viernes, 28 de febrero de 2014

Sobre los maravillosos efectos del hachís, por Charles Baudelaire




Cuando se lleva a cabo la siega del cáñamo, ocurren a veces extraños fenómenos en la persona de los trabajadores varones y mujeres. Diríase que se eleva de la cosecha no sé qué espíritu vertiginoso que circula alrededor de las piernas y sube maliciosamente hasta el cerebro. La cabeza del segador se llena de torbellinos, otras se preña de ensueños.

La composición del hachís se hace con una decocción de cáñamo indio, mantequilla y una pequeña cantidad de opio.

He aquí una confitura verde, singularmente olorosa que produce cierta repulsión, como haría, por lo demás, cualquier olor fino llevado a su máxima fuerza y, por decirlo así, densidad. Tomen el tamaño de una nuez, llenen una cucharita y poseerán la felicidad; la felicidad absoluta con todas sus embriagueces, todas sus locuras de juventud y, también, sus infinitas beatitudes. La felicidad está ahí, en forma de un pequeño pedazo de confitura; tómenla sin temor, no se muere de eso.

Por lo general, para dar al hachís toda su fuerza y todo su desarrollo, es preciso diluirlo en café muy caliente y tomarlo en ayunas; la cena se retrasa hasta las diez o la media noche.

He olvidado decir que como el hachís provoca en el ser humano una exasperación de su personalidad y, al mismo tiempo, una sensación muy viva de las circunstancias y los medios, era conveniente someterse a su acción sólo en medios y circunstancias favorables. Puesto que cualquier alegría, cualquier bienestar es superabundante, cualquier dolor, cualquier angustia es inmensamente profunda.

De entrada, cierta hilaridad estrafalaria e irresistible se apodera de ti. Las palabras más vulgares, las ideas más simples, adoptan una fisonomía extraña y nueva. Esta alegría te resulta insoportable a ti mismo; pero es inútil oponerse. El demonio te ha invadido; todos los esfuerzos que hagas para resistir solo servirán para acelerar los progresos del mal. Te ríes de tus bobadas y de tu locura; tus compañeros se ríen en tus narices y no se lo reprochas, pues comienza a manifestarse la benevolencia.

Tus retozos, tus carcajadas parecen el colmo de la tontería a cualquier persona que no se encuentre en el mismo estado que tú.

La prudencia de ese infeliz te divierte con desmesura, su sangre fría te lleva al último extremo de la ironía; te parece el más loco y ridículo de todos los hombres.

Fui testigo, en esta primera fase, de dos escenas bastante grotescas. Un músico célebre, que ignoraba las propiedades del hachís y tal vez no había oído nunca hablar de ellas, se planta en un grupo donde casi todo el mundo lo había tomado. Intentan hacerle comprender sus maravillosos efectos. Ríe con gracia, como un hombre que acepta posar unos minutos para quedar bien, porque está bien educado. (…) Las carcajadas, las incomprensibles enormidades, los inextricables juegos de palabras, los gestos barrocos prosiguen. El músico declara que esta carga de artistas es mala y que, por lo demás, debe ser muy fatigosa para los autores.

Carcajadas inevitables llenan la sala. El hombre se enoja y quiere marcharse. Alguien cierra la puerta y esconde la llave. Otro se pone de rodillas ante él y le declara, llorando, en nombre de toda concurrencia, que si se siente conmovida por él y su inferioridad con la más profunda compasión, no se sentirá menos animada por una eterna benevolencia.

Le suplican que toque música, él se resigna. Apenas el violín se había dejado oír cuando los sonidos que se difundían por el apartamento se apoderaron, aquí o allá, de algunos de los enfermos. Ya todo eran suspiros profundos, sollozos, desgarradores gemidos, torrentes de lágrimas. El músico, asustado, se detiene; se cree en un manicomio. Se acerca a aquel cuya beatitud era más escandalosa; le pregunta si sufre mucho y que debería hacerse para aliviarle. Un espíritu positivo, que tampoco había probado la beatifica droga, ofrece limonada y algunos ácidos. El enfermo, con el éxtasis en los ojos, le mira con inefable desprecio; su orgullo le salva de más graves injurias. En efecto, ¿hay algo más capaz de exasperar a un enfermo de alegría que desear curarle?    

He aquí un fenómeno extremadamente curioso, a mi entender: una sirvienta, encargada de servir tabaco y refresco a la gente presa del hachís, viéndose rodeada de extrañas caras, de ojos desmesuradamente agrandados y como envuelta en una atmosfera malsana, por esta locura colectiva, suelta una carcajada insensata, deja caer la bandeja que se rompe con todas las tazas y las copas, y pone asustada pies en pólvora. Todo el mundo se ríe.

Los sentidos se hacen de una agudeza y una finura extraordinarias. Los ojos perforan el infinito. El oído percibe los sonidos más inaprensibles entre los más agudos ruidos.

Comienzan las alucinaciones. Los objetos exteriores adoptan apariencias monstruosas. Se revelan en formas hasta ahora desconocidas. Luego se deforman, se transforman y, por fin, entran en tu ser o tú entras en ellos. Los equívocos más singulares, las más inexplicables transposiciones de ideas se producen. Los sonidos tienen color, los colores tienen música. Las notas musicales son números y resuelves con pasmosa rapidez prodigiosos cálculos aritméticos a medida que la música se desarrolla en tus oídos. Estás sentado y fumas; crees estar sentado en tu pipa y tu pipa te está fumando a ti; eres tú el que se exhala en forma de nubes azuladas.

Esta imaginación dura una eternidad. Un intervalo de lucidez te permite, con gran esfuerzo, mirar el reloj de péndulo. La eternidad ha durado un minuto. Te arrastra otra corriente de ideas; te arrastra durante un minuto en su viviente torbellino, y ese minuto será también una eternidad. Las proporciones del tiempo y del ser son transformadas por la innumerable multitud y por la intensidad de las sensaciones y las ideas. Se viven varias vidas de ser humano en espacio de una hora.

De vez en cuando la personalidad desaparece. La objetividad que forja a ciertos poetas panteístas y a los actores se hace tal que te confundes con los seres exteriores. Hete aquí al árbol mugiendo al viento y cantando a la naturaleza melodías vegetales. Planeas ahora en el azur del cielo inmensamente agrandado. Todo dolor ha desaparecido. No luchas ya, eres arrastrado, no eres ya tu dueño y no te afliges por ello. Dentro de un rato, la idea de tiempo desaparecerá por completo. De vez en cuando se produce todavía un pequeño despertar. Te parece que sales de un mundo maravilloso y fantástico.

En otras ocasiones, la música te cuenta poemas infinitos, te coloca en dramas horrendos o maravillosos. Se asocia con los objetos que están ante tus ojos. Las pinturas del techo, incluso mediocres o malas, adquieren una aterrorizadora vida. El agua límpida y encantadora corre por el césped que tiembla. Las ninfas de carnes resplandecientes te miran con grandes ojos más límpidos que el agua y que el azur. Ocuparías tu lugar y representarías tu papel en las más malvadas pinturas, el más grosero papel pintado que forra los muros de las posadas.

He advertido que el agua adopta un aterrorizador encanto para todos los espíritus algo artísticos iluminados por el hachís. Los cursos de agua, los surtidores, las cascadas armoniosas, la inmensidad azul del mar, corren, duermen, cantan en lo más hondo de tu espíritu. Tal vez no fuera bueno dejar a una persona en ese estado a orillas de un agua límpida; como el pescador de la balada, tal vez se dejara arrastrar por la Ondina.

Hacía el final de la velada, se puede comer, pero esa operación no se lleva a cabo sin dificultades. Te encuentras tan por encima de los hechos materiales que ciertamente preferirías permanecer tendido cuan largo eres en el fondo de tu paraíso intelectual. 

La tercera fase, separada de la segunda por un aumento de la crisis, una vertiginosa embriaguez seguida por un nuevo malestar, es algo indescriptible. Es lo que los orientales llaman el kif; es la felicidad absoluta. No es ya algo atorbellinado y tumultuoso. Es una beatitud calma e inmóvil. Todos los problemas filosóficos están resueltos. Todas las arduas cuestiones contra las que batallan los teólogos, y que desesperan a la humanidad razonadora, son límpidas y claras. Toda contradicción se ha vuelto unidad. El ser humano se ha pasado a Dios. 

Te parece que sientes un bienestar y una maravillosa ligereza de espíritu; ninguna fatiga. Pero apenas estás de pie cuando se manifiesta un viejo resto de embriaguez. Tus débiles piernas te conducen con timidez, temes romperte como un objeto frágil. Una gran languidez, que no carece de encanto, se apodera de tu espíritu.

