-Su Excelencia el teniente general Von Rabbek, propietario del
lugar, invita a los señores oficiales a que vengan sin dilación a tomar el té
en su casa...
El caballo se inclinó, se puso a danzar y retrocedió de flanco; el
jinete volvió a alzar levemente el sombrero, y un instante después desapareció
con su extraña montura tras la iglesia.
-¡Maldita sea! -rezongaban algunos oficiales al dirigirse a sus
alojamientos-. ¡Con las ganas que uno tiene de dormir y el Von Rabbek ese nos
viene ahora con su té! ¡Ya sabemos lo que eso significa!
Los oficiales de las seis baterías recordaban muy vivamente un
caso del año anterior, cuando durante unas maniobras, un conde terrateniente y
militar retirado los invitó del mismo modo a tomar el té, y con ellos a los
oficiales de un regimiento de cosacos. El conde, hospitalario y cordial, los
colmó de atenciones, les hizo comer y beber, no les dejó regresar a los
alojamientos que tenían en el pueblo y les acomodó en su propia casa. Todo eso
estaba bien y nada mejor cabía desear, pero lo malo fue que el militar retirado
se entusiasmó sobremanera al ver aquella juventud. Y hasta que rayó el alba les
estuvo contando episodios de su hermoso pasado, los condujo por las estancias,
les mostró cuadros de valor, viejos grabados y armas raras, les leyó cartas
autógrafas de encumbrados personajes, mientras los oficiales, rendidos y
fatigados, escuchaban y miraban deseosos de verse en sus camas, bostezaban con
disimulo acercando la boca a sus mangas. Y cuando, por fin, el dueño de la casa
los dejó libres era ya demasiado tarde para irse a dormir.
¿No sería también de ese estilo el tal Von Rabbek? Lo fuese o no,
nada podían hacer. Los oficiales se cambiaron de ropa, se cepillaron y
marcharon en grupo a buscar la casa del terrateniente. En la plaza, cerca de la
iglesia, les dijeron que a la casa de los señores podía irse por abajo: detrás
de la iglesia se descendía al río, se seguía luego por la orilla hasta el
jardín, donde las avenidas conducían hasta el lugar; o bien se podía ir por
arriba: siguiendo desde la iglesia directamente el camino que a media versta
del poblado pasaba por los graneros del señor. Los oficiales decidieron ir por
arriba.
-¿Quién será ese Von Rabbek? -comentaban por el camino-. ¿No será
aquel que en Pleven mandaba la división N de caballería?
-No, aquel no era Von Rabbek, sino simplemente Rabbek, sin von.
-¡Ah, qué tiempo más estupendo!
Ante el primer granero del señor, el camino se bifurcaba: un brazo
seguía en línea recta y desaparecía en la oscuridad de la noche; el otro, a la
derecha, conducía a la mansión señorial. Los oficiales tomaron a la derecha y
se pusieron a hablar en voz más baja... A ambos lados del camino se extendían
los graneros con muros de albañilería y techumbre roja, macizos y severos, muy
parecidos a los cuarteles de una capital de distrito. Más adelante brillaban
las ventanas de la mansión.
-¡Señores, buena señal! -dijo uno de los oficiales-. Nuestro séter
va delante de todos; ¡eso significa que olfatea una presa!
El teniente Lobitko, que iba en cabeza, alto y robusto, pero
totalmente lampiño (tenía más de veinticinco años, pero en su cara redonda y
bien cebada aún no aparecía el pelo, váyase a saber por qué), famoso en toda la
brigada por su olfato y habilidad para adivinar a distancia la presencia femenina,
se volvió y dijo:
-Sí, aquí debe de haber mujeres. Lo noto por instinto.
Junto al umbral de la casa recibió a los oficiales Von Rabbek en
persona, un viejo de venerable aspecto que frisaría en los sesenta años,
vestido en traje civil. Al estrechar la mano a los huéspedes, dijo que estaba
muy contento y se sentía muy feliz, pero rogaba encarecidamente a los oficiales
que, por el amor de Dios, le perdonaran si no les había invitado a pasar la
noche en casa. Habían llegado de visita dos hermanas suyas con hijos, hermanos
y vecinos, de suerte que no le quedaba ni una sola habitación libre.
El general les estrechaba la mano a todos, se excusaba y sonreía,
pero se le notaba en la cara que no estaba ni mucho menos tan contento por la
presencia de los huéspedes como el conde del año anterior y que sólo había
invitado a los oficiales por entender que así lo exigían los buenos modales.
Los propios oficiales, al subir por la escalinata alfombrada y escuchar sus
palabras, se daban cuenta de que los habían invitado a la casa únicamente
porque resultaba violento no hacerlo, y, al ver a los criados apresurarse a
encender las luces abajo en la entrada, y arriba en el recibidor, empezó a
parecerles que con su presencia habían provocado inquietud y alarma. ¿Podía ser
grata la presencia de diecinueve oficiales desconocidos allí donde se habían
reunido dos hermanas con sus hijos, hermanos y vecinos, sin duda con motivo de
alguna fiesta o algún acontecimiento familiar?
Arriba, a la entrada de la sala, acogió a los huéspedes una vieja
alta y erguida, de rostro ovalado y cejas negras, muy parecida a la emperatriz
Eugenia. Con sonrisa amable y majestuosa, decía sentirse contenta y feliz de
ver en su casa a aquellos huéspedes, y se excusaba de no poder invitar esta vez
a los señores oficiales a pasar la noche en la casa. Por su bella y majestuosa
sonrisa que se desvanecía al instante de su rostro cada vez que por alguna
razón se volvía hacia otro lado, resultaba evidente que en su vida había visto
muchos señores oficiales, que en aquel momento no estaba pendiente de ellos y
que, si los había invitado y se disculpaba, era sólo porque así lo exigía su
educación y su posición social.
