Juro por mi alma que no logro recordar con precisión cómo, cuándo, ni siquiera dónde conocí a Lady Ligeia. Muchos años han pasado desde entonces, y mi memoria se encuentra debilitada por tanto sufrimiento. O acaso no pueda reconstruir ahora esas circunstancias en mi mente porque, en verdad, el carácter de mi amada, su peculiar saber, su singular aunque plácida belleza, y la impresionante y cautivadora elocuencia de su voz grave y musical, se adentraron en mi corazón con pasos progresivos, tan firmes y sigilosos que me pasaron inadvertidos e ignorados. No obstante, creo haberla visto por vez primera, y luego en cierta frecuencia, en alguna gran ciudad, antigua y decadente, en las proximidades del Rin. De su familia, sin duda, le oí hablar. Que pertenece a un antiguo linaje no ofrece duda alguna. ¡Ligeia! ¡Ligeia! Absorto en estudios que se dirían especialmente indicados para atenuar las impresiones del exterior, es gracias a esa dulce y única palabra –Ligeia- como traigo ante mis ojos, en mi imaginación, la imagen de aquella mujer que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, centellea en mi el recuerdo de que nunca llegué a conocer el apellido de la que fuera mi amiga y prometida, de la que se convirtió en mi compañera de estudios y, finalmente, en mi esposa querida. ¿Era una juguetona imposición de mi Ligeia? ¿O fue una prueba de la intensidad de mi afecto el no haber querido investigar jamás sobre ese punto? ¿O se trató más bien de un capricho mío, de una ofrenda alocada y romántica en el santuario de la más apasionada devoción? Sólo de forma vaga y confusa lo recuerdo; ¿no es extraño que haya olvidado por completo las circunstancias que originaron y acompañaron a ese hecho? Si es verdad que alguna vez ese espíritu al que llaman Romance, o la pálida Ashtophet, la diosa de las alas brumosas de Egipto idolatra, presidieron, según cuentan, los matrimonios de malos augurios, entonces no hay duda de que también presidieron el mío.
Hay, sin embargo, un punto muy querido en el que la memoria no me falla: la persona de Ligeia. Era alta, más bien delgada, y, en sus últimos días, incluso un tanto demacrada. En vano intentaría describir su aspecto majestuoso, la serena naturalidad de su porte o la increíble ligereza y elasticidad de su paso. Iba y venía como si fuera una sombra. Nunca era yo conciente de su entrada en mi estudio, salvo por la querida música de su voz dulce y profunda, cuando posaba su mano de mármol en mi hombro. Ninguna doncella igualó jamás la belleza de su rostro. Era como el resplandor de un sueño de opio, una visión etérea e inspiradora, más arrebatadoramente divina que las fantasías que se ciernen sobre las almas durmientes de las hijas de Delos. No obstante, sus rasgos no se ajustaban a ese molde regular que tan equívocamente se nos ha enseñado a adorar en las obras clásicas de los paganos. “No hay una belleza exquisita – dice Bacon, lord Verulam, hablando con acierto de las formas y los géneros de la belleza- que no contengan algo de extraño en sus proporciones”. Sin embargo, aunque yo advertía que los rasgos de Ligeia no tenían la regularidad clásica, aunque percibía que su encanto era realmente exquisito y lo sentía impregnado de una gran dosis de extrañeza, en vano intenté, empero, detectar la irregularidad y descubrir cuál era el origen de aquella sensación de algo “extraño”. Examinaba el contorno de su frente pálida y noble y la encontraba perfecta –pero ¡qué fría resulta en verdad esta palabra cuando se aplica a la majestad divina!- pues su piel rivalizaba con el marfil más puro en su excepcional lisura y reposo, con su prominencia suave por encima de las sienes; y el cabello, de rizos naturales y brillantes, negros como ala de cuervo, reflejaban exuberantes en toda su plenitud el epíteto homérico, “¡cabellera de jacinto!”. Observaba el delicado perfil de la nariz, y en ninguna parte, salvo en los graciosos medallones hebreos, me parecía haber contemplado una perfección semejante. La suavidad voluptuosa de su superficie, la tendencia apenas perceptible a lo aguileño, las aletas armoniosamente curvas, revelaban un espíritu libre. Miraba su dulce boca y allí veía la apoteosis de todas las realidades celestiales: la magnífica sinuosidad del menudo labio superior; la suave y voluptuosa quietud del inferior; los hoyuelos tan graciosos y la expresividad de su color; los dientes, que reflejaban con llamativo brillo los rayos de la bendita luz que caía sobre ellos cada vez que mostraba la más exultante y radiante, al tiempo que plácida y serena, de todas las sonrisas. Escudriñaba la formación de la barbilla, y, también ahí, descubría la dulce tersura, la suavidad y majestad, la plenitud y espiritualidad de los griegos: el contorno que el dios Apolo sólo en un sueño reveló a Cleomenes, hijo del ateniense. Y después, contemplaba con atención los grandes ojos de Ligeia.
