Cuando se lleva a cabo la siega del cáñamo, ocurren a veces extraños fenómenos en la persona de los trabajadores varones y mujeres. Diríase que se eleva de la cosecha no sé qué espíritu vertiginoso que circula alrededor de las piernas y sube maliciosamente hasta el cerebro. La cabeza del segador se llena de torbellinos, otras se preña de ensueños.
La composición del hachís se hace con una decocción de cáñamo indio, mantequilla y una pequeña cantidad de opio.
He aquí una confitura verde, singularmente olorosa que produce cierta repulsión, como haría, por lo demás, cualquier olor fino llevado a su máxima fuerza y, por decirlo así, densidad. Tomen el tamaño de una nuez, llenen una cucharita y poseerán la felicidad; la felicidad absoluta con todas sus embriagueces, todas sus locuras de juventud y, también, sus infinitas beatitudes. La felicidad está ahí, en forma de un pequeño pedazo de confitura; tómenla sin temor, no se muere de eso.
Por lo general, para dar al hachís toda su fuerza y todo su desarrollo, es preciso diluirlo en café muy caliente y tomarlo en ayunas; la cena se retrasa hasta las diez o la media noche.
He olvidado decir que como el hachís provoca en el ser humano una exasperación de su personalidad y, al mismo tiempo, una sensación muy viva de las circunstancias y los medios, era conveniente someterse a su acción sólo en medios y circunstancias favorables. Puesto que cualquier alegría, cualquier bienestar es superabundante, cualquier dolor, cualquier angustia es inmensamente profunda.
De entrada, cierta hilaridad estrafalaria e irresistible se apodera de ti. Las palabras más vulgares, las ideas más simples, adoptan una fisonomía extraña y nueva. Esta alegría te resulta insoportable a ti mismo; pero es inútil oponerse. El demonio te ha invadido; todos los esfuerzos que hagas para resistir solo servirán para acelerar los progresos del mal. Te ríes de tus bobadas y de tu locura; tus compañeros se ríen en tus narices y no se lo reprochas, pues comienza a manifestarse la benevolencia.
Tus retozos, tus carcajadas parecen el colmo de la tontería a cualquier persona que no se encuentre en el mismo estado que tú.
La prudencia de ese infeliz te divierte con desmesura, su sangre fría te lleva al último extremo de la ironía; te parece el más loco y ridículo de todos los hombres.
Fui testigo, en esta primera fase, de dos escenas bastante grotescas. Un músico célebre, que ignoraba las propiedades del hachís y tal vez no había oído nunca hablar de ellas, se planta en un grupo donde casi todo el mundo lo había tomado. Intentan hacerle comprender sus maravillosos efectos. Ríe con gracia, como un hombre que acepta posar unos minutos para quedar bien, porque está bien educado. (…) Las carcajadas, las incomprensibles enormidades, los inextricables juegos de palabras, los gestos barrocos prosiguen. El músico declara que esta carga de artistas es mala y que, por lo demás, debe ser muy fatigosa para los autores.
Carcajadas inevitables llenan la sala. El hombre se enoja y quiere marcharse. Alguien cierra la puerta y esconde la llave. Otro se pone de rodillas ante él y le declara, llorando, en nombre de toda concurrencia, que si se siente conmovida por él y su inferioridad con la más profunda compasión, no se sentirá menos animada por una eterna benevolencia.
Le suplican que toque música, él se resigna. Apenas el violín se había dejado oír cuando los sonidos que se difundían por el apartamento se apoderaron, aquí o allá, de algunos de los enfermos. Ya todo eran suspiros profundos, sollozos, desgarradores gemidos, torrentes de lágrimas. El músico, asustado, se detiene; se cree en un manicomio. Se acerca a aquel cuya beatitud era más escandalosa; le pregunta si sufre mucho y que debería hacerse para aliviarle. Un espíritu positivo, que tampoco había probado la beatifica droga, ofrece limonada y algunos ácidos. El enfermo, con el éxtasis en los ojos, le mira con inefable desprecio; su orgullo le salva de más graves injurias. En efecto, ¿hay algo más capaz de exasperar a un enfermo de alegría que desear curarle?