En el gran comedor donde entraron los oficiales, una decena de
varones y damas, unos entrados en años y jóvenes otros, estaban tomando el té
en el extremo de una larga mesa. Detrás de sus sillas, envuelto en un leve humo
de cigarros, se percibía un grupo de hombres. En medio del grupo había un joven
delgado, de patillas pelirrojas, que, tartajeando, hablaba en inglés en voz
alta. Más allá del grupo se veía, por una puerta, una estancia iluminada, con
mobiliario azul.
-¡Señores, son ustedes tantos que no es posible hacer su
presentación! -dijo en voz alta el general, esforzándose por parecer muy
alegre-. ¡Traben conocimiento ustedes mismos, señores, sin ceremonias!
Los oficiales, unos con el rostro muy serio y hasta severo, otros
con sonrisa forzada, y todos sintiéndose en una situación muy embarazosa,
saludaron bien que mal, inclinándose, y se sentaron a tomar el té.
Quien más desazonado se sentía era el capitán ayudante Riabóvich,
oficial de pequeña estatura y algo encorvado, con gafas y unas patillas como
las de un lince. Mientras algunos de sus camaradas ponían cara seria y otros
afectaban una sonrisa, su cara, sus patillas de lince y sus gafas parecían
decir: «¡Yo soy el oficial más tímido, el más modesto y el más gris de toda la
brigada!» En los primeros momentos, al entrar en la sala y luego sentado a la
mesa ante su té, no lograba fijar la atención en ningún rostro ni objeto. Las
caras, los vestidos, las garrafitas de coñac de cristal tallado, el vapor que
salía de los vasos, las molduras del techo, todo se fundía en una sola
impresión general, enorme, que alarmaba a Riabóvich y le inspiraba deseos de esconder
la cabeza. De modo análogo al declamador que actúa por primera vez en público,
veía todo cuanto tenía ante los ojos, pero no llegaba a comprenderlo (los
fisiólogos llamaban «ceguera psíquica» a ese estado en que el sujeto ve sin
comprender). Pero algo después, adaptado ya al ambiente, empezó a ver claro y
se puso a observar. Siendo persona tímida y poco sociable, lo primero que le
saltó a la vista fue algo que él nunca había poseído, a saber: la
extraordinaria intrepidez de sus nuevos conocidos. Von Rabbek, su mujer, dos
damas de edad madura, una señorita con un vestido color lila y el joven de
patillas pelirrojas, que resultó ser el hijo menor de Von Rabbek, tomaron con
gesto muy hábil, como si lo hubieran ensayado de antemano, asiento entre los
oficiales, y entablaron una calurosa discusión en la que no podían dejar de
participar los huéspedes. La señorita lila se puso a demostrar con ardor que
los artilleros estaban mucho mejor que los de caballería y de infantería,
mientras que Von Rabbek y las damas entradas en años sostenían lo contrario.
Empezaron a cruzarse las réplicas. Riabóvich observaba a la señorita lila, que
discutía con gran vehemencia cosas que le eran extrañas y no le interesaban en
absoluto, y advertía que en su rostro aparecían y desaparecían sonrisas
afectadas.
Von Rabbek y su familia hacían participar con gran arte a los
oficiales en el debate, pero al mismo tiempo estaban pendientes de vasos y
bocas, de si todos bebían, si todos tenían azúcar y por qué alguno de los
presentes no comía bizcocho o no tomaba coñac. A Riabóvich, cuanto más miraba y
escuchaba, tanto más agradable le resultaba aquella familia falta de
sinceridad, pero magníficamente disciplinada.
Después del té, los oficiales pasaron a la sala. El instinto no
había engañado al teniente Lobitko: en la sala había muchas señoritas y damas
jóvenes. El séter-teniente se había plantado ya junto a una rubia muy jovencita
vestida de negro e, inclinándose con arrogancia, como si se apoyara en un sable
invisible, sonreía y movía los hombros con gracia. Probablemente contaba alguna
tontería muy interesante, porque la rubia miraba con aire condescendiente el
rostro bien cebado y le preguntaba con indiferencia: «¿De veras?» Y de aquel
indolente «de veras», el séter, de haber sido inteligente, habría podido
inferir que difícilmente le gritarían «¡Busca!»
Empezó a sonar un piano; un vals melancólico escapó volando de la
sala por las ventanas abiertas de par en par, y todos recordaron, quién sabe
por qué motivo, que más allá de las ventanas empezaba la primavera y que
aquella era una noche de mayo. Todos notaron que el aire olía a hojas tiernas
de álamo, a rosas y a lilas. Riabóvich, en quien, bajo el influjo de la música,
empezó a dejarse sentir el coñac que había tomado, miró con el rabillo del ojo
la ventana, sonrió y se puso a observar los movimientos de las mujeres, hasta
que llegó a parecerle que el aroma de las rosas, de los álamos y de las lilas
no procedían del jardín, sino de las caras y de los vestidos femeninos.
El hijo de Von Rabbek invitó a una cenceña jovencita y dio con
ella dos vueltas a la sala. Lobitko, deslizándose por el parquet, voló hacia la
señorita lila y se lanzó con ella a la pista. El baile había comenzado...
