Pero existen igualmente personas cuya voz armoniosa imprime a su habla un hechizo que se extiende igualmente a los modales. Saben hablar y saben callarse, se ocupan de nosotros con delicadeza, solo tocan temas de conversación convenientes, eligen sus palabras con acierto, su lenguaje es puro, sus bromas acarician y su crítica nunca hiere. Lejos de contradecir con la ignorante arrogancia de un necio, parecen buscar en nuestra compañía el buen sentido o la verdad. Ni sermonean ni discuten, se complacen conduciendo una conversación, que interrumpen en el momento oportuno. Son de humor estable, su talante es afable y risueño. Sus modales no tienen nada de forzado, su amabilidad nada de servil; reducen el respeto hasta convertirlo en una suave sombra; no nos cansan nunca, y nos dejan satisfechos de ellos y de nosotros. Llegamos hasta su esfera por un poder inexplicable, encontramos su espíritu impregnando todas las cosas que les rodean: en sus casas todo halaga la vista y se respira como el aire de una patria. En la intimidad, nos seducen por su tono ingenuo. Son personas naturales. En ellos no hay esfuerzo, lujo ni ostentación; sus sentimientos se expresan de manera sencilla porque son auténticos. Son sinceros sin ofender jamás el amor propio de nadie. Aceptan a las personas tal como Dios las hizo, perdonando los defectos y las ridiculeces, comprendiendo todas las edades y sin irritarse por nada, porque poseen el tacto de preverlo todo. Hacen que te sientas agradecido antes que consolar; son cariñosos y alegres. Así, llegas a quererlos irresistiblemente. Los tomas como ejemplo y les profesas culto.
Esas personas tienen la gracia divina y concomitante.

Es verdadero, desde mi punto de vista, todo lo que dice Balzac, lo que no considero cierto es que se les tome como ejemplo y menos que se les profese algún culto. En realidad son vistos como bichos raros o extraterrestres.
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