tomaron el café en tazas del Japón, blancas y azules, que acudieron espontáneamente procedentes de la superficie de un escritorio, cada una provista de un terrón de azúcar y de una cucharita de plata. Una vez tomado el café, tazas, cafetera y cucharas desaparecieron a la vez, y empezó la conversación, realmente la más curiosa que jamás había oído porque ninguno de los extraños conversadores miraba al otro al hablar: todos tenían los ojos fijos en el reloj de péndulo. Yo tampoco podía desviar la mirada de él, ni evitar seguir la aguja, que avanzaba hacia medianoche a imperceptibles pasos. Por fin, sonaron las doce; una voz, cuyo timbre era exactamente el del reloj, se dejó oír y dijo: -Es la hora, bailemos. El grupo entero se levantó. Las butacas retrocedieron solas; entonces, cada caballero cogió la mano de una dama, y la misma voz dijo: -¡Vamos, señores de la orquesta, empiecen! He olvidado decir que el motivo de los tapices era: en uno, un concierto italiano y, en el otro, una cacería de ciervos donde varios criados tocaban el cuerno. Los monteros y los músicos que, hasta entonces, no habían hecho gesto alguno, inclinaron la cabeza en señal de adhesión. El maestro levantó la batuta, y una armonía viva y bailable surgió de los dos extremos de la sala. Primero bailaron el minué. Pero las rápidas notas de la partitura ejecutada por los músicos armonizaban mal con las graves reverencias: además, cada pareja de bailarines, al cabo de unos minutos, se puso a hacer piruetas como una peonza. Los vestidos de seda de las mujeres, arrugados en aquel torbellino danzante, emitían sonidos de especial naturaleza; era como el ruido de alas de un vuelo de palomos. El aire que se introducía por debajo los inflaba prodigiosamente, de modo que parecían campanas en movimiento. El arco de los virtuosos pasaba tan rápidamente por las cuerdas, que salían chispas eléctricas. Los dedos de los flautistas se alzaban y bajaban como si hubieran sido de azogue; las mejillas de los monteros estaban hinchadas como balones, y todo ello formaba un torrente de notas y trinos tan apresurados y escalas ascendentes y descendentes tan embrolladas, tan inconcebibles, que ni los propios demonios hubieran podido seguir dos minutos semejante compás. Daba pena ver los esfuerzos de aquellos bailarines por seguir el ritmo. Saltaban, hacían cabriolas, zalamerías, agitados pasos de danza y trenzados de tres pies de altura, con tal ímpetu que el sudor, que les caía por la frente hasta los ojos, les desdibujaba los bigotes y el maquillaje. Pero por mucho que hicieran, la orquesta siempre se les adelantaba tres o cuatro notas. El reloj dio la una; se detuvieron. Vi algo que se me había escapado: una mujer que no bailaba. Estaba sentada en una butaca a un lado de la chimenea, y no parecía en lo más mínimo tomar parte en lo que pasaba a su alrededor. Jamás, ni siquiera en sueños, nada tan perfecto se había presentado a mis ojos; una piel de resplandeciente blancura, el cabello de un rubio ceniciento, largas pestañas y unos ojos azules, tan claros y tan transparentes, que a través de ellos veía su alma tan nítidamente como un guijarro en el fondo de un arroyo. Y sentí que, si alguna vez llegaba a amar a alguien, sería a ella. Salté precipitadamente de la cama, donde hasta entonces no había podido moverme, y me dirigí hacia ella, llevado por algo que actuaba sobre mí sin que pudiera darme cuenta; y me encontré a sus pies, con una de sus manos entre las mías, charlando como si la conociera desde hacía veinte años. Pero, por un extraño prodigio, mientras le hablaba, seguía con una ligera oscilación de cabeza la música que no había cesado de sonar; y, aunque estuviera en el colmo de la dicha conversando con tan bella persona, los pies me ardían de deseos de bailar con ella. Sin embargo no me atrevía a proponérselo. Al parecer, comprendió lo que yo quería, porque, levantando hacia la esfera del reloj la mano que le quedaba libre, dijo: -Cuando la aguja avance hasta ahí, ya veremos, mi querido Théodore. No sé cómo ocurrió pero no me sorprendió en absoluto oír que me llamaba por mi nombre, y continuamos charlando. Por fin, sonó la hora indicada, la voz con timbre de plata vibró otra vez en la habitación y dijo: -Ángela, puedes bailar con el caballero, si te apetece, pero ya sabes lo que pasará. -No importa -respondió Ángela en tono enojado. Y me rodeó el cuello con su brazo de marfil. -Prestissimo! -gritó la voz. Y empezamos a bailar un vals. El seno de la muchacha tocaba mi pecho, su aterciopelada mejilla rozaba la mía, y su suave aliento acariciaba mi boca. En toda mi vida había experimentado una emoción semejante; mis nervios vibraban como resortes de acero, la sangre me corría por las arterias como un torrente de lava, y oía latir mi corazón como si tuviera un reloj en los oídos. Sin embargo aquel estado no era terrible en absoluto. Estaba inundado de una inefable dicha y hubiera querido seguir siempre así, y, cosa extraordinaria, aunque la orquesta hubiera triplicado su velocidad, no necesitábamos hacer esfuerzo alguno para seguirla. Los asistentes, maravillados de nuestra agilidad, gritaban entusiasmados, y aplaudían con todas sus fuerzas, aunque no emitían ningún sonido. Ángela, que hasta entonces había bailado el vals con una energía y una perfección sorprendentes, de repente pareció cansarse; me pesaba en el hombro como si las piernas le flaquearan; sus piececitos que, un minuto antes, tocaban ligeramente el suelo se alzaban muy lentamente, como si estuvieran cargados con una masa de plomo. -Ángela, estás cansada -le dije-; descansemos. -Me gustaría -contestó enjugándose la frente con su pañuelo-. Pero mientras bailábamos el vals, todos se han sentado; sólo queda una butaca y somos dos. -¡Qué importa, ángel mío! Te sentaré en mis rodillas.