Para sus ojos no consigo encontrar modelo alguno en la antigüedad remota. Quizás sea también que en los ojos de mi amada yacía el secreto al que aludía lord Verulam. Eran, debo pensar, mucho más grandes que los ojos ordinarios del común de los mortales. Eran incluso mayores que los más grandes de las gacelas de la tribu del valle de Nourjahad. Sin embargo, era solo a intervalos, en ciertos momentos de emoción intensa, cuando esta peculiaridad se hacía más notable en Ligeia. Y en aquellos momentos su belleza –en mi excitada fantasía así me aparecía-, era tal vez la de los seres que están por encima o más allá de la tierra, la belleza de las huríes fabulosas de los turcos. Largas pestañas, negras como el azabache, velaban aquellos ojos de un negro igualmente intenso y brillante. Las cejas, de trazado levemente irregular, tenían el mismo tono. Sin embargo, la “extrañeza” que yo percibía en sus ojos no se debía a ninguna peculiaridad en la forma o el color, ni tampoco a la naturaleza de su brillo, sino que, en definitiva, debería atribuirse más bien a su expresión. ¡Ah, palabra sin sentido, tras cuya inmensa vaguedad de simple sonido se atrinchera nuestra ignorancia de cuanto pertenece al ámbito de lo espiritual! ¡La expresión de los ojos de Ligeia! ¡Cuántas horas he pasado reflexionando sobre ello! ¡Cómo luché, durante noches enteras de verano, por llegar a comprenderla! ¿Qué era aquello, más profundo que el pozo de Demócrito, que yacía muy adentro en las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me sentía poseído por la pasión de descubrirlo. ¡Sus ojos! Aquellos ojos grandes, brillantes, divinos, se convirtieron para mí en las estrellas gemelas de Leda, y yo fui para ellos el más devoto de todos los astrólogos.
No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia de la mente, nada más estimulante y excitante que el hecho –nunca observado, yo creo, en las escuelas- de que nuestro esfuerzo por traer de vuelta a la memoria algo hace tiempo olvidado, a menudo nos coloca al borde mismo del recuerdo, pero sin ser capaces, al final, de recordar. Y así, con cuánta frecuencia, en mi intenso escrutinio de los ojos de Ligeia, creí acercarme a un conocimiento real de su expresión; me sentía próximo, mas no lo suficiente para hacerlo mío, y al final ¡ese conocimiento me era enteramente sustraído! Y –extraño ¡oh, el más extraño de todos los misterios!- en los objetos más comunes del universo descubría un círculo de analogía con aquella expresión. En efecto, posteriormente a la época en que la belleza de Ligeia entraba en mi espíritu, donde permaneció como un santuario, muchas cosas del mundo material despertaban en mí una sensación de algún modo semejante a la que en mi interior generaban sus grandes y luminosos ojos. Pero no podría definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera considerarlo con calma. Lo he reconocido a veces, permítaseme repetirlo, en una parra de rápido crecimiento, o en la contemplación de una polilla, de una mariposa, de una crisálida, con una veloz corriente de agua. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. También en las miradas de personas que han llegado a ser muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una sexta magnitud, doble y variable, situada junto a la estrella más grande de Lira), que al examinarlas con el telescopio me provocan esa misma sensación. Ciertos sonidos de algunos instrumentos de cuerda también me la hicieron presente, y, no de forma infrecuente, algunos pasajes de determinados libros. Entre otros ejemplos, realmente innumerables, puedo recordar unas líneas de un volumen de Joseph Glanvill, que (tal vez meramente por su carácter singular, quién sabe) nunca dejó de inspirarme la citada sensación: “Y allí se encuentra la voluntad, que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su potencia? Pues Dios no es sino una gran voluntad que impregna todas las cosas por la naturaleza de su designio. El ser humano no se rinde a los ángeles, ni claudica por entero a la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad”.