No digo que el hachís produzca sobre todos los seres humanos los efectos que acabo de describir. He contado, más o menos, los fenómenos que suelen producirse, salvo algunas variantes, en los espíritus artísticos y filosóficos. Pero hay temperamentos en que esa droga sólo desarrolla una ruidosa locura, un júbilo violento que se parece al vértigo, danzas, saltos, pataleos, carcajadas. Tienen, por así decirlo, un hachís del todo material. Son insoportables para los espiritualistas, que sienten mucha compasión por ellos. Su fea personalidad estalla. Vi cierta vez a un respetable magistrado, un hombre honorable, como dice de sí misma la gente de mundo, a uno de esos hombres cuya artificial gravedad impone siempre, en el momento en que el hachís le había invadido, ponerse de pronto a saltar un cancán de lo más indecente. El monstruo interior y verídico se revelaba. Aquel hombre que juzgaba las acciones de sus semejantes, aquel Togatus, había aprendido a hurtadillas el cancán.    

Se dice que esa substancia no causa daño físico alguno. Es cierto, hasta ahora al menos. Pues no sé hasta qué punto puede decirse que un hombre que sólo soñara y fuera incapaz de acción se encontraría bien, aunque todos sus miembros estuvieran en buen estado. Pero lo atacado es la voluntad, y este es el órgano más valioso. Jamás una persona que puede, con una cuchara de confitura, procurarse instantáneamente todos los bienes del cielo y la tierra, adquirirá su milésima parte por el trabajo. Ante todo hay que vivir y trabajar.

Termino este artículo con unas hermosas frases que no son mías sino de un noble filósofo poco conocido, Barbereau, teórico musical y profesor del Conservatorio. Estaba junto a él en un grupo del que algunas personas habían tomado el bienaventurado veneno, y me dijo con acento de inefable desprecio: “No comprendo por qué el ser humano racional y espiritual utiliza medios artificiales para llegar a la beatitud poética, puesto que el entusiasmo y la voluntad bastan para elevarle a una existencia supranatural. Los grandes poetas, los filósofos, los profetas, son seres que, por el puro y libre ejercicio de la voluntad, llegan a un estado en el que son a la vez causa y efecto, sujeto y objeto, magnetizador y sonámbulo.”

Pienso exactamente como él.   

El amor según Séneca



No cabe duda que hay cierta semejanza entre la amistad y el afecto de los amantes: pordía decirse que el amor es una amistad furiosamente exacerbada. Pues bien, ¿se ama acaso con fines de lucro, por ambición o vanidad? Si el amor, despreocupado de todo lo demás, inflama las llamas por la belleza y la esperanza de afecto mutuo, lo hace por sí mismo.

La buena educación según Honoré de Balzac




Pero existen igualmente personas cuya voz armoniosa imprime a su habla un hechizo que se extiende igualmente a los modales. Saben hablar y saben callarse, se ocupan de nosotros con delicadeza, solo tocan temas de conversación convenientes, eligen sus palabras con acierto, su lenguaje es puro, sus bromas acarician y su crítica nunca hiere. Lejos de contradecir con la ignorante arrogancia de un necio, parecen buscar en nuestra compañía el buen sentido o la verdad. Ni sermonean ni discuten, se complacen conduciendo una conversación, que interrumpen en el momento oportuno. Son de humor estable, su talante es afable y risueño. Sus modales no tienen nada de forzado, su amabilidad nada de servil; reducen el respeto hasta convertirlo en una suave sombra; no nos cansan nunca, y nos dejan satisfechos de ellos y de nosotros. Llegamos hasta su esfera por un poder inexplicable, encontramos su espíritu impregnando todas las cosas que les rodean: en sus casas todo halaga la vista y se respira como el aire de una patria. En la intimidad, nos seducen por su tono ingenuo. Son personas naturales. En ellos no hay esfuerzo, lujo ni ostentación; sus sentimientos se expresan de manera sencilla porque son auténticos. Son sinceros sin ofender jamás el amor propio de nadie. Aceptan a las personas tal como Dios las hizo, perdonando los defectos y las ridiculeces, comprendiendo todas las edades y sin irritarse por nada, porque poseen el tacto de preverlo todo. Hacen que te sientas agradecido antes que consolar; son cariñosos y alegres. Así, llegas a quererlos irresistiblemente. Los tomas como ejemplo y les profesas culto.

Esas personas tienen la gracia divina y concomitante.   

Testimonios del mundo grecorromano sobre Safo y su arte amatorio




Elogios a Safo

La gracia, a veces, es inherente a los propios objetos: los huertos de las ninfas, los cantos de himeneo, los amores, toda la poesía de Safo.

Demetrio, Sobre el estilo

En la misma época que ellos (Alceo y Pítaco), floreció también Safo: qué cosa tan digna de admiración. Hasta donde alcanza la memoria no sabemos que haya surgido una mujer que rivalice con ella ni de lejos en la fascinación de su poesía. 

Estrabón, Geografía

Los mitilenios acuñaron la moneda con la efigie de Safo.

Pólux, Léxico

Y el mixolidio es un tono apasionado, que se adapta bien a las tragedias. Dice Aristóxeno que Safo fue la inventora de este tono, y que de ella aprendieron los poetas trágicos.

Plutarco, Sobre la música

A Safo, poetisa, hija de Escamandronimo, Platón, el hijo de Aristón, la calificó de sabia.

Eliano, Varia historia

Dicen uno que nueve son las Musas. Qué negligencia. Que sepan que la decima es Safo la de Lesbos.

Platón, Antología Palatina

Quedó maravillada Mnemósine cuando escuchara a Safo de dulce voz: tienen los hombres a la Musa décima.

Antípatro de Sidón, Antología Palatina

Oh Safo divina, ornada de violetas, de sonrisa de miel…

Alceo

Solón de Atenas, hijo de Equecéstides, oyó en un banquete a un sobrino suyo entonar un canto de Safo. Dicha pieza le produjo un gran placer y solicitó al jovencito que se la enseñara. Cuando le preguntaron por qué se ocupaba de eso, él contestó: “Para morir llevándolo aprendido”.

Eliano, según el Florilegio de Estobeo

Cameleonte, en su estudio Sobre Safo, dice incluso que –en opinión de algunos- Anacreonte habría dedicado estas líneas a Safo:

Otra vez su pelota de color púrpura
me arroja el rubio Eros
y me invita a jugar con una niña
que calza unas sandalias de colores.
Pero ella –que es de Lesbos,
la de las nobles calles- cuando ve mi pelambre
ya blanca, la desprecia
y entreabre su boca en pos de otra.

Ateneo, El Banquete de los sofistas

Pero viven aún y seguirán viviendo
las paginas vibrantes y blancas de las odas
de Safo tan amadas. Dichoso sea tu nombre,
que Náucratis así preservará, mientras avance
el barco por el Nilo hacia el salado mar.

Ateneo, El banquete de los sofistas

Venid al luminoso recinto de Hera la de los ojos de novilla,
mujeres lesbias, moviendo el torbellino de vuestros tiernos pies,
y disponed ahí la hermosa danza para la diosa.
Safo os ha de guiar con su dorada lira entre las manos.
Dichosas en la muy gozosa danza: en verdad un dulce himno
parecéis escuchar de la propia Calíope.

Anónimo, Antología Palatina


Más elogios y sobre el arte amatorio de Safo

El eros de la de Lesbos, ¿qué otra cosa podría ser sino el arte erótico de Sócrates? En mi opinión, cada uno se consagraba a sus afectos particulares, ella con mujeres, él con hombres. Y decían que amaban a muchos y se dejaban dominar por los hermosos. Lo que para Sócrates suponían Alcibíades, Cármides y Fedro, lo mismo para la lesbia representaban Atis, Girina y Anactoria. (…)

Diotima dice a Sócrates que el amor no es hijo, sino acólito y criado de Afrodita; y así se dirige a Safo Afrodita en un canto: “Tú, y también eros, mi ayudante”. Diotima dice que el amor florece con la abundancia y muere en la penuria; Safo, resumiendo todo esto, lo llama “dulciamargo” y “el que obsequia con dolencias”. El amor lo llama Sócrates “sofista” y Safo “urdidor de mitos”. Aquél cae en delirio amoroso por Fedro, a ella el amor le sacude las entrañas:

Eros ha sacudido mis entrañas
como un viento abatiéndose en el monte
sobre las encinas.