Sin hacer la menor objeción, Ángela se sentó, me rodeó con sus brazos como si de un chal blanco se tratara y escondió la cabeza en mi pecho para calentarse un poco, porque se había quedado fría como el mármol. No sé cuánto tiempo permanecimos en esa posición, porque todos mis sentidos estaban absortos en la contemplación de aquella misteriosa y fantástica criatura. Había perdido la noción de la hora y del lugar; el mundo real ya no existía para mí, y todos los lazos que me acaban a él se habían roto; mi alma, libre de su prisión de fango, nadaba en el vacío y el infinito; comprendía lo que ningún hombre puede comprender, pues los pensamientos de Ángela se me revelaban sin que ella tuviera necesidad de hablar. Su alma brillaba en su cuerpo como una lámpara de alabastro, y los rayos que salían de su pecho atravesaban el mío de parte a parte. Cantó la alondra y un pálido resplandor se vislumbró tras las cortinas. En cuanto Ángela lo vio, se levantó precipitadamente, me hizo un gesto de despedida y, después de dar unos pasos, lanzó un grito y se desplomó. Presa de espanto, me precipité a levantarla... La sangre se me hiela sólo de pensarlo: no encontré sino la cafetera rota en mil pedazos. Ante aquella visión, convencido de que había sido el juguete de alguna ilusión diabólica, se apoderó de mí tal pánico, que me desvanecí.

Cuando recobré el conocimiento, me encontraba en la cama; Arrigo Cohic y Pedrino Borgnioli estaban de pie a la cabecera. En cuanto abrí los ojos, Arrigo exclamó: -¡Bueno, menos mal! Llevo casi una hora frotándote las sienes con agua de Colonia. ¿Qué diablos has hecho esta noche? Por la mañana, al ver que no bajabas, entré en tu habitación, y te encontré, cuan largo eres, tirado en el suelo, vestido de cuello duro y levita, abrazando un trozo de porcelana rota como si de una joven y bella muchacha se tratara. -¡Pues claro! Es el traje de boda de mi abuelo -dijo el otro levantando uno de los faldones de seda forrado en tono rosa y estampado en tonos verdes-. Estos son los botones de estrás y de filigrana de los que tanto presumía. Théodore lo habrá encontrado en algún rincón y se lo habrá puesto para divertirse. Pero ¿cuál ha sido la causa de tu mal? Eso está bien para una damisela de blancos hombros; se le afloja el corsé, se le quitan los collares, el chal: una buena ocasión para hacer remilgos. -No ha sido más que un desmayo; soy muy propenso -respondí secamente. Me levanté y me despojé de mi ridícula vestimenta. Luego fuimos a almorzar. Mis tres compañeros comieron mucho y bebieron todavía más; yo casi no comí, pues el recuerdo de lo que había pasado me distraía de forma extraña. El almuerzo terminó, pero como llovía a cántaros, no se podía salir; cada uno se entretuvo, pues, como pudo. Borgnioli tamborileó marchas guerreras en los cristales; Arrigo y el anfitrión jugaron una partida de damas; yo saqué de mi álbum una hoja de pergamino y me puse a dibujar. Las líneas casi imperceptibles trazadas por mi lápiz, sin que hubiera pensado en ello en absoluto, comenzaron a diseñar con la más maravillosa exactitud la cafetera que había jugado un papel tan importante en las escenas de la noche. -Es sorprendente cómo esta cabeza se parece a mi hermana Ángela -dijo el anfitrión, que había terminado su partida y me veía trabajar por encima del hombro. En efecto, lo que antes me había parecido una cafetera era realmente el perfil dulce y melancólico de Ángela. -¡Por todos los santos del paraíso! ¿Está muerta o viva? -exclamé con un cierto temblor en la voz, como si mi vida dependiera de su respuesta. -Murió hace dos años, de una pleuresía, después de un baile. -¡Ay! -respondí dolorosamente. Y, conteniendo una lágrima que estaba a punto de caer, guardé el papel en el álbum. ¡Acababa de comprender que para mí ya no era posible la felicidad en la tierra!