El transcurso de los años y la reflexión consiguientemente me han permitido encontrar, en efecto, una lejana conexión entre este pasaje del moralista ingles y algún aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de su pensamiento, su acción o su palabra era posiblemente la consecuencia, o cuando menos un indicio, de aquella voluntad colosal que, a lo largo de nuestra dilatada relación, no dejo de dar pruebas, algunas muy inmediatas, de su existencia. De todas las mujeres que he conocido, ella, la exteriormente calma, la siempre plácida Ligeia, era presa, con mayor violencia que ninguna, de los tumultuosos buitres de la sombría pasión. Y de esa pasión no podía yo establecer medida alguna, salvo por la milagrosa expansión de aquellos ojos que tanto me deleitaban y me aterraban a la vez, por la melodía casi mágica, la modulación, la calidad y la placidez de su voz profunda, y por la feroz energía (de eficacia redoblada por el contraste con su manera de decirlas) de las extrañas palabras que habitualmente profería.
Ya me he referido al saber de Ligeia: saber inmenso, como nunca conocí en otra mujer. Tenía un dominio profundo de las lenguas clásicas, y, en cuanto a las lenguas europeas modernas, en la medida que yo podía conocerlas, nunca le descubrí la menor falta. En efecto, en ninguno de los temas más respetados –respetados simplemente por abstrusos- de la alardeada erudición académica, jamás pude descubrirle un fallo. ¡De qué forma tan singular y emotiva este aspecto de la naturaleza de mi esposa se impuso, solamente al final, a mi atención! He dicho que su conocimiento era tal como nunca conociera en otra mujer, pero ¿dónde habita el hombre que se desenvuelva con similar destreza en el amplio campo de las ciencias morales, la física y las matemáticas? No me percate entonces de lo que ahora puedo percibir con claridad: que los conocimientos de Ligeia eran gigantescos, asombrosos; en todo caso, fui lo bastante conciente de su infinita superioridad para resignarme, con una confianza infantil, a ser guiado por ella a través del mundo caótico de la investigación metafísica que me tuvo ocupado activamente durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué sensaciones de inmenso triunfo, con qué vívido deleite, con que etérea esperanza sentía, cuando ella desplegaba ante mí –inmerso como estaba en estudios muy poco conocidos, casi ignorados- una deliciosa perspectiva, escalonada en grados sucesivos, por cuya senda larga, espléndida y nunca hollada podría finalmente progresar hacia la meta de una sabiduría demasiado divina y valiosa para no estar prohibida!
¡Cuán punzante, pues, no sería mi dolor cuando, pasados unos años, contemplé cómo mis bien fundadas esperanzas emprendían vuelo y desaparecían de mi vista! Sin Ligeia yo no era más que un niño buscando a tientas en la oscuridad de la noche. Sólo su presencia y sus lecturas tornaban vívidos y luminosos los múltiples misterios del trascendentalismo en que ambos estábamos inmersos. Privado del brillo irradiante de sus ojos, las letras brillantes y doradas se volvían apagadas, como plomo de Saturno. Y aquellos ojos empezaron a brillar cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que tan fervorosamente yo estudiaba. Ligeia cayó enferma. Sus ojos salvajes ardían con un resplandor demasiado glorioso; sus pálidos dedos adquirieron el tono traslúcido y cerúleo de la tumba; las venas azules de su noble frente se hinchaban y se hundían impetuosamente, alteradas por la emoción más ligera. Comprendí que Ligeia estaba próxima a morir y luché desesperadamente en mi espíritu con el inexorable Azrael. Y las batallas de la esposa apasionada eran, para mi asombro, más enérgicas todavía que las mías. Muchos rasgos de su severo carácter me habían hecho pensar que la muerte llegaría hasta ella sin sus terrores habituales; pero no fue así. Las palabras son impotentes para transmitir una idea exacta de la angustiosa y feroz resistencia que Ligeia opuso a la Sombra. Yo gemía contrito ante tan doloroso espectáculo. Hubiera querido aliviar, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su deseo salvaje de vivir, de vivir, nada más que de vivir, consuelo y razón eran por igual el punto máximo de la locura. Sin embargo, no fue sino en el último momento, entre los estremecimientos más convulsos de su orgulloso espíritu, cuando se quebranto la placidez exterior de su actitud. Su voz se hizo más tenue, más profunda, aunque yo no quisiera atender al misterioso sentido de las palabras claramente pronunciadas. Mi cabeza daba vueltas confundida mientras escuchaba, hechizado por una melodía más que humana, conjeturas y deseos que nunca antes conocieran los mortales.