He aquí un fenómeno extremadamente curioso, a mi entender: una sirvienta, encargada de servir tabaco y refresco a la gente presa del hachís, viéndose rodeada de extrañas caras, de ojos desmesuradamente agrandados y como envuelta en una atmosfera malsana, por esta locura colectiva, suelta una carcajada insensata, deja caer la bandeja que se rompe con todas las tazas y las copas, y pone asustada pies en pólvora. Todo el mundo se ríe.
Los sentidos se hacen de una agudeza y una finura extraordinarias. Los ojos perforan el infinito. El oído percibe los sonidos más inaprensibles entre los más agudos ruidos.
Comienzan las alucinaciones. Los objetos exteriores adoptan apariencias monstruosas. Se revelan en formas hasta ahora desconocidas. Luego se deforman, se transforman y, por fin, entran en tu ser o tú entras en ellos. Los equívocos más singulares, las más inexplicables transposiciones de ideas se producen. Los sonidos tienen color, los colores tienen música. Las notas musicales son números y resuelves con pasmosa rapidez prodigiosos cálculos aritméticos a medida que la música se desarrolla en tus oídos. Estás sentado y fumas; crees estar sentado en tu pipa y tu pipa te está fumando a ti; eres tú el que se exhala en forma de nubes azuladas.
Esta imaginación dura una eternidad. Un intervalo de lucidez te permite, con gran esfuerzo, mirar el reloj de péndulo. La eternidad ha durado un minuto. Te arrastra otra corriente de ideas; te arrastra durante un minuto en su viviente torbellino, y ese minuto será también una eternidad. Las proporciones del tiempo y del ser son transformadas por la innumerable multitud y por la intensidad de las sensaciones y las ideas. Se viven varias vidas de ser humano en espacio de una hora.
De vez en cuando la personalidad desaparece. La objetividad que forja a ciertos poetas panteístas y a los actores se hace tal que te confundes con los seres exteriores. Hete aquí al árbol mugiendo al viento y cantando a la naturaleza melodías vegetales. Planeas ahora en el azur del cielo inmensamente agrandado. Todo dolor ha desaparecido. No luchas ya, eres arrastrado, no eres ya tu dueño y no te afliges por ello. Dentro de un rato, la idea de tiempo desaparecerá por completo. De vez en cuando se produce todavía un pequeño despertar. Te parece que sales de un mundo maravilloso y fantástico.
En otras ocasiones, la música te cuenta poemas infinitos, te coloca en dramas horrendos o maravillosos. Se asocia con los objetos que están ante tus ojos. Las pinturas del techo, incluso mediocres o malas, adquieren una aterrorizadora vida. El agua límpida y encantadora corre por el césped que tiembla. Las ninfas de carnes resplandecientes te miran con grandes ojos más límpidos que el agua y que el azur. Ocuparías tu lugar y representarías tu papel en las más malvadas pinturas, el más grosero papel pintado que forra los muros de las posadas.
He advertido que el agua adopta un aterrorizador encanto para todos los espíritus algo artísticos iluminados por el hachís. Los cursos de agua, los surtidores, las cascadas armoniosas, la inmensidad azul del mar, corren, duermen, cantan en lo más hondo de tu espíritu. Tal vez no fuera bueno dejar a una persona en ese estado a orillas de un agua límpida; como el pescador de la balada, tal vez se dejara arrastrar por la Ondina.
Hacía el final de la velada, se puede comer, pero esa operación no se lleva a cabo sin dificultades. Te encuentras tan por encima de los hechos materiales que ciertamente preferirías permanecer tendido cuan largo eres en el fondo de tu paraíso intelectual.
La tercera fase, separada de la segunda por un aumento de la crisis, una vertiginosa embriaguez seguida por un nuevo malestar, es algo indescriptible. Es lo que los orientales llaman el kif; es la felicidad absoluta. No es ya algo atorbellinado y tumultuoso. Es una beatitud calma e inmóvil. Todos los problemas filosóficos están resueltos. Todas las arduas cuestiones contra las que batallan los teólogos, y que desesperan a la humanidad razonadora, son límpidas y claras. Toda contradicción se ha vuelto unidad. El ser humano se ha pasado a Dios.