L'isle Joyeuse



Libros



No puedo colocar entre mis libros predilectos un libro de filosofía. Por mucho que me guste, nunca alcanza a tener la fuerza y el impacto que se imprime en el fondo del alma y la destroza. Sólo he encontrado esa cualidad en algunos libros de poesía y literatura. La filosofía gusta, es amena y admirable, pero no desgarra; y yo no puedo colocar entre mis libros preferidos lo que no me haya desgarrado el alma.

Gnossienne No. 3



Sobre la absenta



La absenta o ajenjo, apodada la Fée Verte ('El hada verde') o también apodada el Diablo Verde, es una bebida alcohólica de ligero sabor anisado, con un fondo amargo de tintes complejos debido a la contribución de las hierbas que contiene, principalmente Artemisia absinthium. Cuando se le añade agua fría y azúcar, la bebida se transforma en la esencia lechosa louche. Comenzó siendo un elixir en Suiza, pero fue en Francia donde se hizo popular debido a la asociación entre los artistas y escritores que tomaban esta bebida en el París de finales del siglo XIX hasta que se prohibió su producción en 1915. La marca más popular durante el siglo XIX fue Pernod Fils hasta su prohibición. Durante la Belle Époque el nombre se convirtió en sinónimo de la bebida y la marca representó el estándar de calidad de facto por el cual se juzgaba a todas las demás.

Información extraída de Wikipedia.

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¿Cuál es la diferencia entre un vaso de absenta y el ocaso?

Oscar Wilde

Adagio Assai



A une passante




La calle ensordecedora alrededor mío aullaba.
Alta, delgada, enlutada, dolor majestuoso,
Una mujer pasó, con mano fastuosa
Levantando, balanceando el ruedo y el festón;

Ágil y noble, con su pierna de estatua.
Yo, yo bebí, crispado como un extravagante,
En su pupila, cielo lívido donde germina el huracán,
La dulzura que fascina y el placer que mata.

Un rayo... ¡luego la noche! — Fugitiva beldad
Cuya mirada me ha hecho súbitamente renacer,
¿No te veré más que en la eternidad?

Desde ya, ¡lejos de aquí! ¡Demasiado tarde! ¡Jamás, quizá!
Porque ignoro dónde tú huyes, tú no sabes dónde voy,
¡Oh, tú!, a la que yo hubiera amado, ¡oh, tú que lo supiste!


Charles Baudelaire

Rêverie



El amante abrasado por el amor



No es amor el amor que no arrasa.
¿Brinda acaso un tizón el calor de una hoguera?
Noche y día, durante toda su vida,
el verdadero amante se consume de dolor y de placer.

Omar Khayyam

La Bohème



Un amor puro



Si hay tanta pureza en el amor que por mí siente aún el Emperador como lo hay en este oro, todavía podremos reunirnos sin que existan para nosotros fronteras entre el cielo y la tierra. Y, como último encargo, decidle que se acuerde de que el séptimo día de la séptima luna, a media noche, elevamos al cielo nuestro deseo de que nos transformara en él en dos pájaros que volaran siempre juntos, o, en la tierra, en dos entrelazadas ramas de un mismo árbol.

La amante de Ming-Noang

jueves, 14 de agosto de 2014

O mio babbino caro



El cielo en tus ojos



Las sombras descendían, los pájaros callaban,
la luna desplegaba su nacarado olán.
La noche era de oro, los astros nos miraban
y el viento nos traía la esencia del galán.

El cielo azul tenía cambiantes de topacio,
la tierra oscura cabello de bálsamo sutil;
tus ojos más destellos que todo aquel espacio,
tu juventud más ámbar que todo aquel abril.

Aquella era la hora solemne en que me inspiro,
en que del alma brota el cántico nupcial,
el cántico inefable del beso y del suspiro,
el cántico más dulce, del idilio triunfal.