No me era posible dudar de su amor; y fácilmente podía entender que, en su pecho, el amor no reinaría como una pasión ordinaria. Pero sólo en la muerte pude comprender con plenitud toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, con mi mano retenida entre las suyas, vacío ante mí su corazón desbordado, cuya apasionada devoción rayaba en la idolatría. ¿Qué había hecho yo para merecer la bendición de tales confesiones? ¿Y por qué en aquel preciso instante se me arrebataba a mi amada y se me condenaba a la separación? Pero el dolor que me produce extenderme en este tema me resulta insoportable. Permítaseme decir tan solo que en el abandono más que femenino de Ligeia al amor, que se me otorgó ¡ay!, de forma inmerecida y sin ser digno de él en absoluto, reconocí finalmente el principio de su anhelo, de su vehemente deseo de vida, de esa vida que con tanta rapidez se alejaba de ella. Pero no soy capaz de describirlo, no encuentro las palabras adecuadas para expresar ese anhelo salvaje, esa vehemencia extrema de su deseo de vivir, nada más que de vivir.
La noche en que murió, me llamó perentoriamente a su lado con un gesto, invitándome a repetir unos versos que ella misma había redactado algunos días antes. La obedecí. Decían así:
¡Ay! ¡Es noche de gala
En los últimos y solitarios años!
Una multitud de ángeles alados, tocados
Con velos y ahogados en lágrimas,
Se dispone a contemplar en el teatro
Un drama de esperanzas y temores,
Mientras suena, a intervalos,
La música de las esferas, que la orquesta interpreta.
Como imágenes del Dios de los cielos,
Los mimos murmuran y musitan por lo bajo,
Volando de acá para allá;
Meros títeres, que vienen y van
A las ordenes de las cosas vastas y sin forma
Que alteran de continuo el decorado,
Dejando caer una invisible aflicción
Desde sus alas de cóndor.
Multifacético drama, que sin duda
Nunca ya será olvidado.
Con su fantasma perpetuamente perseguido
Por una multitud que no lo alcanza,
A lo largo del círculo
Que retorna siempre al mismo punto;
Y mucho de Locura, y más de Pecado
Y de Horror, ¡el alma de la conjura!
Pero, ¡mirad: entre el mímico tumulto
Una forma reptante se introduce!
¡Algo rojo como la sangre se retuerce
En la soledad del escenario!
¡Se retuerce más y más!
Entre terribles tormentos son devorados los mimos
Y los serafines sollozan entre las fauces bestiales
Bañadas de sangre humana.
¡Fuera! ¡Fuera las fauces, fuera todas!
Sobre cada forma estremecida,
Cae el telón, cual cortina funeraria,
Con el ímpetu de la tormenta.
Y los ángeles, pálidos y entristecidos,
De pie ahora y sin velos,
Explican que ésta es la tragedia del Humano
Y su héroe, el Gusano vencedor.
-¡Oh Dios!- casi gritó Ligeia, incorporándose bruscamente y extendiendo sus brazos al aire con movimiento espasmódico, cuando terminaba yo estos versos-. ¡Oh Dios! ¡Padre divino! ¿Ocurrirá irremisiblemente todo esto? ¿Acaso no va a ser el vencedor alguna vez vencido? ¿No formamos nosotros parte de Ti? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad y su potencia? El ser humano no se rinde a los ángeles, ni claudica por entero ante la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad.
Entonces, como exhausta por la emoción, dejó caer sus blancos brazos y se recostó solemnemente en su lecho de muerte. Y mientras exhalaba sus últimos suspiros, mezclado con ellos llegó hasta mis oídos un tenue susurro de sus labios. Me incliné hacia ella y percibí, de nuevo, las palabras finales del pasaje de Glanvill: “El ser humano no se rinde a los ángeles, ni claudica por entero ante la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad”.
Ligeia murió; y yo, con mi dolor aplastándome en el polvo, no pude soportar por más tiempo la soledad y la desolación de mi morada en aquella sombría y decadente ciudad situada a orillas del Rin. No carecía de lo que el mundo llama riqueza; Ligeia me había aportado mucho, muchísimo más, de lo que ordinariamente toca en suerte a los mortales. Así pues, pasados unos meses de andar errático, sin ningún objetivo claro, compré y reparé parcialmente una abadía, cuyo nombre no diré, en una de las comarcas más agrestes y menos pobladas de la hermosa Inglaterra. La triste y lóbrega vastedad del edificio, el aspecto casi salvaje que ofrecía el campo, los múltiples recuerdos melancólicos y venerables relacionados con ambos, armonizaban con el sentimiento de absoluto desamparo que me había conducido hasta aquella remota e inhóspita comarca del país. Sin embargo, aunque el exterior de la abadía, con su verde deterioro colgando de sus muros, apenas sufrió alteración alguna, cedí a la idea, con perversidad infantil, y quizás con la débil esperanza de aliviar mi dolor, de desplegar en su interior una magnificencia regia. Incluso desde la infancia había sentido inclinación por este tipo de locuras, y ahora surgía en mí de nuevo esa tendencia como intentando contrarrestar mi abatimiento. ¡Ay, ahora comprendo cuánta incipiente locura podría haberse descubierto en los espléndidos y fantásticos tapices, en las solemnes tallas egipcias, en los frisos extravagantes y en los muebles, en los diseños delirantes de las alfombras bordadas en oro! Me había convertido en un esclavo, preso en las redes del opio, y todos mis esfuerzos y proyectos habían tomado la coloración de mis sueños. Mas no quiero detenerme a detallar estos absurdos. Permítaseme tan solo a aquella cámara, maldita para siempre, en la que, en un momento de enajenación mental, conduje al altar en calidad de prometida –como sucesora de la inolvidable Ligeia- a una mujer de cabello rubio y ojos azules, Lady Rowena Trevanion, de Tremaine.