Riabóvich estaba de pie cerca de la puerta, entre los que no bailaban, y
observaba. En toda su vida no había bailado ni una sola vez y ni una sola vez
había estrechado el talle de una mujer honesta. Le gustaba enormemente ver cómo
un hombre, a la vista de todos, tomaba a una doncella desconocida por el talle
y le ofrecía el hombro para que ella colocara su mano, pero de ningún modo
podía imaginarse a sí mismo en la situación de tal hombre. Hubo un tiempo en
que envidiaba la osadía y la maña de sus compañeros y sufría por ello; la
conciencia de ser tímido, cargado de espaldas y soso, de tener un tronco largo
y patillas de lince, lo hería profundamente, pero con los años se había
acostumbrado. Ahora, al contemplar a quienes bailaban o hablaban en voz alta,
ya no los envidiaba, experimentaba tan solo un enternecimiento melancólico.
Cuando empezó la contradanza, el joven Von Rabbek se acercó a los
que no bailaban e invitó a dos oficiales a jugar al billar. Éstos aceptaron y
salieron con él de la sala. Riabóvich, sin saber qué hacer y deseoso de tomar
parte de algún modo en el movimiento general, los siguió. De la sala pasaron al
recibidor y recorrieron un estrecho pasillo con vidrieras, que los llevó a una
estancia donde ante su aparición se alzaron rápidamente de los divanes tres
soñolientos lacayos. Por fin, después de cruzar una serie de estancias, el
joven Von Rabbek y los oficiales entraron en una habitación pequeña donde había
una mesa de billar. Empezó el juego.
Riabóvich, que nunca había jugado a nada que no fueran las cartas,
contemplaba indiferente junto al billar a los jugadores, mientras que éstos,
con las guerreras desabrochadas y los tacos en las manos, daban zancadas,
soltaban retruécanos y gritaban palabras incomprensibles. Los jugadores no
paraban mientes en él; sólo de vez en cuando alguno de ellos, al empujarlo con
el codo o al tocarlo inadvertidamente con el taco, se volvía y le decía «Pardon!».
Aún no había terminado la primera partida cuando le empezó a parecer que allí
estaba de más, que estorbaba. De nuevo se sintió atraído por la sala y se fue.
Pero en el camino de retorno le sucedió una pequeña aventura. A la
mitad del recorrido se dio cuenta de que no iba por donde debía. Se acordaba
muy bien de que tenía que encontrarse con las tres figuras de lacayos
soñolientos, pero había cruzado ya cinco o seis estancias, y era como si a
aquellas figuras se las hubiera tragado la tierra. Percatándose de su error,
retrocedió un poco, dobló a la derecha y se encontró en un gabinete sumido en
la penumbra, que no había visto cuando se dirigía a la sala de billar. Se
detuvo unos momentos, luego abrió resuelto la primera puerta en que puso la
vista y entró en un cuarto completamente a oscuras. Enfrente se veía la rendija
de una puerta por la que se filtraba una luz viva; del otro lado de la puerta,
llegaban los apagados sones de una melancólica mazurca. También en el cuarto
oscuro, como en la sala, las ventanas estaban abiertas de par en par, y se
percibía el aroma de álamos, lilas y rosas...
Riabóvich se detuvo pensativo... En aquel momento, de modo
inesperado, se oyeron unos pasos rápidos y el leve rumor de un vestido, una
anhelante voz femenina balbuceó «¡Por fin!», y dos brazos mórbidos, perfumados,
brazos de mujer sin duda, le envolvieron el cuello; una cálida mejilla se
apretó contra la suya y al mismo tiempo resonó un beso. Pero acto seguido la
que había dado el beso exhaló un breve grito y Riabóvich tuvo la impresión de
que se apartaba bruscamente de él con repugnancia. Poco faltó para que también
él profiriera un grito, y se precipitó hacia la rendija iluminada de la
puerta...
Cuando volvió a la sala, el corazón le martilleaba y las manos le
temblaban de manera tan notoria que se apresuró a esconderlas tras la espalda.
En los primeros momentos le atormentaban la vergüenza y el temor de que la sala
entera supiera que una mujer acababa de abrazarlo y besarlo, se retraía y
miraba inquieto a su alrededor, pero, al convencerse de que allí seguían
bailando y charlando tan tranquilamente como antes, se entregó por entero a una
sensación nueva, que hasta entonces no había experimentado ni una sola vez en
la vida. Le estaba sucediendo algo raro... El cuello, unos momentos antes
envuelto por unos brazos mórbidos y perfumados, le parecía untado de aceite; en
la mejilla, a la izquierda del bigote, donde lo había besado la desconocida, le
palpitaba una leve y agradable sensación de frescor, como de unas gotas de
menta, y lo notaba tanto más cuanto más frotaba ese punto. Todo él, de la
cabeza a los pies, estaba colmado de un nuevo sentimiento extraño, que no hacía
sino crecer y crecer... Sentía ganas de bailar, de hablar, de correr al jardín,
de reír a carcajadas... Se olvidó por completo de que era encorvado y gris, de
que tenía patillas de lince y «un aspecto indefinido» (así lo calificaron una
vez en una conversación de señoras que él oyó por azar). Cuando pasó por su
vera la mujer de Von Rabbek, le sonrió con tanta amabilidad y efusión que la
dama se detuvo y lo miró interrogadora.
-¡Su casa me gusta enormemente...! -dijo Riabóvich, ajustándose
las gafas.
La generala sonrió y le contó que aquella casa había pertenecido
ya a su padre. Después le preguntó si vivían sus padres, si llevaba en la
milicia mucho tiempo, por qué estaba tan delgado y otras cosas por el estilo...
Contestadas sus preguntas, siguió ella su camino, pero después de aquella
conversación Riabóvich comenzó a sonreír aún con más cordialidad y a pensar que
lo rodeaban unas personas magníficas...