Te parece que sientes un bienestar y una maravillosa ligereza de espíritu; ninguna fatiga. Pero apenas estás de pie cuando se manifiesta un viejo resto de embriaguez. Tus débiles piernas te conducen con timidez, temes romperte como un objeto frágil. Una gran languidez, que no carece de encanto, se apodera de tu espíritu.
No digo que el hachís produzca sobre todos los seres humanos los efectos que acabo de describir. He contado, más o menos, los fenómenos que suelen producirse, salvo algunas variantes, en los espíritus artísticos y filosóficos. Pero hay temperamentos en que esa droga sólo desarrolla una ruidosa locura, un júbilo violento que se parece al vértigo, danzas, saltos, pataleos, carcajadas. Tienen, por así decirlo, un hachís del todo material. Son insoportables para los espiritualistas, que sienten mucha compasión por ellos. Su fea personalidad estalla. Vi cierta vez a un respetable magistrado, un hombre honorable, como dice de sí misma la gente de mundo, a uno de esos hombres cuya artificial gravedad impone siempre, en el momento en que el hachís le había invadido, ponerse de pronto a saltar un cancán de lo más indecente. El monstruo interior y verídico se revelaba. Aquel hombre que juzgaba las acciones de sus semejantes, aquel Togatus, había aprendido a hurtadillas el cancán.
Se dice que esa substancia no causa daño físico alguno. Es cierto, hasta ahora al menos. Pues no sé hasta qué punto puede decirse que un hombre que sólo soñara y fuera incapaz de acción se encontraría bien, aunque todos sus miembros estuvieran en buen estado. Pero lo atacado es la voluntad, y este es el órgano más valioso. Jamás una persona que puede, con una cuchara de confitura, procurarse instantáneamente todos los bienes del cielo y la tierra, adquirirá su milésima parte por el trabajo. Ante todo hay que vivir y trabajar.
Termino este artículo con unas hermosas frases que no son mías sino de un noble filósofo poco conocido, Barbereau, teórico musical y profesor del Conservatorio. Estaba junto a él en un grupo del que algunas personas habían tomado el bienaventurado veneno, y me dijo con acento de inefable desprecio: “No comprendo por qué el ser humano racional y espiritual utiliza medios artificiales para llegar a la beatitud poética, puesto que el entusiasmo y la voluntad bastan para elevarle a una existencia supranatural. Los grandes poetas, los filósofos, los profetas, son seres que, por el puro y libre ejercicio de la voluntad, llegan a un estado en el que son a la vez causa y efecto, sujeto y objeto, magnetizador y sonámbulo.”
Pienso exactamente como él.

Sofía ¿No? :) A los tiempos!!
ResponderEliminarTu nuevo espacio, como siempre, de gran interés, ya me daré tiempo para explorar poco a poco lo aquí expuesto :).
Gracias por avisarme
Saludos!!
"Esta imaginación dura una eternidad. Un intervalo de lucidez te permite, con gran esfuerzo, mirar el reloj de péndulo. La eternidad ha durado un minuto. Te arrastra otra corriente de ideas; te arrastra durante un minuto en su viviente torbellino, y ese minuto será también una eternidad. Las proporciones del tiempo y del ser son transformadas por la innumerable multitud y por la intensidad de las sensaciones y las ideas. Se viven varias vidas de ser humano en espacio de una hora". Esta afirmación es terrible y muy seductora al mismo tiempo que a uno le dan ganas de probar ese veneno mágico para experimentar en un minuto miles de ideas para un infinito de poemas; sin embargo, uno sabe que esto es artificial y no es ético para un artista valerse de medios superficiales para crear una obra de arte. En cambio Barbereau afirma, con justa razón, que basta con la simple voluntad para llegar a ese estado de beatitud. Yo considero que no sólo es la voluntad también hace falta la inspiración, — que no es una poción mágica—.
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