No hay rincón de la arquitectura y la decoración de aquella cámara nupcial que no se me aparezca con nitidez ante los ojos. ¿Dónde estaban las almas de la altiva familia de la novia cuando, sedientas de oro, permitieron atravesar el umbral de tan engalanado aposento a una doncella y una hija tan querida? He dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de la estancia –aunque lamentablemente, suelo olvidar asuntos de enorme importancia- pese a que no había la menor armonía, ni orden ni sistema, en aquella fantástica exhibición que facilitase la labor de la memoria. La habitación estaba situada en un elevado torreón de la abadía almenada, tenía forma pentagonal y era amplia y espaciosa. Ocupando toda la fachada del sur del pentágono estaba la única ventana, una inmensa luna de cristal continuo de Venecia, una sola pieza de cristal ahumado, cuyo color plomizo hacia que los rayos del sol o de la luna, al atravesarlo, cayeran con un brillo siniestro sobre todos los objetos acumulados en la estancia. Sobre la parte superior del gran ventanal se extendía la espaldera de una añosa parra que trepaba por los macizos muros del torreón. El techo, de roble oscuro, muy alto, abovedado, estaba profundamente adornado con los ejemplares más delirantes y grotescos de un ingenio entre gótico y druídico. Del nicho central de la melancólica bóveda, pendía, de una sencilla cadena de oro de largos eslabones, un enorme incendiario del mismo metal; era de estilo sarraceno, con numerosas perforaciones que permitían observar, hacia dentro y hacia fuera, la sucesión de reflejos de vitalidad serpentina producidos por llamas multicolores.
Algunas otomanas y candelabros de oro, de aspecto oriental, estaban distribuidos por lugares diversos; y el lecho –el lecho nupcial-, también un modelo indio, bajo y tallado en ébano macizo, con un dosel semejante al de una instalación mortuoria. En cada uno de los rincones de la cámara había, de pie, un gigantesco sarcófago de granito negro; procedían de las tumbas de los reyes situadas frente a Luxor, y sus tapas antiguas estaban cubiertas por infinidad de relieves inmemoriales. Pero en las colgaduras del apartamento estaba, ¡ay!, la fantasía principal. De las elevadas paredes, de una altura gigantesca –incluso desproporcionada- colgaban de arriba abajo, en vastos pliegues, unos pesados y enormes tapices, de material semejante al de las alfombras del suelo, las cubiertas de las otomanas y la cama de ébano, el dosel de la cama y las suntuosas volutas de los cortinajes que sombreaban parcialmente el ventanal. El material era un lujoso tejido de oro, salpicado, a intervalos irregulares, de figuras arabescas, de unos treinta centímetros de altura, trabajadas sobre la tela de un negro intenso como el azabache. Pero las figuras solo participaban del verdadero carácter de arabesco cuando se contemplaban desde un particular punto de vista, pues, por una estratagema ahora común, cuyo origen podemos situar en la época muy remota de la antigüedad, cambiaban de aspecto según el punto desde el cual se las observara. Cuando se entraba en la habitación, tenían la apariencia de simples monstruosidades; pero, al acercarse más, esa impresión desaparecía gradualmente; y, paso a paso, cuando el visitante se desplazaba por la estancia, se veía a sí mismo rodeado por una interminable sucesión de formas horripilantes pertenecientes a la superstición de los normandos u originadas en los sueños culpables de los monjes. El efecto fantasmagórico se veía notablemente incrementado por introducción artificial de una intensa corriente de aire que circulaba por detrás de los tapices y proporcionaba al conjunto una animación espantosa e inquietante.