Durante la cena, Riabóvich comió maquinalmente todo cuanto le
sirvieron. Bebía y, sin oír nada, procuraba explicarse la reciente aventura. Lo
que acababa de sucederle tenía un carácter misterioso y romántico, pero no era
difícil de descifrar. Sin duda, alguna señorita o dama se había citado con
alguien en el cuarto oscuro, había estado esperando largo rato y, debido a sus
nervios excitados, había tomado a Riabóvich por su héroe. Esto resultaba más
verosímil dado que Riabóvich, al pasar por la estancia oscura, se había
detenido caviloso, es decir, tenía el aspecto de una persona que también espera
algo... Así se explicaba Riabóvich el beso que había recibido.
«Pero ¿quién será ella? -pensaba, examinando los rostros de las
mujeres-. Debe de ser joven, porque las viejas no acuden a las citas. Estaba
claro, por otra parte, que pertenecía a un ambiente cultivado, y eso se notaba
por el rumor del vestido, por el perfume, por la voz...»
Detuvo la mirada en la señorita lila, que le gustó mucho; tenía
hermosos hombros y brazos, rostro inteligente y una voz magnífica. Riabóvich
deseó, al contemplarla, que fuese precisamente ella y no otra la desconocida...
Pero la joven se echó a reír con aire poco sincero y arrugó su larga nariz, que
le pareció la nariz de una vieja. Entonces trasladó la mirada a la rubia
vestida de negro. Era más joven, más sencilla y espontánea, tenía unas sienes
encantadoras y se llevaba la copa a los labios con mucha gracia. Entonces
Riabóvich habría deseado que esa fuese aquella. Pero poco después le pareció
que tenía el rostro plano, y volvió los ojos hacia su vecina...
«Es difícil adivinar -pensaba, dando libre curso a su fantasía-.
Si de la del vestido lila se tomaran solo los hombros y los brazos, se les
añadieran las sienes de la rubia y los ojos de aquella que está sentada a la
izquierda de Lobitko, entonces...»
Hizo en su mente esa adición y obtuvo la imagen de la joven que lo
había besado, la imagen que él deseaba, pero que no lograba descubrir en la
mesa.
Terminada la cena, los huéspedes, ahítos y algo achispados,
empezaron a despedirse y a dar las gracias. Los anfitriones volvieron a disculparse
por no poder ofrecerles alojamiento en la casa.
-¡Estoy muy contento, muchísimo, señores! -decía el general, y
esta vez era sincero (probablemente porque al despedir a los huéspedes la gente
suele ser bastante más sincera y benévola que al darles la bienvenida). ¡Estoy
muy contento! ¡Quedan invitados para cuando estén de regreso! ¡Sin cumplidos!
Pero ¿por dónde van? ¿Quieren pasar por arriba? No, vayan por el jardín, por
abajo, el camino es más corto.
Los oficiales se dirigieron al jardín. Después de la brillante luz
y de la algazara, pareció muy oscuro y silencioso. Caminaron sin decir palabra
hasta la portezuela. Estaban algo bebidos, alegres y contentos, pero las
tinieblas y el silencio los movieron a reflexionar por unos momentos.
Probablemente, a cada uno de ellos, como a Riabóvich, se le ocurrió pensar en
lo mismo: ¿llegaría también para ellos alguna vez el día en que, como Rabbek,
tendrían una casa grande, una familia, un jardín y la posibilidad, aunque fuera
con poca sinceridad, de tratar bien a las personas, de dejarlas ahítas,
achispadas y contentas?
Salvada la portezuela, se pusieron a hablar todos a la vez y a
reír estrepitosamente sin causa alguna. Andaban ya por un sendero que descendía
hacia el río y corría luego junto al agua misma, rodeando los arbustos de la
orilla, los rehoyos y los sauces que colgaban sobre la corriente. La orilla y
el sendero apenas se distinguían y la orilla opuesta se hallaba totalmente
sumida en las tinieblas. Acá y allá las estrellas se reflejaban en el agua oscura,
tremolaban y se distendían, y sólo por esto se podía adivinar que el río fluía
con rapidez. El aire estaba en calma. En la otra orilla gemían los chorlitos
soñolientos, y en esta un ruiseñor, sin prestar atención alguna al tropel de
oficiales, desgranaba sus agudos trinos en un arbusto. Los oficiales se
detuvieron junto al arbusto, lo sacudieron, pero el ruiseñor siguió cantando.
-¿Qué te parece? -Se oyeron unas exclamaciones de aprobación-.
Nosotros aquí a su lado y él sin hacer caso, ¡valiente granuja!
Al final el sendero ascendía y desembocaba cerca de la verja de la
iglesia. Allí los oficiales, cansados por la subida, se sentaron y se pusieron
a fumar. En la otra orilla apareció una débil lucecita roja y ellos, sin nada
que hacer, pasaron un buen rato discutiendo si se trataba de una hoguera, de la
luz de una ventana o de alguna otra cosa... También Riabóvich contemplaba
aquella luz y le parecía que ésta le sonreía y le hacía guiños, como si
estuviera en el secreto del beso.
Llegado a su alojamiento, Riabóvich se apresuré a desnudarse y se
acostó. En la misma isba que él se albergaban Lobitko y el teniente Merzliakov,
un joven tranquilo y callado, considerado entre sus compañeros como un oficial
culto, que leía siempre, cuando podía, elVéstnik Yevrópy, que llevaba
consigo. Lobitko se desnudó, estuvo un buen rato paseando de un extremo a otro,
con el aire de un hombre que no está satisfecho, y mandó al ordenanza a buscar
cerveza. Merzliakov se acostó, puso una vela junto a su cabecera y se abismó en
la lectura del Véstnik.