Máximo de Tiro

Tales versos de amor compusieron también otros, aunque vosotros los desconozcáis: entre los griegos, uno de Teos, uno de Lacedemonia y otro de Ceos junto a otros incontables poetas, e incluso una mujer de Lesbos, aquella que con indudable voluptuosidad y con encanto nos reconcilia con la insolencia de su lengua por medio de la dulzura de sus canciones.

Apuleyo, Apología

Safo fue la única entre las mujeres que con su lira mostró amor a lo bello; y por ello consagró a Afrodita y a los amores toda su poesía, y tomó como pretexto de sus canciones la belleza y los encantos de una joven.

Himerio, Discursos

Perdonamos a Safo y a Anacreonte que se muestren desmesurados y excesivos en sus elogios al eros juvenil. Pues eran individuos que amaban cuerpos individuales, y no sobrevenía ningún peligro si los amados se enternecían por los elogios de aquellos. Hasta tal punto el amor es regio y majestuoso es el amado.

Temistio, Discusos

De asuntos amorosos de los dioses hay abundante noticia en los poetas y en los historiadores, de quienes tomarás tus suministros, pero invocarán también los poemas eróticos de Safo, los de Homero y los de Hesíodo.

Menandro el Retórico, Sobre la oratoria demostrativa

Aparte de mezclar pasión con mucho vino,
¿qué otra cosa enseñaba la musa del anciano
poeta de Teos? ¿Y en qué sino en amores
instruyó a las muchachas la lesbia Safo?

Ovidio, Tristes

Refugio placentero de jóvenes amantes
Safo, a ti entre las Musas (pues inspiras lo mismo)
Como musa de Éreso en Eolia
Te honran el Helicón de hermosas hiedras y Pieria.
Y el divino Himeneo con antorcha radiante
Las alcobas nupciales junto a ti las preside.
Contemplas el recinto sagrado de los dioses
Acompañando el llanto de Afrodita, doliente
por el hijo de Cíniras. Salve siempre, señora
que igualas a los dioses: tus cantos
como hijas inmortales tenemos todavía.

Dioscórides, Antología Palatina

Guardas a Safo, tierra eolia, a la Musa mortal
cantada entre las Musas no mortales,
la nutrida a la vez por Eros y por Cipris, para quien Seducción
la corona perenne trenzó de las Piérides,
gozo para la Hélade y gloria para ti.
Moiras que hacéis girar el hilo en vuestra rueca,
¿cómo no habéis hilado un día eterno
a la cantora que veló los dones
eternos de las Musas Heliconias?

Antípatro de Sidón, Antología Palatina

Poemas de amor de Konstantinos Kavafis




Claroscuro

Mirando un ópalo de tintes grisáceos,
recordé dos bellos ojos grises

que vi hará unos veinte años.
Nos amamos durante un mes.
Despues se fue.
A Esmirna, creo,
donde tenía trabajo,
y nunca nos volvimos a ver.

Deben haber perdido su belleza
(si vive todavía), los ojos grises.
El bello rostro se habrá afeado.

Memoria mía, gúardalos tal como eran antaño.
Memoria, de este amor
tráeme esta noche
el mayor número posible de recuerdos.

En la noche

De todas formas, no hubiera durado.
La experiencia de los años me lo ha demostrado.

El destino puso un fin abrupto.
Fue breve ese tiempo
pero qué fuertes sus perfumes
y en qué cama espléndida estuvimos.
Y qué sensualidad dimos a nuestros cuerpos.
Un eco de los días sensuales volvió,
algo del fuego juvenil que compartiamos.

Tomé de nuevo una carta entre mis manos,
y leí y releí hasta que la luz se fue.
Melancólico sali al balcón
para cambiar mis pensamientos, por lo menos,
viendo la ciudad que amaba;
un poco de movimiento en las calles y en las tiendas.

Permanecer

Debe haber sido la una o la una y media.

En un rincón de la taberna, tras la divisón de madera,
aparte de nosotros, nadie.
La lámpara apenas iluminaba.
El mesero dormía cerca de la puerta.

Estábamos tan excitados que nada nos importaba.
Nuestras ropas entreabiertas... -no usábamos mucha
por el excesivo calor del mes de julio-.

Goce de cuerpos semidesnudos,
contacto rápido de pieles,
visión de lo que ocurrió hace veintiséis años
y que ahora permanece en el poema.

Lejos

Quisiera relatar este recuerdo...
pero es tan distante como si no quedara nada.
Oscila a lo lejos en los años juveniles...
Piel hecha como de jazmín...
la noche de agosto... ¿era agosto?... la noche...

Apenas recuerdo los ojos:
eran, creo, azules...
...¡Ah! Sí, azules, azul zafiro...

El amor cortés según Régine Pernoud




La mujer se convierte en el señor del poeta (…); la fidelidad, la exige; suscita un amor que también impone el respecto: amor de lonh, amor lejano, que crea una tensión exaltante entre sentimientos contrarios y es, paradójicamente, el joy, el gozo del poeta, que consagra a la Dama una especie de culto ferviente y constante; ella es omnipotente sobre él; el amor que vive entre ellos es como un alto secreto que el no puede revelar, y es con un senhal, un sobrenombre, como la designa. (...) es característico de esta época el uso del emblema, la insignia, el senhal; los blasones y los escudos de armas que los caballeros llevan en su escudo y que toda personalidad física y moral hace grabar en su sello, participan de esta misma tendencia.

Hubo una civilización nacida del castillo, es decir, de la hacienda, luego surgida de los marcos rurales (…) Esta civilización dio lugar a la vida cortés, cuyo nombre mismo indica su origen, pues nació en la corte, el patio, es decir, en la parte del castillo en la que todo el mundo se encuentra.

jueves, 27 de febrero de 2014

La elegancia según Honoré de Balzac




Sobre la elegancia

El principio de la vida elegante es un alto pensamiento de orden y armonía, destinado a dotar de poesía a las cosas.

La inteligencia de un hombre se adivina por su manera de llevar el bastón.

La elegancia dramatiza la vida.

Elegancia y aristocracia

No todos hijos de la aristocracia nacen dotados del sentido de la elegancia, del gusto que sirve para imprimir a la vida una huella poética; y, sin embargo, la aristocracia de cada país se distingue precisamente por sus modales y por una notable comprensión de la existencia. ¿En qué consiste ese privilegio? En la educación, en las costumbres. Los hijos de los grandes señores, tocados desde la cuna por la gracia armoniosa que reina a su alrededor, educados por madres elegantes cuyo lenguaje y costumbres conservan todas las buenas tradiciones, se familiarizan fácilmente con los rudimentos mismos de nuestra ciencia. Hay que tener naturaleza muy arisca para resistirse a la visión imperecedera de las cosas verdaderamente bellas. Por eso, el espectáculo más repelente para el pueblo consiste en contemplar a un grande que ha caído por debajo de un burgués.

Aforismos sobre la elegancia

Un ser humano se hace rico; elegante se nace.

La elegancia trabajada es a la autentica elegancia lo que la peluca es al pelo. 

Aunque la elegancia sea menos un arte que un sentido, procede igualmente de un instinto que de un hábito.

Todo cuanto revela ahorro resulta inelegante.

La prodigalidad en los adornos perjudica el efecto.

En cualquier cosa, la multiplicidad de colores resulta de mal gusto.

La indumentaria es la expresión misma de la sociedad.

El descuido en la indumentaria es un suicidio moral.

El bárbaro se abriga, el rico o el tonto se adornan, la persona elegante se viste.

La indumentaria no consiste tanto en el vestido como en cierta manera de llevarlo.

Todo lo que aspira a causar efecto es de mal gusto, como todo lo tumultuoso.

Un roto es una desgracia, una mancha es un vicio.

Hay que haber llegado por lo menos a la clase de Retórica para aspirar si quiera a llevar una vida elegante.

Quedan fuera de la vida elegante los tenderos, los hombres de negocios y los profesores de Humanidades.

El avaro es una negación.

Un banquero que ha llegado a los cuarenta sin haber quebrado, o que tiene más de treinta y seis pulgadas de contorno, está condenado en lo que se refiere a la vida elegante: verá el paraíso sin jamás entrar en él.


Signos de escaza elegancia

¿Lleva usted un gorro verde? Pues es un hombre sin honor.

¿Lleva una rueda amarilla a modo de condecoración en su abrigo? ¡Quite, paria de la humanidad! Judío, regresa a tu madriguera a la hora del toque de queda, o serás castigado con una multa.