En salas como ésta, en esta cámara nupcial, pasé, con la señora Tremaine, las horas impías del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé, a decir verdad, con escasa inquietud. Que mi esposa temiera el endiablado malhumor de mi temperamento, que me esquivara y apenas me amara era algo que yo no podía dejar de percibir; pero me proporcionaba más placer que otra cosa. La detestaba con un odio más propio de un demonio que de un hombre. Mi memoria volaba (¡oh, con qué intensa pesadumbre!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada Ligeia. Me deleitaba recordando su pureza, su sabiduría, su nobleza, su naturaleza etérea, su amor apasionado e idolatra. Ahora, pues, mi espíritu ardía plena y libremente con más intensidad que el suyo. Permanentemente encadenado por los grilletes de la droga, en la excitación de los sueños de opio gritaba su nombre en el silencio de la noche, o entre los protegidos escondrijos de las cañadas durante el día, como si, mediante el salvaje entusiasmo, la solemne pasión y el fuego devorador de mis anhelos por la difunta pudiera devolverla a la senda que había abandonado -¡ah! ¿cómo podía ser que para siempre?- aquí en la tierra.
Cuando apenas llevábamos poco más de un mes de matrimonio, Lady Rowena fue atacada por una súbita enfermedad, de la que sólo muy lentamente se fue recuperando. La fiebre que la consumía hacía sus noches incomodas; y, en su alterado estado de semisueño, hablaba de ruidos y movimientos que se producían, según ella, en la cama del torreón y sus proximidades; deduje que todo aquello no tenía más origen que su imaginación perturbada, o quizás la fantasmagórica influencia del propio aposento. Al fin entró en convalecencia y finalmente se repuso. Pero sólo habría de transcurrir un breve período antes de que un segundo desorden, más violento que el anterior, la arrojara de nuevo al lecho del dolor; y su cuerpo, siempre débil, nunca se recuperó por completo de ese ataque. Sus achaques tuvieron desde aquella época un carácter alarmante, y su repetición era más alarmante todavía, desafiando tanto los conocimientos como los grandes esfuerzos de los médicos. Con el agravamiento de la enfermedad crónica, que, al parecer, había hecho presa con tal fuerza en su constitución que ya no podía ser erradicada por medios humanos, se observaba de forma patente un aumento similar de su irritación nerviosa y de su excitabilidad por causas enteramente triviales. Volvía a hablar, y ahora de manera más frecuente y obcecada, de los ruidos, de los tenues sonidos y los anormales movimientos de los tapices, que ya había mencionado anteriormente.
Una noche de finales de septiembre, este angustioso asunto requirió mi atención con más énfasis de lo habitual. Rowena acababa de despertarse de un sueño intranquilo, y yo había estado observando, con sentimientos en parte de ansiedad, en parte de vago terror, las alteraciones de su demacrado semblante. Me senté junto a su lecho de ébano, en una de las otomanas indias. Se incorporó parcialmente, y habló, con un susurro sentido y profundo, de ruidos que entonces escuchaba, pero que yo no podía oír; de los movimientos que entonces veía, pero que yo no podía percibir. El viento circulaba raudo por detrás de los tapices, y yo me esforzaba en mostrarle –para ser sincero, sin creérmelo del todo- que aquellas respiraciones inarticuladas, aquellas suaves modulaciones de las figuras de los muros, no eran sino los efectos naturales de la habitual corriente de aire. Pero una palidez mortal que se extendía por su rostro me convenció de que mis esfuerzos por tranquilizarla serían baldíos. Pareció desmayarse, y no había ningún criado cerca al que llamar. Recordé donde se había quedado una licorera con vino ligero que los médicos le habían prescrito, y crucé de prisa la alcoba para ir en su busca. Pero, al pasar bajo la luz del incensario, vi una sombra, una sombra desvaída, indefinida, de aspecto angélico, algo que podría definir tal vez como la sombra de una sombra. Pero, agitado por la excitación producida por una dosis inmoderada de opio, hice poco caso de estas cosas, que ni siquiera mencioné a Rowena. Tras localizar el vino, atravesé de nuevo la cámara y llené una copa hasta el borde, que acerqué a los labios de mi desvanecida dama. Pero ya ella se había recuperado parcialmente y tomó la copa por sí misma, mientras yo me hundía en una otomana próxima, con los ojos fijos en ella. Fue entonces cuando fui claramente consciente de unas pisadas suaves en la alfombra, junto al lecho; y un segundo más tarde, cuando Rowena estaba alzando la copa hacia sus labios, vi caer –o tal vez soñase que lo veía- en el interior de la copa, como procedente de alguna fuente invisible en la atmosfera de la estancia, tres o cuatro grandes gotas de un fluido brillante de color rubí. Yo lo vi, mas Rowena no lo vio. Bebió el vino sin vacilar, y ningún comentario hice sobre aquella circunstancia que, después de todo, pensé, no debía de ser sino la sugestión de una imaginación vívida, mórbidamente estimulada por el terror de la dama, por el opio y por la hora.