«¿Quién sería?», pensaba Riabóvich mirando el techo ahumado.
El cuello aún le parecía untado de aceite y cerca de la boca
notaba una sensación de frescor como la de unas gotas de menta. En su
imaginación centelleaban los hombros y brazos de la señorita de lila. Las
sienes y los ojos sinceros de la rubia de negro. Talles, vestidos, broches. Se
esforzaba por fijar su atención en aquellas imágenes, pero ellas brincaban, se
extendían y oscilaban. Cuando en el anchuroso fondo negro que toda persona ve
al cerrar los ojos desaparecían por completo tales imágenes, empezaba a oír
pasos presurosos, el rumor de un vestido, el sonido de un beso, y una intensa e
inmotivada alegría se apoderaba de él... Mientras se entregaba a este gozo, oyó
que volvía el ordenanza y comunicaba que no había cerveza. Lobitko se indignó y
se puso a dar zancadas otra vez.
-¡Si será idiota! -decía, deteniéndose ya ante Riabóvich ya ante
Merzliakov-. ¡Se necesita ser estúpido e imbécil para no encontrar cerveza!
Bueno, ¿no dirán que no es un canalla?
-Claro que aquí es imposible encontrar cerveza -dijo Merzliakov,
sin apartar los ojos delVéstnik Yevrópy.
-¿No? ¿Lo cree usted así? -insistía Lobitko-. Señores, por Dios,
¡arrójenme a la luna y allí les encontraré yo enseguida cerveza y mujeres! Ya
verán, ahora mismo voy por ella... ¡Llámenme miserable si no la encuentro!
Tardó bastante en vestirse y en calzarse las altas botas. Después
encendió un cigarrillo y salió sin decir nada.
-Rabbek, Grabbek, Labbek -se puso a musitar, deteniéndose en el
zaguán-. Diablos, no tengo ganas de ir solo. Riabóvich, ¿no quiere darse un
paseo?
Al no obtener respuesta, volvió sobre sus pasos, se desnudó
lentamente y se acostó. Merzliakov suspiró, dejó a un lado el Véstník
Yevrópy y apagó la vela.
-Bueno... -balbuceó Lobitko, encendiendo un pitillo en la
oscuridad.
Riabóvich metió la cabeza bajo la sábana, se hizo un ovillo y
empezó a reunir en su imaginación las vacilantes imágenes y a juntarlas en un
todo. Pero no logró nada. Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que
alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había
producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y
agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños.
Cuando despertó, la sensación de aceite en el cuello y de frescor
de menta cerca de los labios ya había desaparecido, pero la alegría, igual que
la víspera, se le agitaba en el pecho como una ola. Miró entusiasmado los
marcos de las ventanas dorados por el sol naciente y prestó oído al movimiento
de la calle. Al pie mismo de las ventanas hablaban en voz alta. El jefe de la
batería de Riabóvich, Lebedetski, que acababa de alcanzar a la brigada,
conversaba con su sargento primero en voz muy alta, como tenía por costumbre.
-¿Y qué más? -gritaba el jefe.
-Ayer, al herrar los caballos, señoría, herraron a Golúbchik. El
practicante le aplicó un emplaste de arcilla con vinagre. Ahora lo conducen de
la rienda, aparte. Y también ayer, su señoría, el herrador Artémiev se
emborrachó y el teniente mandó que lo ataran en el avantrén de una cureña de
repuesto.
El sargento primero informó además de que Kárpov había olvidado
los nuevos cordones de las trompetas y las estaquillas de las tiendas, y de que
los señores oficiales habían estado de visita la noche anterior en casa del
general Von Rabbek. En plena conversación, apareció en el vano de la ventana la
barba roja de Lebedetski. Miró con los ojos miopes semientornados las
soñolientas caras de los oficiales y los saludó.
-¿Todo marcha bien? -preguntó.
-El caballo limonero se ha hecho una rozadura en la cerviz
-respondió Lobitko bostezando-. Ha sido con la nueva collera.
El jefe suspiró, reflexionó unos momentos y dijo en voz alta:
-Pues yo pienso ir a ver a Aleksandra Yevgráfovna. Tengo que
visitarla. Bueno, adiós. Los alcanzaré antes de que anochezca.
Un cuarto de hora después, la brigada se puso en marcha. Cuando
pasaba por delante de los graneros del señor, Riabóvich miró a la derecha hacia
la casa. Las ventanas tenían las celosías cerradas. Evidentemente, allí dormía
aún todo el mundo. También dormía aquella que la víspera lo había besado. Se la
quiso imaginar durmiendo. La ventana de la alcoba abierta de par en par, las
ramas verdes mirando por aquella ventana, la frescura matinal, el aroma de álamos,
de lilas, y de rosas, la cama, la silla y en ella el vestido que el día
anterior rumoreaba, las zapatillas, el pequeño reloj en la mesita, todo se lo
representaba él con claridad y precisión, pero los rasgos de la cara, la linda
sonrisa soñolienta, precisamente aquello que era importante y característico,
le resbalaba en la imaginación como el mercurio entre los dedos. Recorrida una
media versta, miró hacia atrás: la iglesia amarilla, la casa, el río y el
jardín se hallaban inundados de luz; el río, con sus orillas de acentuado
verdor, reflejando en sus aguas el cielo azul y mostrando algún que otro lugar
plateado por el sol, era hermoso. Riabóvich lanzó una última mirada a Mestechki
y experimentó una profunda tristeza, como si se separara de algo muy íntimo y
entrañable.