Las personas que se visten a la manera de un obrero, y diariamente cubren su cuerpo sin el menor cuidado, con el mismo envoltorio siempre mugriento y apestoso, son tan numerosos como esos necios que van a los salones de la buena sociedad y no ven nada, y mueren sin haber visto nada, sin conocer el valor de un manjar ni el poder que sobre los hombres ejercen las mujeres, y no dicen ni una sola frase ingeniosa en su vida. Pero “¡Dios mío, perdónalos porque no saben lo que hacen!

Las mujeres elegantes

¡Qué placer inefable, para el observador, el entendido, supone encontrarse por las calles de París, por los bulevares, a esas mujeres de genio que, después de haber rubricado con su nombre, su título y su fortuna el sentido del bien vestir, no inspiran ni un ápice a la gente vulgar, y constituyen todo un poema para los artistas, para los mundanos que se pasean por la calle! Es un acuerdo perfecto entre el color del vestido y los diseños; es un acabado en los complementos, que revela la mano industriosa de una doncella hábil. Esas altas potencias femeninas saben adaptarse admirablemente al humilde papel de peatón, porque muchas veces han experimentado las temeridades que autoriza el carruaje, pues solo las personas acostumbradas al lujo de la carroza saben vestir bien para pasear a pie.

Según esta sentencia inmemorial, cualquier persona de a pie debe pasar desapercibida. Su triunfo consiste en ser a la vez vulgar y distinguido, reconocido por los suyos e ignorado por la masa.

Según estos principios, derivados de la jurisprudencia exacta, basados en la observación y debidos al más severo cálculo del amor propio humano o femenino, está claro que una mujer mal hecha, torcida, jorobada o coja, debe intentar, por pura educación, disminuir los defectos de su talle. (…) Louise de la Valliere cojeaba con donaire, y más de una jorobada sabe tomarse la revancha mediante los encantos del espíritu o las riquezas deslumbrantes de un corazón apasionado.

El amor metafísico según Máximo de Tiro





Sobre la fuerza irresistible del amor

Pero el amor nada combate tanto como la contrición y el temor, y es cosa orgullosa, de fiera libertad y más libre que la misma Esparta. Pues entre los asuntos de los seres humanos solo el amor, cuando surge en alguien con pureza, no se extasía ante la riqueza, no teme al tirano, no admira los palacios, no se guarda del tribunal, no rehúye la muerte. No hay para él bestia temible ni fuego, precipicio, mar, espada o lazo, y hasta los apuros son para él todo recursos, lo difícil, del todo dominable, lo temible, del todo asequible, lo arduo, del todo fácil; todos los ríos, vadeables, las tormentas, totalmente transitables, las montañas, totalmente accesibles. En todo lugar esta animoso, todo lo desdeña, todo lo domina.

Sobre el amor espiritual y el amor carnal

Y es muy razonable: para los demás “amor” era un nombre del deseo errabundo entre los placeres; su principio, la flor del cuerpo, que llega a los ojos y a través de ellos fluye hasta el alma, pues los ojos son caminos de la belleza. Para Sócrates, en cambio, su amor era semejante en su empeño a los otros, pero distinto en cuanto al deseo, más recatado en cuanto al placer y más certero en cuanto a la virtud; su principio, la flor del alma, que se trasluce en el cuerpo. Del mismo modo puedes captar la belleza de un río que corre a través de un prado: hermosas son las flores que hay a su vera, pero resplandecen a la vista por la acción del agua. Este poder tiene también la flor del alma cuando se implanta en un cuerpo hermoso: resplandece por la acción de este, destella y se trasluce. Y la belleza del cuerpo no es sino la flor de la virtud venidera, como si fuera un preludio de una belleza más madura. Del mismo modo que el resplandor del sol se alza primero por las cimas de las montañas, espectáculo querido a los ojos por la esperanza de lo que ha de venir, así también una especie de belleza esplendente se alza primero sobre las superficies de los cuerpos, espectáculo querido para los filósofos por la esperanza del porvenir.

El amor puro vs el falso amor

Y la belleza, por más que sea una sola, de un modo se muestra a los ojos viciosos y de otro, a los amantes legítimos. En efecto, la espada, por más que sea una sola, de un modo se muestra al excelente y de otro al verdugo. A Penélope la ve de un modo Odiseo y de otro Eurímaco; y el sol, de un modo lo ve Pitágoras y de otro Anaxágoras: Pitágoras como un dios, y Anaxágoras, como una roca. Y la virtud, de un modo la persigue Sócrates y de otro Epicuro: Sócrates, como amante de la felicidad, Epicuro, como amante del placer. Así también un cuerpo hermoso lo persigue Sócrates y de otro Clístenes: Sócrates, como amante de la virtud, y Clístenes, como amante del placer.

El descenso del Principio de Amor al mundo de la materia; la reminiscencia y la iluminación

Puesto que lo bello debe ser bello para poder producir amor, ¿cómo diremos que es y cómo actúa? ¿Quieres que lo diga siguiendo el oráculo de Sócrates? Aun siendo lo bello mismo inefable y superior a los ojos, el alma lo ha contemplado hace tiempo y conserva en sueños su memoria, pero en la circunstancia presente no lo ve con claridad absoluta, porque por el lugar y la suerte se encuentra abandonada, desterrada de aquellos espectáculos a su emplazamiento de la tierra y rodeada de mucha y variada materia por la que se ve alterada, atada a una vida incierta, desordenada y repleta de alteración y falta. La naturaleza de lo bello tiene allí su principio y en la marcha desciende lentamente y debilitada, privada de su antigua plenitud. 

Como los ríos más caudalosos cuando desembocan en el mar, que al primer empuje conservan su corriente sin mezcla de la otra naturaleza más salobre, bebida pura para los navegantes que se acercan desde alta mar, pero conforme avanza más y alcanza la extensión marina, al dar sus aguas a los vientos y a las olas, a la resaca y la corriente, hacen que pierda por la mezcla su antigua naturaleza, así también la belleza inefable e inmortal: avanza primero a través del cielo y de los cuerpos que hay en él y, al descender hasta ahí, permanece un tiempo sin mezcla, pura y completa, pero, cuando declina desde el cielo al lugar de acá, se debilita y oscurece, y apenas reconocería su aflujo un marinero de alta mar que estuviera familiarizado con el río, por tener en la memoria la naturaleza de aquél, aun viéndola vagar turbia en la tierra y mezclada con una naturaleza extraña. Pero cuando la encuentra y reconoce la apariencia de su huella, como Odiseo cuando ve el humo ascender, se exalta y se inflama, se ilumina y ama. 

miércoles, 26 de febrero de 2014

Ligeia, de Edgar Allan Poe



Juro por mi alma que no logro recordar con precisión cómo, cuándo, ni siquiera dónde conocí a Lady Ligeia. Muchos años han pasado desde entonces, y mi memoria se encuentra debilitada por tanto sufrimiento. O acaso no pueda reconstruir ahora esas circunstancias en mi mente porque, en verdad, el carácter de mi amada, su peculiar saber, su singular aunque plácida belleza, y la impresionante y cautivadora elocuencia de su voz grave y musical, se adentraron en mi corazón con pasos progresivos, tan firmes y sigilosos que me pasaron inadvertidos e ignorados. No obstante, creo haberla visto por vez primera, y luego en cierta frecuencia, en alguna gran ciudad, antigua y decadente, en las proximidades del Rin. De su familia, sin duda, le oí hablar. Que pertenece a un antiguo linaje no ofrece duda alguna. ¡Ligeia! ¡Ligeia! Absorto en estudios que se dirían especialmente indicados para atenuar las impresiones del exterior, es gracias a esa dulce y única palabra –Ligeia- como traigo ante mis ojos, en mi imaginación, la imagen de aquella mujer que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, centellea en mi el recuerdo de que nunca llegué a conocer el apellido de la que fuera mi amiga y prometida, de la que se convirtió en mi compañera de estudios y, finalmente, en mi esposa querida. ¿Era una juguetona imposición de mi Ligeia? ¿O fue una prueba de la intensidad de mi afecto el no haber querido investigar jamás sobre ese punto? ¿O se trató más bien de un capricho mío, de una ofrenda alocada y romántica en el santuario de la más apasionada devoción? Sólo de forma vaga y confusa lo recuerdo; ¿no es extraño que haya olvidado por completo las circunstancias que originaron y acompañaron a ese hecho? Si es verdad que alguna vez ese espíritu al que llaman Romance, o la pálida Ashtophet, la diosa de las alas brumosas de Egipto idolatra, presidieron, según cuentan, los matrimonios de malos augurios, entonces no hay duda de que también presidieron el mío.