Sin embargo, no pude dejar de reparar en que, inmediatamente después de la caída de las gotas de color rubí sobre la copa, se produjo un repentino empeoramiento de la salud de mi esposa; de manera que, tres noches después, sus doncellas la estaban preparando para la sepultura, y la cuarta, me sentaba solo, con su cuerpo amortajado, en aquella cámara fantástica que la había recibido como recién casada. Visiones delirantes, engendradas por el opio, revoloteaban como sombras ante mí. Miraba con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la habitación, las figuras cambiantes de las colgaduras y los reflejos irisados de los fuegos multicolores en el incensario situado sobre mi cabeza. Mis ojos se posaron entonces, mientras intentaba recordar las circunstancias de la noche anterior, en el lugar situado bajo el incensario donde había percibido las huellas leves de aquella sombra. En cualquier caso, ya no se encontraba allí; y respirando con mayor libertad, volví la mirada hacía la pálida y rígida figura que estaba tendida en el lecho. Entonces se precipitaron sobre mí mil recuerdos de Ligeia, y luego volvió a mi corazón, con la turbulenta violencia de una avalancha, toda aquella aflicción indecible con que yo la había mirado similarmente amortajada. Caía la noche; con el pecho lleno de pensamientos amargos de la única y supremamente amada, permanecí mirando fijamente, no obstante, el cuerpo sin vida de Rowena.
Podría haber sido media noche, o tal vez antes, o más tarde, pues no tenía conciencia alguna del tiempo, cuando un sollozo apagado, suave pero perfectamente audible, me arrancó de mi ensueño. Sentí que procedía de la cama de ébano, del lecho de muerte. Escuché con una agonía de terror supersticioso, pero nada más se volvió a oír. Agucé la mirada para detectar algún signo en el cadáver, pero no advertí ni la más imperceptible alteración. Sin embargo, no podía haberme engañado. Había oído el sollozo, aunque débil, y mi alma estaba despierta en mi interior. De manera decidida y perseverante mantuve mi atención fija en el cuerpo. Pasaron muchos minutos antes de que se produjera cualquier circunstancia que pudiera proyectar alguna luz sobre el misterio. Al fin, se hizo evidente que un ligero, muy débil y apenas perceptible toque de color había aparecido en las mejillas y a lo largo de las venas hundidas de los párpados. Sumido en una especie de horror y espanto indecible, para los que el lenguaje humano no tiene una expresión bastante enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir, que las piernas se me quedaban inmovilizadas y rígidas. Pero finalmente, un sentimiento del deber hizo que recuperara el control sobre mi cuerpo. No podía dudar ya de que nos habíamos precipitado en los preparativos del entierro, y que Rowena seguía con vida. Había que hacer algo de manera inmediata; pero el torreón estaba muy distante de la parte de la abadía ocupada por los sirvientes, no había nadie a quien llamar, no había modo de pedir ayuda sin abandonar la habitación por unos minutos, y no quería aventurarme a hacer tal cosa. Por consiguiente, luché solo en mis intentos por traer de vuelta el espíritu que todavía se debatía entre la vida y la muerte. No obstante, pasados unos momentos resulto evidente que se había producido una recaída; el color desapareció de los párpados y las mejillas, dejando una palidez aún mayor que la del mármol; los labios se marchitaron, doblemente apretados con la pasmosa expresión de la muerte; una viscosidad y un frío repulsivos se extendieron con rapidez sobre la superficie del cuerpo e inmediatamente sobrevino la rigidez habitual. Volví a caer con un estremecimiento en el diván del que con tanto estupor me había levantado, y de nuevo me entregué a las apasionadas visiones despiertas de Ligeia.