De súbito atraído quizá por una estrella,
volviste al éter puro tu rostro soñador...
Y dije a los luceros: "¡verted el cielo en ella!"
y dije a tus pupilas: "¡verted en mí el amor!"

Víctor Hugo

Suite Bergamasque



Un poema de la divina Safo




Dicen unos que una tropa de jinetes, otros la infantería
y otros que una escuadra de navíos, sobre la tierra
oscura es lo más bello; mas yo digo
que es lo que uno ama.

Safo de Lesbos

Slavonic Dance No. 2



sábado, 2 de agosto de 2014

El loco amor






¿Qué es el amor? Si quieres saber qué es el amor, no preguntes a la lengua del hombre, sino al corazón de la mujer. Amar, es vivir en un mundo que es creación del propio corazón, cuyas formas y colores son tan brillantes como engañosas e irreales. Para los que aman no hay día ni noche, invierno ni verano, sociedad ni soledad. No hay más que dos etapas en su deliciosa pero quimérica existencia, ambas marcadas en el calendario del corazón: presencia y ausencia. Éstos son los sustitutos de toda la distinción entre naturaleza y sociedad. El mundo para ellos contiene tan sólo a un individuo, y ese individuo es para ellos el mundo tanto como su solo morador. La atmósfera de su presencia es el único aire en que pueden respirar, y la luz de sus ojos el único sol de su creación, en cuyos rayos se calientan y viven. Es vivir una existencia de perpetuas contradicciones; sentir que la ausencia es insoportable y, sin embargo, estar condenados a experimentar la presencia del amado casi de igual manera; tener diez mil pensamientos mientras él está ausente, cuya confesión creemos que hará deliciosa nuestra próxima entrevista, y, sin embargo, cuando llega la hora del encuentro, sentirnos privados, por una timidez a la vez opresiva e inexplicable, del poder de expresar uno solo; ser elocuentes en su ausencia, y mudos en su presencia; esperar la hora de su regreso como el amanecer de una nueva vida y sentir en suspenso, cuando llega, todas esas fuerzas que según habíamos imaginado restablecería su energía; ser la estatua que se enfrenta al sol, pero sin que éste produzca música en ella; estar pendiente de la luz de sus miradas, como lo está el viajero del desierto de la salida del sol; y cuando irrumpe en nuestro mundo vigil, hundirnos lánguidamente bajo su abrumadora e intolerable gloria, y casi desear que fuese de noche otra vez; ¡eso es el amor! Sentir que nuestra existencia se halla tan absorbida en la suya, que perdemos toda noción menos la de su presencia, toda simpatía menos la de sus goces, todo sentido del sufrimiento menos cuando sufre él; ser sólo porque él es, y no tener otra razón para la vida que la de dedicarla a él, mientras aumenta nuestra humillación en proporción a nuestro afecto; y cuanto más te inclinas ante tu ídolo, menos parece que vale tu postración como expresión de tu sentimiento, hasta que eres sólo él, no ya tu misma. Sentir que, ante el sacrificio de ti misma, todos los demás son inferiores, y por tanto, todos los demás sacrificios deben fundirse en él.

De: "Melmoth el errabundo", Charles Robert Maturin.

viernes, 28 de febrero de 2014

Sobre los maravillosos efectos del hachís, por Charles Baudelaire




Cuando se lleva a cabo la siega del cáñamo, ocurren a veces extraños fenómenos en la persona de los trabajadores varones y mujeres. Diríase que se eleva de la cosecha no sé qué espíritu vertiginoso que circula alrededor de las piernas y sube maliciosamente hasta el cerebro. La cabeza del segador se llena de torbellinos, otras se preña de ensueños.

La composición del hachís se hace con una decocción de cáñamo indio, mantequilla y una pequeña cantidad de opio.

He aquí una confitura verde, singularmente olorosa que produce cierta repulsión, como haría, por lo demás, cualquier olor fino llevado a su máxima fuerza y, por decirlo así, densidad. Tomen el tamaño de una nuez, llenen una cucharita y poseerán la felicidad; la felicidad absoluta con todas sus embriagueces, todas sus locuras de juventud y, también, sus infinitas beatitudes. La felicidad está ahí, en forma de un pequeño pedazo de confitura; tómenla sin temor, no se muere de eso.

Por lo general, para dar al hachís toda su fuerza y todo su desarrollo, es preciso diluirlo en café muy caliente y tomarlo en ayunas; la cena se retrasa hasta las diez o la media noche.