En cambio, en la ruta sólo aparecían ante los ojos cuadros sin
ningún interés, conocidos desde hacía mucho tiempo... A derecha y a izquierda,
campos de centeno joven y de alforfón, por los que saltaban los grajos. Miras
hacia adelante y sólo ves polvo y nucas; miras hacia atrás, y ves el mismo
polvo y caras... Delante marchan cuatro hombres armados con sables: forman la
vanguardia. Tras ellos va el grupo de cantores, a los que siguen los trompetas,
que montan a caballo. La vanguardia y los cantores, como los empleados de las
pompas fúnebres que llevan antorchas en los entierros, olvidan a cada momento
la distancia que estipula el reglamento y se adelantan demasiado... Riabóvich
se encuentra en la primera pieza de la quinta batería. Ve las cuatro baterías
que le preceden. A una persona que no sea militar, la fila larga y pesada que
forma una brigada en marcha le parece un baturrillo enigmático, poco
comprensible; no entiende por qué alrededor de un solo cañón van tantos
hombres, ni por qué lo arrastran tantos caballos guarnecidos con un extraño
atelaje como si la pieza fuera realmente terrible y pesada. En cambio, para
Riabóvich todo es comprensible y, por ello, carece del menor interés. Sabe hace
ya tiempo por qué al frente de cada batería cabalga junto al oficial un
vigoroso suboficial, y por qué se llama «delantero»; a la espalda de este
suboficial se ve al conductor del primer par de caballos, y luego al del par
central; Riabóvich sabe que los caballos de la izquierda, en los que los conductores
montan, se llaman de ensillar, y los de la derecha se llaman de refuerzo. Eso
no tiene ningún interés. Detrás del conductor van dos caballos limoneros. Uno
de ellos lo cabalga un jinete con el polvo de la última jornada en la espalda y
con un madero tosco y ridículo sobre la pierna derecha; Riabóvich sabe para qué
sirve ese madero y no le parece ridículo. Todos los que montan a caballo agitan
maquinalmente los látigos y de vez en cuando gritan. El cañón por sí mismo es
feo. En el avantrén van los sacos de avena, cubiertos con una lona
impermeabilizada, y del cañón propiamente dicho cuelgan teteras, macutos de
soldado y saquitos; todo eso le da un aspecto de pequeño animal inofensivo al
que, no se sabe por qué razón, rodean hombres y caballos. A su flanco, por la
parte resguardada del viento, marchan balanceando los brazos seis servidores.
Detrás de la pieza se encuentran otra vez nuevos artilleros, conductores,
caballos limoneros, tras los cuales se arrastra un nuevo cañón tan feo y tan
poco imponente como el primero. Al segundo 1e siguen el tercero y el cuarto.
Junto a este va un oficial, y así sucesivamente. La brigada consta en total de
seis baterías y cada batería tiene cuatro cañones. La columna se extiende una
media versta. Se cierra con un convoy a cuya vera, bajando su cabeza de largas
orejas, marcha cavilosa una figura en sumo grado simpática: el asno Magar,
traído de Turquía por uno de los jefes de batería.
Riabóvich miraba indiferente adelante y atrás, a las nucas y a las
caras. En otra ocasión se habría adormilado, pero esta vez se sumergía por
entero en sus nuevos y agradables pensamientos. Al principio, cuando la brigada
acababa de ponerse en marcha, quiso persuadirse de que la historia del beso
sólo podía tener el interés de una aventura pequeña y misteriosa, pero que en
realidad era insignificante, y que pensar en ella seriamente resultaba por lo
menos estúpido. Pero pronto mandó a paseo la lógica y se entregó a sus
quimeras... Ora se imaginaba en el salón de Von Rabbek, al lado de una joven
parecida a la señorita de lila y a la rubia de negro; ora cerraba los ojos y se
veía con otra joven totalmente desconocida de rasgos muy imprecisos;
mentalmente le hablaba, la acariciaba, se inclinaba sobre su hombro, se
representaba la guerra y la separación, después el encuentro, la cena con la
mujer y los hijos...
-¡A los frenos! -resonaba la voz de mando cada vez que se
descendía una cuesta.
Él también exclamaba «¡A los frenos!», temiendo que ese grito
interrumpiera sus ensueños y lo devolviera a la realidad.
Al pasar por delante de una hacienda, Riabóvich miró por encima de
la empalizada al jardín. Apareció ante sus ojos una avenida larga, recta como
una regla, sembrada de arena amarilla y flanqueada de jóvenes abedules... Con
la avidez del hombre embebido en sus sueños, se representó unos piececitos de
mujer caminando por la arena amarilla, y de manera totalmente inesperada se
perfiló en su imaginación, con toda nitidez, aquella que lo había besado y que
él había logrado fantasear la noche anterior durante la cena. La imagen se fijó
en su cerebro y ya no ló abandonó.
Al mediodía, detrás, cerca del convoy, resonó un grito:
-¡Alto! ¡Vista a la izquierda! ¡Señores oficiales!
En una carretela arrastrada por un par de caballos blancos, se
acercó el general de la brigada. Se detuvo junto a la segunda batería y gritó
algo que nadie comprendió. Varios oficiales, entre ellos Riabóvich, se le
acercaron al galope.
-¿Qué tal? ¿Cómo vamos? -preguntó el general, entornando los ojos
enrojecidos-. ¿Hay enfermos?
Obtenidas las respuestas, el general, pequeño y enteco, reflexionó
y dijo, volviéndose hacia uno de los oficiales:
-El conductor del limonero de su tercer cañón se ha quitado la
rodillera y el bribón la ha colgado en el avantrén. Castíguelo.
Alzó los ojos hacia Riabóvich y prosiguió:
-Me parece que usted ha dejado los tirantes demasiado largos...