De este modo pasó una hora, cuando -¿cómo podía ser posible?- fui por segunda vez conciente de algún vago sonido que emanaba de la zona del lecho. Estremecido de horror, escuché. El sonido se repitió: era un suspiro. Me precipité hacia el cadáver y vi, vi claramente, un temblor en aquellos labios que, un minuto después, se habían relajado, descubriendo una línea brillante de dientes de nácar. El asombro luchaba en mi pecho con el profundo espanto que hasta entonces allí reinara en soledad. Sentí que mi visión se oscurecía, que mi razón se extraviaba; y tuve que hacer un esfuerzo brutal a fin de mantener la calma requerida por la tarea que de este modo, una vez más, el deber me señalaba. Ahora se podía observar un brillo parcial en la frente, en las mejillas y en el cuello; un calor perceptible parecía impregnar todo el cuerpo, incluso parecía latir levemente el corazón. Lady Rowena vivía; y con redoblado ardor me entregué a la tarea de la recuperación. Froté y lavé las sienes y las manos y recurrí a todas las prácticas que la experiencia y mis no escasas lecturas médicas me pudieron sugerir. Pero todo fue en vano. De repente, el color se desvaneció, el pulso cesó, los labios tomaron de nuevo la expresión de la muerte, y, un instante después, todo el cuerpo adquiría el aspecto gélido, el color lívido, la rigidez intensa, el aire consumido y todas las peculiaridades detestables de quien ha sido, durante muchos días, un habitante de la tumba.
De nuevo me sumí en las visiones de Ligeia, y de nuevo -¿quién se sorprenderá de que me estremezca al escribir estas líneas?- de nuevo llegó a mis oídos un sollozo ahogado desde la zona del lecho de ébano. Pero, ¿por qué detallar minuciosamente el indecible horror de aquella noche? ¿Para qué detenerse a relatar cómo, una vez tras otra, hasta casi el amanecer, se repitió el mismo drama odioso de revivificación; cómo cada terrible recaída acababa en una muerte más severa y en apariencia más irredimible; cómo cada agonía estaba marcada por la impronta de la lucha con algún enemigo invisible; y cómo la lucha era sucedida por no sé qué cambio salvaje en el aspecto global del cadáver? Permítaseme, pues, apresurar la conclusión.
La mayor parte de aquella noche espantosa había transcurrido ya, y ella, la que había estado muerta se agitaba una vez más, y con más fuerza que antes, aunque despertase de una disolución más horrenda y más irremediable que las otras. Yo había dejado hacía tiempo de luchar o de moverme, y permanecía sentado rígidamente en la otomana, víctima impotente de un torbellino de violentas emociones, entre las cuales el pánico era, tal vez, la menos horrible, la menos devoradora. El cadáver, repito, se agitaba, y lo hacía ahora con más fuerza que antes. Los colores de la vida cubrieron con desacostumbrada energía su semblante, los miembros se veían relajados y, si no hubiera sido por los párpados, que se mantenían apretados, y por las venas y los paños de la tumba, que conferían un carácter sepulcral a la figura, podría haber pensado que, en efecto, Rowena se había liberado por completo de los grilletes de la muerte. Pero si ni siquiera entonces acepté esta idea; pude al menos salir de dudas cuando, levantándose del lecho, con pasos inciertos y los ojos cerrados, y con apariencia de quien está desorientado en un sueño, aquel ser todavía amortajado avanzó de forma audaz y palpable hasta el centro de la estancia.
No temblé, no me estremecí, pues una multitud de fantasías inexpresables relacionadas con el aspecto, la estatura y el porte de la figura se precipitaron velozmente en mi cerebro y me paralizaron, dejándome igual de frío que una piedra. Sin mover un dedo, contemplé la aparición. Un enloquecido desorden, un tumulto inaplacable, gobernaba mis pensamientos. ¿Podría ser, realmente, la persona viva de Rowena quien se encontraba frente a mí? ¿Podía tratarse, realmente, de Rowena, Lady Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules? ¿Por qué, por qué tenía que dudarlo? Las vendas ocultaban su boca, pero ¿podía no ser aquella boca la de la dama de Tremaine? Y las mejillas, ahora rosadas, como el apogeo de su vida, sí, tenían que ser realmente las hermosas mejillas de Lady de Tremaine. Y la barbilla, con sus hoyuelos, como cuando estaba sana, ¿podría no ser la suya? Pero, entonces, ¿cómo es que había crecido en su enfermedad? ¿Qué locura inexpresable me atenazaba con ese pensamiento? De un salto, me coloqué frente a ella. Eludiendo mi contacto, dejó caer de la cabeza, sueltos, los horribles vendajes que la envolvían, y allí, como entrando a raudales en la atmosfera sobrecargada de la cámara, se desplegó una enorme masa de cabellos largos y despeinados; sí, ¡cabellos más negros que las alas del cuervo de media noche! Y entonces, lentamente, se abrieron los ojos de la figura situada ante mí.
-¡En esto, al menos –exclamé en voz alta-, nunca, nunca podría equivocarme! ¡Estos son los ojos grandes, los ojos negros, los ojos salvajes de mi amor perdido! ¡Los ojos… de LADY LIGEIA!

Lo que más me gusta de este cuento es la descripción física y psicológica que Poe hace de Ligeia.
ResponderEliminarIgual a mí. :)
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