He olvidado decir que como el hachís provoca en el ser humano una exasperación de su personalidad y, al mismo tiempo, una sensación muy viva de las circunstancias y los medios, era conveniente someterse a su acción sólo en medios y circunstancias favorables. Puesto que cualquier alegría, cualquier bienestar es superabundante, cualquier dolor, cualquier angustia es inmensamente profunda.

De entrada, cierta hilaridad estrafalaria e irresistible se apodera de ti. Las palabras más vulgares, las ideas más simples, adoptan una fisonomía extraña y nueva. Esta alegría te resulta insoportable a ti mismo; pero es inútil oponerse. El demonio te ha invadido; todos los esfuerzos que hagas para resistir solo servirán para acelerar los progresos del mal. Te ríes de tus bobadas y de tu locura; tus compañeros se ríen en tus narices y no se lo reprochas, pues comienza a manifestarse la benevolencia.

Tus retozos, tus carcajadas parecen el colmo de la tontería a cualquier persona que no se encuentre en el mismo estado que tú.

La prudencia de ese infeliz te divierte con desmesura, su sangre fría te lleva al último extremo de la ironía; te parece el más loco y ridículo de todos los hombres.

Fui testigo, en esta primera fase, de dos escenas bastante grotescas. Un músico célebre, que ignoraba las propiedades del hachís y tal vez no había oído nunca hablar de ellas, se planta en un grupo donde casi todo el mundo lo había tomado. Intentan hacerle comprender sus maravillosos efectos. Ríe con gracia, como un hombre que acepta posar unos minutos para quedar bien, porque está bien educado. (…) Las carcajadas, las incomprensibles enormidades, los inextricables juegos de palabras, los gestos barrocos prosiguen. El músico declara que esta carga de artistas es mala y que, por lo demás, debe ser muy fatigosa para los autores.

Carcajadas inevitables llenan la sala. El hombre se enoja y quiere marcharse. Alguien cierra la puerta y esconde la llave. Otro se pone de rodillas ante él y le declara, llorando, en nombre de toda concurrencia, que si se siente conmovida por él y su inferioridad con la más profunda compasión, no se sentirá menos animada por una eterna benevolencia.

Le suplican que toque música, él se resigna. Apenas el violín se había dejado oír cuando los sonidos que se difundían por el apartamento se apoderaron, aquí o allá, de algunos de los enfermos. Ya todo eran suspiros profundos, sollozos, desgarradores gemidos, torrentes de lágrimas. El músico, asustado, se detiene; se cree en un manicomio. Se acerca a aquel cuya beatitud era más escandalosa; le pregunta si sufre mucho y que debería hacerse para aliviarle. Un espíritu positivo, que tampoco había probado la beatifica droga, ofrece limonada y algunos ácidos. El enfermo, con el éxtasis en los ojos, le mira con inefable desprecio; su orgullo le salva de más graves injurias. En efecto, ¿hay algo más capaz de exasperar a un enfermo de alegría que desear curarle?    

He aquí un fenómeno extremadamente curioso, a mi entender: una sirvienta, encargada de servir tabaco y refresco a la gente presa del hachís, viéndose rodeada de extrañas caras, de ojos desmesuradamente agrandados y como envuelta en una atmosfera malsana, por esta locura colectiva, suelta una carcajada insensata, deja caer la bandeja que se rompe con todas las tazas y las copas, y pone asustada pies en pólvora. Todo el mundo se ríe.

Los sentidos se hacen de una agudeza y una finura extraordinarias. Los ojos perforan el infinito. El oído percibe los sonidos más inaprensibles entre los más agudos ruidos.

Comienzan las alucinaciones. Los objetos exteriores adoptan apariencias monstruosas. Se revelan en formas hasta ahora desconocidas. Luego se deforman, se transforman y, por fin, entran en tu ser o tú entras en ellos. Los equívocos más singulares, las más inexplicables transposiciones de ideas se producen. Los sonidos tienen color, los colores tienen música. Las notas musicales son números y resuelves con pasmosa rapidez prodigiosos cálculos aritméticos a medida que la música se desarrolla en tus oídos. Estás sentado y fumas; crees estar sentado en tu pipa y tu pipa te está fumando a ti; eres tú el que se exhala en forma de nubes azuladas.

Esta imaginación dura una eternidad. Un intervalo de lucidez te permite, con gran esfuerzo, mirar el reloj de péndulo. La eternidad ha durado un minuto. Te arrastra otra corriente de ideas; te arrastra durante un minuto en su viviente torbellino, y ese minuto será también una eternidad. Las proporciones del tiempo y del ser son transformadas por la innumerable multitud y por la intensidad de las sensaciones y las ideas. Se viven varias vidas de ser humano en espacio de una hora.