Hay, sin embargo, un punto muy querido en el que la memoria no me falla: la persona de Ligeia. Era alta, más bien delgada, y, en sus últimos días, incluso un tanto demacrada. En vano intentaría describir su aspecto majestuoso, la serena naturalidad de su porte o la increíble ligereza y elasticidad de su paso. Iba y venía como si fuera una sombra. Nunca era yo conciente de su entrada en mi estudio, salvo por la querida música de su voz dulce y profunda, cuando posaba su mano de mármol en mi hombro. Ninguna doncella igualó jamás la belleza de su rostro. Era como el resplandor de un sueño de opio, una visión etérea e inspiradora, más arrebatadoramente divina que las fantasías que se ciernen sobre las almas durmientes de las hijas de Delos. No obstante, sus rasgos no se ajustaban a ese molde regular que tan equívocamente se nos ha enseñado a adorar en las obras clásicas de los paganos. “No hay una belleza exquisita – dice Bacon, lord Verulam, hablando con acierto de las formas y los géneros de la belleza- que no contengan algo de extraño en sus proporciones”. Sin embargo, aunque yo advertía que los rasgos de Ligeia no tenían la regularidad clásica, aunque percibía que su encanto era realmente exquisito y lo sentía impregnado de una gran dosis de extrañeza, en vano intenté, empero, detectar la irregularidad y descubrir cuál era el origen de aquella sensación de algo “extraño”. Examinaba el contorno de su frente pálida y noble y la encontraba perfecta –pero ¡qué fría resulta en verdad esta palabra cuando se aplica a la majestad divina!- pues su piel rivalizaba con el marfil más puro en su excepcional lisura y reposo, con su prominencia suave por encima de las sienes; y el cabello, de rizos naturales y brillantes, negros como ala de cuervo, reflejaban exuberantes en toda su plenitud el epíteto homérico, “¡cabellera de jacinto!”. Observaba el delicado perfil de la nariz, y en ninguna parte, salvo en los graciosos medallones hebreos, me parecía haber contemplado una perfección semejante. La suavidad voluptuosa de su superficie, la tendencia apenas perceptible a lo aguileño, las aletas armoniosamente curvas, revelaban un espíritu libre. Miraba su dulce boca y allí veía la apoteosis de todas las realidades celestiales: la magnífica sinuosidad del menudo labio superior; la suave y voluptuosa quietud del inferior; los hoyuelos tan graciosos y la expresividad de su color; los dientes, que reflejaban con llamativo brillo los rayos de la bendita luz que caía sobre ellos cada vez que mostraba la más exultante y radiante, al tiempo que plácida y serena, de todas las sonrisas. Escudriñaba la formación de la barbilla, y, también ahí, descubría la dulce tersura, la suavidad y majestad, la plenitud y espiritualidad de los griegos: el contorno que el dios Apolo sólo en un sueño reveló a Cleomenes, hijo del ateniense. Y después, contemplaba con atención los grandes ojos de Ligeia.

Para sus ojos no consigo encontrar modelo alguno en la antigüedad remota. Quizás sea también que en los ojos de mi amada yacía el secreto al que aludía lord Verulam. Eran, debo pensar, mucho más grandes que los ojos ordinarios del común de los mortales. Eran incluso mayores que los más grandes de las gacelas de la tribu del valle de Nourjahad. Sin embargo, era solo a intervalos, en ciertos momentos de emoción intensa, cuando esta peculiaridad se hacía más notable en Ligeia. Y en aquellos momentos su belleza –en mi excitada fantasía así me aparecía-, era tal vez la de los seres que están por encima o más allá de la tierra, la belleza de las huríes fabulosas de los turcos. Largas pestañas, negras como el azabache, velaban aquellos ojos de un negro igualmente intenso y brillante. Las cejas, de trazado levemente irregular, tenían el mismo tono. Sin embargo, la “extrañeza” que yo percibía en sus ojos no se debía a ninguna peculiaridad en la forma o el color, ni tampoco a la naturaleza de su brillo, sino que, en definitiva, debería atribuirse más bien a su expresión. ¡Ah, palabra sin sentido, tras cuya inmensa vaguedad de simple sonido se atrinchera nuestra ignorancia de cuanto pertenece al ámbito de lo espiritual! ¡La expresión de los ojos de Ligeia! ¡Cuántas horas he pasado reflexionando sobre ello! ¡Cómo luché, durante noches enteras de verano, por llegar a comprenderla! ¿Qué era aquello, más profundo que el pozo de Demócrito, que yacía muy adentro en las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me sentía poseído por la pasión de descubrirlo. ¡Sus ojos! Aquellos ojos grandes, brillantes, divinos, se convirtieron para mí en las estrellas gemelas de Leda, y yo fui para ellos el más devoto de todos los astrólogos.

No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia de la mente, nada más estimulante y excitante que el hecho –nunca observado, yo creo, en las escuelas- de que nuestro esfuerzo por traer de vuelta a la memoria algo hace tiempo olvidado, a menudo nos coloca al borde mismo del recuerdo, pero sin ser capaces, al final, de recordar. Y así, con cuánta frecuencia, en mi intenso escrutinio de los ojos de Ligeia, creí acercarme a un conocimiento real de su expresión; me sentía próximo, mas no lo suficiente para hacerlo mío, y al final ¡ese conocimiento me era enteramente sustraído! Y –extraño ¡oh, el más extraño de todos los misterios!- en los objetos más comunes del universo descubría un círculo de analogía con aquella expresión. En efecto, posteriormente a la época en que la belleza de Ligeia entraba en mi espíritu, donde permaneció como un santuario, muchas cosas del mundo material despertaban en mí una sensación de algún modo semejante a la que en mi interior generaban sus grandes y luminosos ojos. Pero no podría definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera considerarlo con calma. Lo he reconocido a veces, permítaseme repetirlo, en una parra de rápido crecimiento, o en la contemplación de una polilla, de una mariposa, de una crisálida, con una veloz corriente de agua. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. También en las miradas de personas que han llegado a ser muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una sexta magnitud, doble y variable, situada junto a la estrella más grande de Lira), que al examinarlas con el telescopio me provocan esa misma sensación. Ciertos sonidos de algunos instrumentos de cuerda también me la hicieron presente, y, no de forma infrecuente, algunos pasajes de determinados libros. Entre otros ejemplos, realmente innumerables, puedo recordar unas líneas de un volumen de Joseph Glanvill, que (tal vez meramente por su carácter singular, quién sabe) nunca dejó de inspirarme la citada sensación: “Y allí se encuentra la voluntad, que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su potencia? Pues Dios no es sino una gran voluntad que impregna todas las cosas por la naturaleza de su designio. El ser humano no se rinde a los ángeles, ni claudica por entero a la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad”.

El transcurso de los años y la reflexión consiguientemente me han permitido encontrar, en efecto, una lejana conexión entre este pasaje del moralista ingles y algún aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de su pensamiento, su acción o su palabra era posiblemente la consecuencia, o cuando menos un indicio, de aquella voluntad colosal que, a lo largo de nuestra dilatada relación, no dejo de dar pruebas, algunas muy inmediatas, de su existencia. De todas las mujeres que he conocido, ella, la exteriormente calma, la siempre plácida Ligeia, era presa, con mayor violencia que ninguna, de los tumultuosos buitres de la sombría pasión. Y de esa pasión no podía yo establecer medida alguna, salvo por la milagrosa expansión de aquellos ojos que tanto me deleitaban y me aterraban a la vez, por la melodía casi mágica, la modulación, la calidad y la placidez de su voz profunda, y por la feroz energía (de eficacia redoblada por el contraste con su manera de decirlas) de las extrañas palabras que habitualmente profería.

Ya me he referido al saber de Ligeia: saber inmenso, como nunca conocí en otra mujer. Tenía un dominio profundo de las lenguas clásicas, y, en cuanto a las lenguas europeas modernas, en la medida que yo podía conocerlas, nunca le descubrí la menor falta. En efecto, en ninguno de los temas más respetados –respetados simplemente por abstrusos- de la alardeada erudición académica, jamás pude descubrirle un fallo. ¡De qué forma tan singular y emotiva este aspecto de la naturaleza de mi esposa se impuso, solamente al final, a mi atención! He dicho que su conocimiento era tal como nunca conociera en otra mujer, pero ¿dónde habita el hombre que se desenvuelva con similar destreza en el amplio campo de las ciencias morales, la física y las matemáticas? No me percate entonces de lo que ahora puedo percibir con claridad: que los conocimientos de Ligeia eran gigantescos, asombrosos; en todo caso, fui lo bastante conciente de su infinita superioridad para resignarme, con una confianza infantil, a ser guiado por ella a través del mundo caótico de la investigación metafísica que me tuvo ocupado activamente durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué sensaciones de inmenso triunfo, con qué vívido deleite, con que etérea esperanza sentía, cuando ella desplegaba ante mí –inmerso como estaba en estudios muy poco conocidos, casi ignorados- una deliciosa perspectiva, escalonada en grados sucesivos, por cuya senda larga, espléndida y nunca hollada podría finalmente progresar hacia la meta de una sabiduría demasiado divina y valiosa para no estar prohibida!