Hizo aún algunas aburridas observaciones, miró a Lobitko y se
sonrió:
-Y usted, teniente Lobitko, tiene un aire muy triste -dijo-.
¿Siente nostalgia por Lopujova? ¡Señores, echa de menos a Lopujova!
Lopujova era una dama muy entrada en carnes y muy alta, que había
rebasado hacía ya tiempo los cuarenta. El general, que tenía una debilidad por
las féminas de grandes proporciones cualquiera que fuese su edad, sospechaba la
misma debilidad en sus oficiales. Ellos sonrieron respetuosamente. El general
de la brigada, contento por haber dicho algo divertido y venenoso, rió
estrepitosamente, tocó la espalda de su cochero y se llevó la mano a la visera.
El coche reemprendió la marcha.
«Todo eso que ahora sueño y que me parece imposible y celestial,
es en realidad muy común» -pensaba Riabóvich mirando las nubes de polvo que
corrían tras la carretela del general-. «Es muy corriente y le sucede a todo el
mundo... Por ejemplo, este general en su tiempo amó; ahora está casado y tiene
hijos. El capitán Vájter también está casado y es querido, aunque tiene una
feísima nuca roja y carece de cintura... Salmánov es tosco, demasiado tártaro,
pero ha tenido también su idilio terminado en boda... Yo soy como los demás, y
antes o después sentiré lo mismo que todos...»
La idea de que era un hombre como tantos y de que también su vida
era una de tantas, lo alegró y reconfortó. Ya se la representaba osadamente a
ella, y también su propia felicidad, sin poner freno alguno a su imaginación.
Cuando por la tarde la brigada hubo llegado a su destino y los
oficiales descansaban en las tiendas, Riabóvich, Merzliakov y Lobitko se
sentaron a cenar alrededor de un baúl. Merzliakov comía sin apresurarse,
masticaba despacio y leía el Véstnik Yevrópy que sostenía
sobre las rodillas. Lobitko hablaba sin parar y se servía cerveza. Y Riabóvich,
con la cabeza turbia por los sueños de toda la jornada, callaba y bebía.
Después del tercer vaso, se achispó, se debilitó y experimentó un irresistible
deseo de compartir su nueva impresión con sus compañeros.
-Me sucedió algo extraño en casa de esos Von Rabbek... -empezó a
decir, procurando imprimir a su voz un tono de indiferencia burlona-. Había
ido, no sé si lo saben, a la sala de billar...
Se puso a contar con todo detalle la historia del beso y al minuto
se calló... En aquel minuto lo había contado todo y le sorprendía tremendamente
que hubiera necesitado tan poco tiempo para su relato. Le parecía que de aquel
beso habría podido hablar hasta la madrugada. Habiéndolo escuchado, Lobitko,
que contaba muchas trolas y por esta razón no creía a nadie, lo miró
desconfiado y sonrió. Merzliakov enarcó las cejas y tranquilamente, sin apartar
la mirada del Véstnik Yevrópy, dijo:
-¡Que Dios lo entienda! Arrojarse al cuello de alguien sin antes
haber preguntado quién era... Se trataría de una psicópata.
-Sí, debía de ser una psicópata... -asintió Riabóvich.
-Una vez me ocurrió a mí un caso análogo... -dijo Lobitko,
poniendo ojos de susto-. Iba el año pasado a Kovno... Tomé un billete de
segunda clase... El vagón estaba de bote en bote y no había manera de dormir.
Di medio rublo al revisor... Él cogió mi equipaje y me condujo a un
compartimiento... Me acosté y me cubrí con la manta. Estaba oscuro,
¿comprenden? De súbito noté que alguien me ponía la mano en el hombro y
respiraba ante mi cara... Abrí los ojos, y figúrense, ¡era una mujer! Los ojos
negros, los labios rojos como carne de salmón, las aletas de la nariz latiendo
de pasión frenesí, los senos, unos amortiguadores de tren...
-Permítame -lo interrumpió tranquilamente Merzliakov-, lo de los
senos se comprende, pero ¿cómo podía usted ver los labios si estaba oscuro?
Lobitko empezó a salirse por la tangente y a burlarse de la poca
perspicacia de Merzliakov. Esto molesté a Riabóvich, que se apartó del baúl, se
acostó y se prometió no volver a hacer nunca confidencias.
Empezó la vida del campamento... Transcurrían los días muy
semejantes unos a los otros. Durante todos ellos, Riabóvich se sentía, pensaba
y se comportaba como un enamorado. Cada mañana, cuando el ordenanza lo ayudaba
a levantarse, al echarse agua fría a la cabeza se acordaba de que había en su vida
algo bueno y afectuoso.
Por las tardes, cuando sus compañeros se ponían a hablar de amor y
de mujeres, él escuchaba, se les acercaba y adoptaba una expresión como la que
suele aflorar en los rostros de los soldados al oír el relato de una batalla en
la que ellos mismos han participado. Y las tardes en que los oficiales
superiores, algo alegres, con el séter-Lobitko a la cabeza, emprendían alguna
correría donjuanesca por el arrabal, Riabóvich, que tomaba parte en tales
salidas, solía ponerse triste, se sentía profundamente culpable y mentalmente
le pedía a ella perdón... En las horas de ocio o en las noches de insomnio,
cuando le venían ganas de rememorar su infancia, a su padre, a su madre y, en
general, todo lo que era familiar y entrañable, también se acordaba,
infaliblemente, de Mestechki, del raro caballo, de Von Rabbek, de su mujer
parecida a la emperatriz Yevguenia, del cuarto oscuro, de la rendija iluminada
de la puerta...