De vez en cuando la personalidad desaparece. La objetividad que forja a ciertos poetas panteístas y a los actores se hace tal que te confundes con los seres exteriores. Hete aquí al árbol mugiendo al viento y cantando a la naturaleza melodías vegetales. Planeas ahora en el azur del cielo inmensamente agrandado. Todo dolor ha desaparecido. No luchas ya, eres arrastrado, no eres ya tu dueño y no te afliges por ello. Dentro de un rato, la idea de tiempo desaparecerá por completo. De vez en cuando se produce todavía un pequeño despertar. Te parece que sales de un mundo maravilloso y fantástico.

En otras ocasiones, la música te cuenta poemas infinitos, te coloca en dramas horrendos o maravillosos. Se asocia con los objetos que están ante tus ojos. Las pinturas del techo, incluso mediocres o malas, adquieren una aterrorizadora vida. El agua límpida y encantadora corre por el césped que tiembla. Las ninfas de carnes resplandecientes te miran con grandes ojos más límpidos que el agua y que el azur. Ocuparías tu lugar y representarías tu papel en las más malvadas pinturas, el más grosero papel pintado que forra los muros de las posadas.

He advertido que el agua adopta un aterrorizador encanto para todos los espíritus algo artísticos iluminados por el hachís. Los cursos de agua, los surtidores, las cascadas armoniosas, la inmensidad azul del mar, corren, duermen, cantan en lo más hondo de tu espíritu. Tal vez no fuera bueno dejar a una persona en ese estado a orillas de un agua límpida; como el pescador de la balada, tal vez se dejara arrastrar por la Ondina.

Hacía el final de la velada, se puede comer, pero esa operación no se lleva a cabo sin dificultades. Te encuentras tan por encima de los hechos materiales que ciertamente preferirías permanecer tendido cuan largo eres en el fondo de tu paraíso intelectual. 

La tercera fase, separada de la segunda por un aumento de la crisis, una vertiginosa embriaguez seguida por un nuevo malestar, es algo indescriptible. Es lo que los orientales llaman el kif; es la felicidad absoluta. No es ya algo atorbellinado y tumultuoso. Es una beatitud calma e inmóvil. Todos los problemas filosóficos están resueltos. Todas las arduas cuestiones contra las que batallan los teólogos, y que desesperan a la humanidad razonadora, son límpidas y claras. Toda contradicción se ha vuelto unidad. El ser humano se ha pasado a Dios. 

Te parece que sientes un bienestar y una maravillosa ligereza de espíritu; ninguna fatiga. Pero apenas estás de pie cuando se manifiesta un viejo resto de embriaguez. Tus débiles piernas te conducen con timidez, temes romperte como un objeto frágil. Una gran languidez, que no carece de encanto, se apodera de tu espíritu.

No digo que el hachís produzca sobre todos los seres humanos los efectos que acabo de describir. He contado, más o menos, los fenómenos que suelen producirse, salvo algunas variantes, en los espíritus artísticos y filosóficos. Pero hay temperamentos en que esa droga sólo desarrolla una ruidosa locura, un júbilo violento que se parece al vértigo, danzas, saltos, pataleos, carcajadas. Tienen, por así decirlo, un hachís del todo material. Son insoportables para los espiritualistas, que sienten mucha compasión por ellos. Su fea personalidad estalla. Vi cierta vez a un respetable magistrado, un hombre honorable, como dice de sí misma la gente de mundo, a uno de esos hombres cuya artificial gravedad impone siempre, en el momento en que el hachís le había invadido, ponerse de pronto a saltar un cancán de lo más indecente. El monstruo interior y verídico se revelaba. Aquel hombre que juzgaba las acciones de sus semejantes, aquel Togatus, había aprendido a hurtadillas el cancán.    

Se dice que esa substancia no causa daño físico alguno. Es cierto, hasta ahora al menos. Pues no sé hasta qué punto puede decirse que un hombre que sólo soñara y fuera incapaz de acción se encontraría bien, aunque todos sus miembros estuvieran en buen estado. Pero lo atacado es la voluntad, y este es el órgano más valioso. Jamás una persona que puede, con una cuchara de confitura, procurarse instantáneamente todos los bienes del cielo y la tierra, adquirirá su milésima parte por el trabajo. Ante todo hay que vivir y trabajar.