¡Cuán punzante, pues, no sería mi dolor cuando, pasados unos años, contemplé cómo mis bien fundadas esperanzas emprendían vuelo y desaparecían de mi vista! Sin Ligeia yo no era más que un niño buscando a tientas en la oscuridad de la noche. Sólo su presencia y sus lecturas tornaban vívidos y luminosos los múltiples misterios del trascendentalismo en que ambos estábamos inmersos. Privado del brillo irradiante de sus ojos, las letras brillantes y doradas se volvían apagadas, como plomo de Saturno. Y aquellos ojos empezaron a brillar cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que tan fervorosamente yo estudiaba. Ligeia cayó enferma. Sus ojos salvajes ardían con un resplandor demasiado glorioso; sus pálidos dedos adquirieron el tono traslúcido y cerúleo de la tumba; las venas azules de su noble frente se hinchaban y se hundían impetuosamente, alteradas por la emoción más ligera. Comprendí que Ligeia estaba próxima a morir y luché desesperadamente en mi espíritu con el inexorable Azrael. Y las batallas de la esposa apasionada eran, para mi asombro, más enérgicas todavía que las mías. Muchos rasgos de su severo carácter me habían hecho pensar que la muerte llegaría hasta ella sin sus terrores habituales; pero no fue así. Las palabras son impotentes para transmitir una idea exacta de la angustiosa y feroz resistencia que Ligeia opuso a la Sombra. Yo gemía contrito ante tan doloroso espectáculo. Hubiera querido aliviar, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su deseo salvaje de vivir, de vivir, nada más que de vivir, consuelo y razón eran por igual el punto máximo de la locura. Sin embargo, no fue sino en el último momento, entre los estremecimientos más convulsos de su orgulloso espíritu, cuando se quebranto la placidez exterior de su actitud. Su voz se hizo más tenue, más profunda, aunque yo no quisiera atender al misterioso sentido de las palabras claramente pronunciadas. Mi cabeza daba vueltas confundida mientras escuchaba, hechizado por una melodía más que humana, conjeturas y deseos que nunca antes conocieran los mortales.

No me era posible dudar de su amor; y fácilmente podía entender que, en su pecho, el amor no reinaría como una pasión ordinaria. Pero sólo en la muerte pude comprender con plenitud toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, con mi mano retenida entre las suyas, vacío ante mí su corazón desbordado, cuya apasionada devoción rayaba en la idolatría. ¿Qué había hecho yo para merecer la bendición de tales confesiones? ¿Y por qué en aquel preciso instante se me arrebataba a mi amada y se me condenaba a la separación? Pero el dolor que me produce extenderme en este tema me resulta insoportable. Permítaseme decir tan solo que en el abandono más que femenino de Ligeia al amor, que se me otorgó ¡ay!, de forma inmerecida y sin ser digno de él en absoluto, reconocí finalmente el principio de su anhelo, de su vehemente deseo de vida, de esa vida que con tanta rapidez se alejaba de ella. Pero no soy capaz de describirlo, no encuentro las palabras adecuadas para expresar ese anhelo salvaje, esa vehemencia extrema de su deseo de vivir, nada más que de vivir.

La noche en que murió, me llamó perentoriamente a su lado con un gesto, invitándome a repetir unos versos que ella misma había redactado algunos días antes. La obedecí. Decían así:

¡Ay! ¡Es noche de gala
En los últimos y solitarios años!
Una multitud de ángeles alados, tocados
Con velos y ahogados en lágrimas,
Se dispone a contemplar en el teatro
Un drama de esperanzas y temores,
Mientras suena, a intervalos,
La música de las esferas, que la orquesta interpreta.

Como imágenes del Dios de los cielos,
Los mimos murmuran y musitan por lo bajo,
Volando de acá para allá;
Meros títeres, que vienen y van
A las ordenes de las cosas vastas y sin forma
Que alteran de continuo el decorado,
Dejando caer una invisible aflicción
Desde sus alas de cóndor.

Multifacético drama, que sin duda
Nunca ya será olvidado.
Con su fantasma perpetuamente perseguido
Por una multitud que no lo alcanza,
A lo largo del círculo
Que retorna siempre al mismo punto;
Y mucho de Locura, y más de Pecado
Y de Horror, ¡el alma de la conjura!

Pero, ¡mirad: entre el mímico tumulto
Una forma reptante se introduce!
¡Algo rojo como la sangre se retuerce
En la soledad del escenario!
¡Se retuerce más y más!
Entre terribles tormentos son devorados los mimos
Y los serafines sollozan entre las fauces bestiales
Bañadas de sangre humana.

¡Fuera! ¡Fuera las fauces, fuera todas!
Sobre cada forma estremecida,
Cae el telón, cual cortina funeraria,
Con el ímpetu de la tormenta.
Y los ángeles, pálidos y entristecidos,
De pie ahora y sin velos,
Explican que ésta es la tragedia del Humano
Y su héroe, el Gusano vencedor.

-¡Oh Dios!- casi gritó Ligeia, incorporándose bruscamente y extendiendo sus brazos al aire con movimiento espasmódico, cuando terminaba yo estos versos-. ¡Oh Dios! ¡Padre divino! ¿Ocurrirá irremisiblemente todo esto? ¿Acaso no va a ser el vencedor alguna vez vencido? ¿No formamos nosotros parte de Ti? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad y su potencia? El ser humano no se rinde a los ángeles, ni claudica por entero ante la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad.

Entonces, como exhausta por la emoción, dejó caer sus blancos brazos y se recostó solemnemente en su lecho de muerte. Y mientras exhalaba sus últimos suspiros, mezclado con ellos llegó hasta mis oídos un tenue susurro de sus labios. Me incliné hacia ella y percibí, de nuevo, las palabras finales del pasaje de Glanvill: “El ser humano no se rinde a los ángeles, ni claudica por entero ante la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad”.

Ligeia murió; y yo, con mi dolor aplastándome en el polvo, no pude soportar por más tiempo la soledad y la desolación de mi morada en aquella sombría y decadente ciudad situada a orillas del Rin. No carecía de lo que el mundo llama riqueza; Ligeia me había aportado mucho, muchísimo más, de lo que ordinariamente toca en suerte a los mortales. Así pues, pasados unos meses de andar errático, sin ningún objetivo claro, compré y reparé parcialmente una abadía, cuyo nombre no diré, en una de las comarcas más agrestes y menos pobladas de la hermosa Inglaterra. La triste y lóbrega vastedad del edificio, el aspecto casi salvaje que ofrecía el campo, los múltiples recuerdos melancólicos y venerables relacionados con ambos, armonizaban con el sentimiento de absoluto desamparo que me había conducido hasta aquella remota e inhóspita comarca del país. Sin embargo, aunque el exterior de la abadía, con su verde deterioro colgando de sus muros, apenas sufrió alteración alguna, cedí a la idea, con perversidad infantil, y quizás con la débil esperanza de aliviar mi dolor, de desplegar en su interior una magnificencia regia. Incluso desde la infancia había sentido inclinación por este tipo de locuras, y ahora surgía en mí de nuevo esa tendencia como intentando contrarrestar mi abatimiento. ¡Ay, ahora comprendo cuánta incipiente locura podría haberse descubierto en los espléndidos y fantásticos tapices, en las solemnes tallas egipcias, en los frisos extravagantes y en los muebles, en los diseños delirantes de las alfombras bordadas en oro! Me había convertido en un esclavo, preso en las redes del opio, y todos mis esfuerzos y proyectos habían tomado la coloración de mis sueños. Mas no quiero detenerme a detallar estos absurdos. Permítaseme tan solo a aquella cámara, maldita para siempre, en la que, en un momento de enajenación mental, conduje al altar en calidad de prometida –como sucesora de la inolvidable Ligeia- a una mujer de cabello rubio y ojos azules, Lady Rowena Trevanion, de Tremaine.