El treinta y uno de agosto regresaba del campamento, pero ya no
con su brigada, sino con dos baterías. Durante todo el camino soñó y se
impacientó como si volviera a su lugar natal. Deseaba con toda el alma ver de
nuevo el caballo extraño, la iglesia, la insincera familia Von Rabbek y el
cuarto oscuro. La «voz interior» que con tanta frecuencia engaña a los
enamorados le susurraba, quién sabe por qué, que la vería sin falta... Unos
interrogantes lo torturaban: ¿cómo se encontraría con ella?, ¿de qué le
hablaría?, ¿no habría olvidado ella el beso? En el peor de los casos, pensaba,
aunque no se encontraran, para él ya resultaría agradable el mero hecho de
pasar por el cuarto oscuro y recordar...
Hacia la tarde se divisaron en el horizonte la conocida iglesia y
los blancos graneros. A Riabóvich empezó a palpitarle el corazón... No escuchaba
al oficial que cabalgaba a su lado y le decía alguna cosa, se olvidó de todo
contemplando con avidez el río que brillaba en lontananza, la techumbre de la
casa, el palomar encima del cual revoloteaban las palomas iluminadas por el sol
poniente.
Se acercaron a la iglesia y luego, al escuchar al aposentador,
esperaba a cada instante que por detrás del templo apareciera el jinete e
invitara a los oficiales a tomar el té, pero... el informe de los aposentadores
tocó a su fin, los oficiales bajaron de sus cabalgaduras y se dispersaron por
el pueblo, y el jinete no comparecía.
«Ahora Von Rabbek se enterará de nuestra llegada por los mujiks y
mandará por nosotros», pensaba Riabóvich al entrar en una isba, sin comprender
por qué su compañero encendía una vela ni por qué los ordenanzas se apresuraban
a preparar los samovares...
Una penosa inquietud se apoderé de él. Se acostó, después se
levantó y miró por la ventana si llegaba el jinete. Pero no había jinete.
Volvió a acostarse. Media hora más tarde se levantó y, sin poder dominar su
inquietud, salió a la calle y dirigió sus pasos hacia la iglesia. La plaza,
cerca de la verja, estaba oscura y desierta... Tres soldados se habían
detenido, juntos y callados, al mismísimo borde del sendero. Al ver a
Riabóvich, salieron de su ensimismamiento y lo saludaron. Él se llevó la mano a
la visera y empezó a bajar por el conocido sendero.
Por encima de la otra orilla, el cielo se había teñido de un color
purpúreo: salía la luna. Dos campesinas, charlando en voz alta, andaban por un
huerto arrancando hojas de col; tras los huertos negreaban algunas isbas... Y
en la orilla de este lado, todo era igual que en mayo: el sendero, los
arbustos, los sauces inclinados sobre el agua... Sólo no se oía al valiente
ruiseñor, ni se notaba olor a álamo y a hierba tierna.
Ante el jardín, Riabóvich miró por la portezuela. El jardín estaba
oscuro y silencioso... Sólo se distinguían los troncos blancos de los abedules
próximos y un pequeño tramo de la avenida, todo lo demás se confundía en una
masa negra. Riabóvich aguzaba el oído y miraba ávidamente, pero, tras haber
permanecido allí alrededor de un cuarto de hora sin oír ni un ruido y sin haber
visto una luz, volvió sobre sus pasos...
Se acercó al río. Ante él se destacaban la caseta de baños del general
y unas sábanas colgadas en las barandillas del puentecillo. Subió al pequeño
puente, se detuvo un poco, tocó sin necesidad una de las sábanas, que encontró
áspera y fría. Miró hacia abajo, al agua... El río se deslizaba rápido y apenas
se le oía rumorear junto a los pilotes de la caseta. La luna roja se reflejaba
cerca de la orilla; pequeñas ondas corrían por su reflejo alargándola,
despedazándola, como si quisieran llevársela.
«¡Qué estúpido! ¡Qué estúpido! -pensaba Riabóvich contemplando la
corriente-. ¡Qué poco inteligente es todo esto.»
Ahora que ya no esperaba nada, la historia del beso, su
impaciencia, sus vagas esperanzas y su desencanto se le aparecían con vívida
luz. Ya no le parecía extraño que no se hubiera presentado el jinete enviado
por el general, ni no ver nunca a aquella que casualmente lo había besado a él
en lugar de otro. Al contrario, lo raro sería que la viera.
El agua corría no se sabía hacia dónde ni para qué. Del mismo modo
corría en mayo; el riachuelo, en el mes de mayo, había desembocado en un río
caudaloso, y el río en el mar; después se había evaporado, se había convertido
en lluvia, y quién sabe si aquella misma agua no era la que en este momento
corría otra vez ante los ojos de Riabóvich... ¿A santo de qué? ¿Para qué?
Y el mundo entero, la vida toda, le parecieron a Riabóvich una
broma incomprensible y sin objeto. Apartando luego la vista del agua y tras
haber elevado los ojos al cielo, recordó otra vez cómo el destino en la persona
de aquella mujer desconocida lo había acariciado por azar, se acordó de sus
ensueños y visiones estivales, y su vida le pareció extraordinariamente
aburrida, mísera y gris.
Cuando regresó a su isba, no encontró en ella a ninguno de sus
compañeros. El ordenanza le informó que todos se habían ido a casa del «general
Fontriabkin», que había mandado un jinete a invitarlos... Por un instante el
gozo estalló en el pecho de Riabóvich, pero él se apresuró a apagar aquella
llama, se acostó y, para contrariar a su destino, como si deseara vejarle, no
fue a casa del general.

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