Termino este artículo con unas hermosas frases que no son mías sino de un noble filósofo poco conocido, Barbereau, teórico musical y profesor del Conservatorio. Estaba junto a él en un grupo del que algunas personas habían tomado el bienaventurado veneno, y me dijo con acento de inefable desprecio: “No comprendo por qué el ser humano racional y espiritual utiliza medios artificiales para llegar a la beatitud poética, puesto que el entusiasmo y la voluntad bastan para elevarle a una existencia supranatural. Los grandes poetas, los filósofos, los profetas, son seres que, por el puro y libre ejercicio de la voluntad, llegan a un estado en el que son a la vez causa y efecto, sujeto y objeto, magnetizador y sonámbulo.”

Pienso exactamente como él.   

El amor según Séneca



No cabe duda que hay cierta semejanza entre la amistad y el afecto de los amantes: pordía decirse que el amor es una amistad furiosamente exacerbada. Pues bien, ¿se ama acaso con fines de lucro, por ambición o vanidad? Si el amor, despreocupado de todo lo demás, inflama las llamas por la belleza y la esperanza de afecto mutuo, lo hace por sí mismo.

La buena educación según Honoré de Balzac




Pero existen igualmente personas cuya voz armoniosa imprime a su habla un hechizo que se extiende igualmente a los modales. Saben hablar y saben callarse, se ocupan de nosotros con delicadeza, solo tocan temas de conversación convenientes, eligen sus palabras con acierto, su lenguaje es puro, sus bromas acarician y su crítica nunca hiere. Lejos de contradecir con la ignorante arrogancia de un necio, parecen buscar en nuestra compañía el buen sentido o la verdad. Ni sermonean ni discuten, se complacen conduciendo una conversación, que interrumpen en el momento oportuno. Son de humor estable, su talante es afable y risueño. Sus modales no tienen nada de forzado, su amabilidad nada de servil; reducen el respeto hasta convertirlo en una suave sombra; no nos cansan nunca, y nos dejan satisfechos de ellos y de nosotros. Llegamos hasta su esfera por un poder inexplicable, encontramos su espíritu impregnando todas las cosas que les rodean: en sus casas todo halaga la vista y se respira como el aire de una patria. En la intimidad, nos seducen por su tono ingenuo. Son personas naturales. En ellos no hay esfuerzo, lujo ni ostentación; sus sentimientos se expresan de manera sencilla porque son auténticos. Son sinceros sin ofender jamás el amor propio de nadie. Aceptan a las personas tal como Dios las hizo, perdonando los defectos y las ridiculeces, comprendiendo todas las edades y sin irritarse por nada, porque poseen el tacto de preverlo todo. Hacen que te sientas agradecido antes que consolar; son cariñosos y alegres. Así, llegas a quererlos irresistiblemente. Los tomas como ejemplo y les profesas culto.

Esas personas tienen la gracia divina y concomitante.   

Testimonios del mundo grecorromano sobre Safo y su arte amatorio




Elogios a Safo

La gracia, a veces, es inherente a los propios objetos: los huertos de las ninfas, los cantos de himeneo, los amores, toda la poesía de Safo.

Demetrio, Sobre el estilo

En la misma época que ellos (Alceo y Pítaco), floreció también Safo: qué cosa tan digna de admiración. Hasta donde alcanza la memoria no sabemos que haya surgido una mujer que rivalice con ella ni de lejos en la fascinación de su poesía. 

Estrabón, Geografía

Los mitilenios acuñaron la moneda con la efigie de Safo.

Pólux, Léxico

Y el mixolidio es un tono apasionado, que se adapta bien a las tragedias. Dice Aristóxeno que Safo fue la inventora de este tono, y que de ella aprendieron los poetas trágicos.

Plutarco, Sobre la música

A Safo, poetisa, hija de Escamandronimo, Platón, el hijo de Aristón, la calificó de sabia.

Eliano, Varia historia

Dicen uno que nueve son las Musas. Qué negligencia. Que sepan que la decima es Safo la de Lesbos.

Platón, Antología Palatina

Quedó maravillada Mnemósine cuando escuchara a Safo de dulce voz: tienen los hombres a la Musa décima.

Antípatro de Sidón, Antología Palatina

Oh Safo divina, ornada de violetas, de sonrisa de miel…

Alceo

Solón de Atenas, hijo de Equecéstides, oyó en un banquete a un sobrino suyo entonar un canto de Safo. Dicha pieza le produjo un gran placer y solicitó al jovencito que se la enseñara. Cuando le preguntaron por qué se ocupaba de eso, él contestó: “Para morir llevándolo aprendido”.

Eliano, según el Florilegio de Estobeo

Cameleonte, en su estudio Sobre Safo, dice incluso que –en opinión de algunos- Anacreonte habría dedicado estas líneas a Safo:

Otra vez su pelota de color púrpura
me arroja el rubio Eros
y me invita a jugar con una niña
que calza unas sandalias de colores.
Pero ella –que es de Lesbos,
la de las nobles calles- cuando ve mi pelambre
ya blanca, la desprecia
y entreabre su boca en pos de otra.