No hay rincón de la arquitectura y la decoración de aquella cámara nupcial que no se me aparezca con nitidez ante los ojos. ¿Dónde estaban las almas de la altiva familia de la novia cuando, sedientas de oro, permitieron atravesar el umbral de tan engalanado aposento a una doncella y una hija tan querida? He dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de la estancia –aunque lamentablemente, suelo olvidar asuntos de enorme importancia- pese a que no había la menor armonía, ni orden ni sistema, en aquella fantástica exhibición que facilitase la labor de la memoria. La habitación estaba situada en un elevado torreón de la abadía almenada, tenía forma pentagonal y era amplia y espaciosa. Ocupando toda la fachada del sur del pentágono estaba la única ventana, una inmensa luna de cristal continuo de Venecia, una sola pieza de cristal ahumado, cuyo color plomizo hacia que los rayos del sol o de la luna, al atravesarlo, cayeran con un brillo siniestro sobre todos los objetos acumulados en la estancia. Sobre la parte superior del gran ventanal se extendía la espaldera de una añosa parra que trepaba por los macizos muros del torreón. El techo, de roble oscuro, muy alto, abovedado, estaba profundamente adornado con los ejemplares más delirantes y grotescos de un ingenio entre gótico y druídico. Del nicho central de la melancólica bóveda, pendía, de una sencilla cadena de oro de largos eslabones, un enorme incendiario del mismo metal; era de estilo sarraceno, con numerosas perforaciones que permitían observar, hacia dentro y hacia fuera, la sucesión de reflejos de vitalidad serpentina producidos por llamas multicolores.

Algunas otomanas y candelabros de oro, de aspecto oriental, estaban distribuidos por lugares diversos; y el lecho –el lecho nupcial-, también un modelo indio, bajo y tallado en ébano macizo, con un dosel semejante al de una instalación mortuoria. En cada uno de los rincones de la cámara había, de pie, un gigantesco sarcófago de granito negro; procedían de las tumbas de los reyes situadas frente a Luxor, y sus tapas antiguas estaban cubiertas por infinidad de relieves inmemoriales. Pero en las colgaduras del apartamento estaba, ¡ay!, la fantasía principal. De las elevadas paredes, de una altura gigantesca –incluso desproporcionada- colgaban de arriba abajo, en vastos pliegues, unos pesados y enormes tapices, de material semejante al de las alfombras del suelo, las cubiertas de las otomanas y la cama de ébano, el dosel de la cama y las suntuosas volutas de los cortinajes que sombreaban parcialmente el ventanal. El material era un lujoso tejido de oro, salpicado, a intervalos irregulares, de figuras arabescas, de unos treinta centímetros de altura, trabajadas sobre la tela de un negro intenso como el azabache. Pero las figuras solo participaban del verdadero carácter de arabesco cuando se contemplaban desde un particular punto de vista, pues, por una estratagema ahora común, cuyo origen podemos situar en la época muy remota de la antigüedad, cambiaban de aspecto según el punto desde el cual se las observara. Cuando se entraba en la habitación, tenían la apariencia de simples monstruosidades; pero, al acercarse más, esa impresión desaparecía gradualmente; y, paso a paso, cuando el visitante se desplazaba por la estancia, se veía a sí mismo rodeado por una interminable sucesión de formas horripilantes pertenecientes a la superstición de los normandos u originadas en los sueños culpables de los monjes. El efecto fantasmagórico se veía notablemente incrementado por introducción artificial de una intensa corriente de aire que circulaba por detrás de los tapices y proporcionaba al conjunto una animación espantosa e inquietante.

En salas como ésta, en esta cámara nupcial, pasé, con la señora Tremaine, las horas impías del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé, a decir verdad, con escasa inquietud. Que mi esposa temiera el endiablado malhumor de mi temperamento, que me esquivara y apenas me amara era algo que yo no podía dejar de percibir; pero me proporcionaba más placer que otra cosa. La detestaba con un odio más propio de un demonio que de un hombre. Mi memoria volaba (¡oh, con qué intensa pesadumbre!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada Ligeia. Me deleitaba recordando su pureza, su sabiduría, su nobleza, su naturaleza etérea, su amor apasionado e idolatra. Ahora, pues, mi espíritu ardía plena y libremente con más intensidad que el suyo. Permanentemente encadenado por los grilletes de la droga, en la excitación de los sueños de opio gritaba su nombre en el silencio de la noche, o entre los protegidos escondrijos de las cañadas durante el día, como si, mediante el salvaje entusiasmo, la solemne pasión y el fuego devorador de mis anhelos por la difunta pudiera devolverla a la senda que había abandonado -¡ah! ¿cómo podía ser que para siempre?- aquí en la tierra.

Cuando apenas llevábamos poco más de un mes de matrimonio, Lady Rowena fue atacada por una súbita enfermedad, de la que sólo muy lentamente se fue recuperando. La fiebre que la consumía hacía sus noches incomodas; y, en su alterado estado de semisueño, hablaba de ruidos y movimientos que se producían, según ella, en la cama del torreón y sus proximidades; deduje que todo aquello no tenía más origen que su imaginación perturbada, o quizás la fantasmagórica influencia del propio aposento. Al fin entró en convalecencia y finalmente se repuso. Pero sólo habría de transcurrir un breve período antes de que un segundo desorden, más violento que el anterior, la arrojara de nuevo al lecho del dolor; y su cuerpo, siempre débil, nunca se recuperó por completo de ese ataque. Sus achaques tuvieron desde aquella época un carácter alarmante, y su repetición era más alarmante todavía, desafiando tanto los conocimientos como los grandes esfuerzos de los médicos. Con el agravamiento de la enfermedad crónica, que, al parecer, había hecho presa con tal fuerza en su constitución que ya no podía ser erradicada por medios humanos, se observaba de forma patente un aumento similar de su irritación nerviosa y de su excitabilidad por causas enteramente triviales. Volvía a hablar, y ahora de manera más frecuente y obcecada, de los ruidos, de los tenues sonidos y los anormales movimientos de los tapices, que ya había mencionado anteriormente.

Una noche de finales de septiembre, este angustioso asunto requirió mi atención con más énfasis de lo habitual. Rowena acababa de despertarse de un sueño intranquilo, y yo había estado observando, con sentimientos en parte de ansiedad, en parte de vago terror, las alteraciones de su demacrado semblante. Me senté junto a su lecho de ébano, en una de las otomanas indias. Se incorporó parcialmente, y habló, con un susurro sentido y profundo, de ruidos que entonces escuchaba, pero que yo no podía oír; de los movimientos que entonces veía, pero que yo no podía percibir. El viento circulaba raudo por detrás de los tapices, y yo me esforzaba en mostrarle –para ser sincero, sin creérmelo del todo- que aquellas respiraciones inarticuladas, aquellas suaves modulaciones de las figuras de los muros, no eran sino los efectos naturales de la habitual corriente de aire. Pero una palidez mortal que se extendía por su rostro me convenció de que mis esfuerzos por tranquilizarla serían baldíos. Pareció desmayarse, y no había ningún criado cerca al que llamar. Recordé donde se había quedado una licorera con vino ligero que los médicos le habían prescrito, y crucé de prisa la alcoba para ir en su busca. Pero, al pasar bajo la luz del incensario, vi una sombra, una sombra desvaída, indefinida, de aspecto angélico, algo que podría definir tal vez como la sombra de una sombra. Pero, agitado por la excitación producida por una dosis inmoderada de opio, hice poco caso de estas cosas, que ni siquiera mencioné a Rowena. Tras localizar el vino, atravesé de nuevo la cámara y llené una copa hasta el borde, que acerqué a los labios de mi desvanecida dama. Pero ya ella se había recuperado parcialmente y tomó la copa por sí misma, mientras yo me hundía en una otomana próxima, con los ojos fijos en ella. Fue entonces cuando fui claramente consciente de unas pisadas suaves en la alfombra, junto al lecho; y un segundo más tarde, cuando Rowena estaba alzando la copa hacia sus labios, vi caer –o tal vez soñase que lo veía- en el interior de la copa, como procedente de alguna fuente invisible en la atmosfera de la estancia, tres o cuatro grandes gotas de un fluido brillante de color rubí. Yo lo vi, mas Rowena no lo vio. Bebió el vino sin vacilar, y ningún comentario hice sobre aquella circunstancia que, después de todo, pensé, no debía de ser sino la sugestión de una imaginación vívida, mórbidamente estimulada por el terror de la dama, por el opio y por la hora.

Sin embargo, no pude dejar de reparar en que, inmediatamente después de la caída de las gotas de color rubí sobre la copa, se produjo un repentino empeoramiento de la salud de mi esposa; de manera que, tres noches después, sus doncellas la estaban preparando para la sepultura, y la cuarta, me sentaba solo, con su cuerpo amortajado, en aquella cámara fantástica que la había recibido como recién casada. Visiones delirantes, engendradas por el opio, revoloteaban como sombras ante mí. Miraba con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la habitación, las figuras cambiantes de las colgaduras y los reflejos irisados de los fuegos multicolores en el incensario situado sobre mi cabeza. Mis ojos se posaron entonces, mientras intentaba recordar las circunstancias de la noche anterior, en el lugar situado bajo el incensario donde había percibido las huellas leves de aquella sombra. En cualquier caso, ya no se encontraba allí; y respirando con mayor libertad, volví la mirada hacía la pálida y rígida figura que estaba tendida en el lecho. Entonces se precipitaron sobre mí mil recuerdos de Ligeia, y luego volvió a mi corazón, con la turbulenta violencia de una avalancha, toda aquella aflicción indecible con que yo la había mirado similarmente amortajada. Caía la noche; con el pecho lleno de pensamientos amargos de la única y supremamente amada, permanecí mirando fijamente, no obstante, el cuerpo sin vida de Rowena.

Podría haber sido media noche, o tal vez antes, o más tarde, pues no tenía conciencia alguna del tiempo, cuando un sollozo apagado, suave pero perfectamente audible, me arrancó de mi ensueño. Sentí que procedía de la cama de ébano, del lecho de muerte. Escuché con una agonía de terror supersticioso, pero nada más se volvió a oír. Agucé la mirada para detectar algún signo en el cadáver, pero no advertí ni la más imperceptible alteración. Sin embargo, no podía haberme engañado. Había oído el sollozo, aunque débil, y mi alma estaba despierta en mi interior. De manera decidida y perseverante mantuve mi atención fija en el cuerpo. Pasaron muchos minutos antes de que se produjera cualquier circunstancia que pudiera proyectar alguna luz sobre el misterio. Al fin, se hizo evidente que un ligero, muy débil y apenas perceptible toque de color había aparecido en las mejillas y a lo largo de las venas hundidas de los párpados. Sumido en una especie de horror y espanto indecible, para los que el lenguaje humano no tiene una expresión bastante enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir, que las piernas se me quedaban inmovilizadas y rígidas. Pero finalmente, un sentimiento del deber hizo que recuperara el control sobre mi cuerpo. No podía dudar ya de que nos habíamos precipitado en los preparativos del entierro, y que Rowena seguía con vida. Había que hacer algo de manera inmediata; pero el torreón estaba muy distante de la parte de la abadía ocupada por los sirvientes, no había nadie a quien llamar, no había modo de pedir ayuda sin abandonar la habitación por unos minutos, y no quería aventurarme a hacer tal cosa. Por consiguiente, luché solo en mis intentos por traer de vuelta el espíritu que todavía se debatía entre la vida y la muerte. No obstante, pasados unos momentos resulto evidente que se había producido una recaída; el color desapareció de los párpados y las mejillas, dejando una palidez aún mayor que la del mármol; los labios se marchitaron, doblemente apretados con la pasmosa expresión de la muerte; una viscosidad y un frío repulsivos se extendieron con rapidez sobre la superficie del cuerpo e inmediatamente sobrevino la rigidez habitual. Volví a caer con un estremecimiento en el diván del que con tanto estupor me había levantado, y de nuevo me entregué a las apasionadas visiones despiertas de Ligeia.

De este modo pasó una hora, cuando -¿cómo podía ser posible?- fui por segunda vez conciente de algún vago sonido que emanaba de la zona del lecho. Estremecido de horror, escuché. El sonido se repitió: era un suspiro. Me precipité hacia el cadáver y vi, vi claramente, un temblor en aquellos labios que, un minuto después, se habían relajado, descubriendo una línea brillante de dientes de nácar. El asombro luchaba en mi pecho con el profundo espanto que hasta entonces allí reinara en soledad. Sentí que mi visión se oscurecía, que mi razón se extraviaba; y tuve que hacer un esfuerzo brutal a fin de mantener la calma requerida por la tarea que de este modo, una vez más, el deber me señalaba. Ahora se podía observar un brillo parcial en la frente, en las mejillas y en el cuello; un calor perceptible parecía impregnar todo el cuerpo, incluso parecía latir levemente el corazón. Lady Rowena vivía; y con redoblado ardor me entregué a la tarea de la recuperación. Froté y lavé las sienes y las manos y recurrí a todas las prácticas que la experiencia y mis no escasas lecturas médicas me pudieron sugerir. Pero todo fue en vano. De repente, el color se desvaneció, el pulso cesó, los labios tomaron de nuevo la expresión de la muerte, y, un instante después, todo el cuerpo adquiría el aspecto gélido, el color lívido, la rigidez intensa, el aire consumido y todas las peculiaridades detestables de quien ha sido, durante muchos días, un habitante de la tumba.

De nuevo me sumí en las visiones de Ligeia, y de nuevo -¿quién se sorprenderá de que me estremezca al escribir estas líneas?- de nuevo llegó a mis oídos un sollozo ahogado desde la zona del lecho de ébano. Pero, ¿por qué detallar minuciosamente el indecible horror de aquella noche? ¿Para qué detenerse a relatar cómo, una vez tras otra, hasta casi el amanecer, se repitió el mismo drama odioso de revivificación; cómo cada terrible recaída acababa en una muerte más severa y en apariencia más irredimible; cómo cada agonía estaba marcada por la impronta de la lucha con algún enemigo invisible; y cómo la lucha era sucedida por no sé qué cambio salvaje en el aspecto global del cadáver? Permítaseme, pues, apresurar la conclusión.

La mayor parte de aquella noche espantosa había transcurrido ya, y ella, la que había estado muerta se agitaba una vez más, y con más fuerza que antes, aunque despertase de una disolución más horrenda y más irremediable que las otras. Yo había dejado hacía tiempo de luchar o de moverme, y permanecía sentado rígidamente en la otomana, víctima impotente de un torbellino de violentas emociones, entre las cuales el pánico era, tal vez, la menos horrible, la menos devoradora. El cadáver, repito, se agitaba, y lo hacía ahora con más fuerza que antes. Los colores de la vida cubrieron con desacostumbrada energía su semblante, los miembros se veían relajados y, si no hubiera sido por los párpados, que se mantenían apretados, y por las venas y los paños de la tumba, que conferían un carácter sepulcral a la figura, podría haber pensado que, en efecto, Rowena se había liberado por completo de los grilletes de la muerte. Pero si ni siquiera entonces acepté esta idea; pude al menos salir de dudas cuando, levantándose del lecho, con pasos inciertos y los ojos cerrados, y con apariencia de quien está desorientado en un sueño, aquel ser todavía amortajado avanzó de forma audaz y palpable hasta el centro de la estancia.

No temblé, no me estremecí, pues una multitud de fantasías inexpresables relacionadas con el aspecto, la estatura y el porte de la figura se precipitaron velozmente en mi cerebro y me paralizaron, dejándome igual de frío que una piedra. Sin mover un dedo, contemplé la aparición. Un enloquecido desorden, un tumulto inaplacable, gobernaba mis pensamientos. ¿Podría ser, realmente, la persona viva de Rowena quien se encontraba frente a mí? ¿Podía tratarse, realmente, de Rowena, Lady Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules? ¿Por qué, por qué tenía que dudarlo? Las vendas ocultaban su boca, pero ¿podía no ser aquella boca la de la dama de Tremaine? Y las mejillas, ahora rosadas, como el apogeo de su vida, sí, tenían que ser realmente las hermosas mejillas de Lady de Tremaine. Y la barbilla, con sus hoyuelos, como cuando estaba sana, ¿podría no ser la suya? Pero, entonces, ¿cómo es que había crecido en su enfermedad? ¿Qué locura inexpresable me atenazaba con ese pensamiento? De un salto, me coloqué frente a ella. Eludiendo mi contacto, dejó caer de la cabeza, sueltos, los horribles vendajes que la envolvían, y allí, como entrando a raudales en la atmosfera sobrecargada de la cámara, se desplegó una enorme masa de cabellos largos y despeinados; sí, ¡cabellos más negros que las alas del cuervo de media noche! Y entonces, lentamente, se abrieron los ojos de la figura situada ante mí.

-¡En esto, al menos –exclamé en voz alta-, nunca, nunca podría equivocarme! ¡Estos son los ojos grandes, los ojos negros, los ojos salvajes de mi amor perdido! ¡Los ojos… de LADY LIGEIA!