Ateneo, El Banquete de los sofistas

Pero viven aún y seguirán viviendo
las paginas vibrantes y blancas de las odas
de Safo tan amadas. Dichoso sea tu nombre,
que Náucratis así preservará, mientras avance
el barco por el Nilo hacia el salado mar.

Ateneo, El banquete de los sofistas

Venid al luminoso recinto de Hera la de los ojos de novilla,
mujeres lesbias, moviendo el torbellino de vuestros tiernos pies,
y disponed ahí la hermosa danza para la diosa.
Safo os ha de guiar con su dorada lira entre las manos.
Dichosas en la muy gozosa danza: en verdad un dulce himno
parecéis escuchar de la propia Calíope.

Anónimo, Antología Palatina


Más elogios y sobre el arte amatorio de Safo

El eros de la de Lesbos, ¿qué otra cosa podría ser sino el arte erótico de Sócrates? En mi opinión, cada uno se consagraba a sus afectos particulares, ella con mujeres, él con hombres. Y decían que amaban a muchos y se dejaban dominar por los hermosos. Lo que para Sócrates suponían Alcibíades, Cármides y Fedro, lo mismo para la lesbia representaban Atis, Girina y Anactoria. (…)

Diotima dice a Sócrates que el amor no es hijo, sino acólito y criado de Afrodita; y así se dirige a Safo Afrodita en un canto: “Tú, y también eros, mi ayudante”. Diotima dice que el amor florece con la abundancia y muere en la penuria; Safo, resumiendo todo esto, lo llama “dulciamargo” y “el que obsequia con dolencias”. El amor lo llama Sócrates “sofista” y Safo “urdidor de mitos”. Aquél cae en delirio amoroso por Fedro, a ella el amor le sacude las entrañas:

Eros ha sacudido mis entrañas
como un viento abatiéndose en el monte
sobre las encinas.

Máximo de Tiro

Tales versos de amor compusieron también otros, aunque vosotros los desconozcáis: entre los griegos, uno de Teos, uno de Lacedemonia y otro de Ceos junto a otros incontables poetas, e incluso una mujer de Lesbos, aquella que con indudable voluptuosidad y con encanto nos reconcilia con la insolencia de su lengua por medio de la dulzura de sus canciones.

Apuleyo, Apología

Safo fue la única entre las mujeres que con su lira mostró amor a lo bello; y por ello consagró a Afrodita y a los amores toda su poesía, y tomó como pretexto de sus canciones la belleza y los encantos de una joven.

Himerio, Discursos

Perdonamos a Safo y a Anacreonte que se muestren desmesurados y excesivos en sus elogios al eros juvenil. Pues eran individuos que amaban cuerpos individuales, y no sobrevenía ningún peligro si los amados se enternecían por los elogios de aquellos. Hasta tal punto el amor es regio y majestuoso es el amado.

Temistio, Discusos

De asuntos amorosos de los dioses hay abundante noticia en los poetas y en los historiadores, de quienes tomarás tus suministros, pero invocarán también los poemas eróticos de Safo, los de Homero y los de Hesíodo.

Menandro el Retórico, Sobre la oratoria demostrativa

Aparte de mezclar pasión con mucho vino,
¿qué otra cosa enseñaba la musa del anciano
poeta de Teos? ¿Y en qué sino en amores
instruyó a las muchachas la lesbia Safo?

Ovidio, Tristes

Refugio placentero de jóvenes amantes
Safo, a ti entre las Musas (pues inspiras lo mismo)
Como musa de Éreso en Eolia
Te honran el Helicón de hermosas hiedras y Pieria.
Y el divino Himeneo con antorcha radiante
Las alcobas nupciales junto a ti las preside.
Contemplas el recinto sagrado de los dioses
Acompañando el llanto de Afrodita, doliente
por el hijo de Cíniras. Salve siempre, señora
que igualas a los dioses: tus cantos
como hijas inmortales tenemos todavía.

Dioscórides, Antología Palatina

Guardas a Safo, tierra eolia, a la Musa mortal
cantada entre las Musas no mortales,
la nutrida a la vez por Eros y por Cipris, para quien Seducción
la corona perenne trenzó de las Piérides,
gozo para la Hélade y gloria para ti.
Moiras que hacéis girar el hilo en vuestra rueca,
¿cómo no habéis hilado un día eterno
a la cantora que veló los dones
eternos de las Musas Heliconias?

Antípatro de Sidón, Antología Palatina