Sobre la mujer amada
En toda mujer hay
una emanación de flor y de amor.
No parecía movida
por los sonidos, sino que semejaba la melodía misma vuelta visible y en acto de
cumplir sus propias leyes.
El amor como tentación
Ayer, cuando
estabas sentada conmigo sobre la piedra, cuando el viento en la copa de los
pinos hacía oír un ruido del mar, a punto de sucumbir de amor y de melancolía,
me decía: “¿Es mi mano lo bastante ligera para acariciar esta rubia melena?
¿Por qué marchitar con un beso unos labios que parecen abrirse para mí, para
devolverme la juventud y la vida? Y, sin embargo, cuando reclinaste tu
encantadora cabeza sobre mi hombro, cuando unas palabras embriagadoras salieron
de tu boca, cuando te vi dispuesta a envolverme con tu belleza como una
guirnalda de flores, hizo falta todo el orgullo (…) para vencer la voluptuosa
tentación por la que me viste ruborizarme. Recuerda tan sólo los apasionados
acentos que te hice oír y, cuando un día ames a un joven hermoso, pregúntate si
el te habla como yo lo hacía y si su más grande amor podría compararse nunca
con el mío. ¡Ah, qué importa! Dormirás en sus brazos, tus labios contra los
suyos, tu pecho contra el suyo, y os despertareis embriagados de delicias: ¡qué
te importarán las palabras en el páramo!
Me has juzgado de
forma vulgar; has pensado, al ver el estado de turbación en que me pones, que
consentiría en hacerte soportar mis caricias.
Objeto
encantador, te adoro, pero no te acepto. Ve a buscar al joven cuyos brazos
pueden entrelazarse con gracia con los tuyos; pero no me digas.
¡Oh!, no, no, no
vengas a tentarme más.
Flor encantadora
que no quiero coger, te dirijo estos últimos cantos de tristeza; los oirás sólo
después de mi muerte, cuando haya unido mi vida al haz de las liras rotas.
¡A veces me
hubiera gustado ser contigo la única criatura viva sobre la faz de la tierra;
otras, escuchando a una divinidad que me refrenaba en mis horribles arrebatos,
hubiera deseado ver aniquilada a dicha deidad, con tal de rodar, abrazado a ti,
de abismo en abismo con los restos de Dios y del mundo!
Los celos
Me diría: “¡En
este momento, mientras se muere de placer en los brazos de otro, le repite esas
tiernas palabras que me ha dicho a mí, mucho más sinceramente y con ese ardor
pasional que no ha podido sentir nunca conmigo!”. Entonces, todos los tormentos
del infierno embargarían mi alma y solo podría aplacarlos cometiendo un crimen.
Y, sin embargo,
¿qué más injusto? De haberme dado algunos momentos de felicidad, ¿acaso me los
debías? ¿Estabas obligada a entregarme toda tu juventud? (…) Todo es justo,
verdadero, pero no cuentes con mi virtud. Si fueras mía, solo tu muerte y la
mía podrían alejarme de ti. Te perdonaría si fueses feliz con un ángel. Con un
hombre, jamás.
Ve a buscar un
amante digno de ti. Lloro lágrimas de hiel por tu pérdida. Quisiera devorar a
aquel que posea semejante tesoro. Pero huye rodeada de mis deseos, de mis
celos, y deja que me debata (…) el caos de mi naturaleza, en la que el cielo y
el infierno, el odio y el amor, la indiferencia y la pasión se mezclan en
espantosa confusión.
El amor efímero
Como ves, aunque
me entregara a una locura, no estaría seguro de amarte mañana. No creo en mí
mismo. Me ignoro. Me devora la pasión y estoy dispuesto a hacerme apuñalar o a
reír. Te adoro, pero dentro de un momento podría amar, más que a ti, al ruido
del viento en esos peñascos, a una nube volandera, a una hoja que cae. Luego
rogaré a Dios con lágrimas en los ojos, o invocaré la Nada. ¿Quieres colmarme
de delicias? Haz una cosa. Se mía, y luego déjame traspasar tu corazón y beber
toda tu sangre.
¿Cuánto duraría,
si fuese cierto? El tiempo de estrecharte en mis brazos. La juventud lo
embellece todo, incluso la desgracia. Fascina, mientras puede secar las
lágrimas, a medida que corren por sus mejillas, con los bucles de una melena
morena.
El suplicio de amor
¿Sabes que una
sonrisa tuya podría mostrarme toda la profundidad de mis males como el rayo de
sol que ilumina un abismo?
Avergonzado a la
vez que orgulloso de tu capricho, sin creerte, me dejo embriagar: sí, ardo por
ti, pero, para ser justo, siento el amor y no puedo inspirarlo.
No, no soportaré
nunca que entres en mi casa. Me basta con reproducir tu imagen, con envejecer
como un insensato pensando en ti. ¿Qué pasaría si te sentaras sobre la estera
que me sirve de yacija, si respiraras el aire que respiro de noche, si te viera
en mi hogar, compañera de mi soledad, mientras cantas con esa voz que me
enloquece y me lastima?
Dime, ¿acaso no
habré sugerido a los demonios, en mi persona, la idea de un suplicio que no
habían inventado aún en la región de los dolores eternos?
Sobre el amor pasado
Cuando me
despierto antes de la aurora, me acuerdo de aquellos tiempos en que me
levantaba para escribirle a la mujer a la que había dejado unas horas antes.
Apenas si veía lo bastante para escribir mis cartas al resplandor del alba. Le
decía a la persona amada todas las delicias que había saboreado, todas las que
esperaba aún; le hacía el plan de nuestra jornada, indicándole el lugar donde
había de volver a encontrarla en algún paseo solitario, etcétera.
Sobre el amor ideal
(…) cuando me creé
un fantasma de mujer al que adorar. Me agoté con esa criatura imaginaria, luego
vinieron los amores reales con los que no alcancé nunca esa felicidad
imaginaria cuya idea estaba en mi alma. He sabido lo que era vivir para una
sola idea y con una sola idea, encerrarme en un sentimiento, perder de vista el
universo y poner la vida entera en una sonrisa, en una palabra, en una mirada.
Pero incluso entonces una inquietud insoportable turbaba mis ensueños. Me
decía: “¿Me amará ella mañana como hoy?”. Una palabra que no era pronunciada
con tanto ardor como la víspera, una mirada distraída, una sonrisa dirigida a
otro que no fuera yo me hacían desesperar al instante de mi felicidad. Yo
advertía su final y, dado que me acusaba a mi mismo de mi desventura, no he tenido
nunca el deseo de matar a mi rival o a la mujer cuyo amor veía extinguirse,
sino siempre de matarme a mí mismo, y me consideraba culpable por no ser ya
amado.
Estas montañas,
esta tormenta, esta noche son tesoros perdidos para mí. Y, sin embargo, ¡cuánta
vida siento en el fondo de mi espíritu! Cuando la sangre más ardiente corría de
mi corazón a mis venas, nunca hablé el lenguaje de las pasiones con tanta
energía como podría hacerlo en este momento. Me parece estar viendo salir de
las laderas del San Gotardo a mi Sílfide de los bosques de Combourg. ¿Vienes de
nuevo a mi encuentro, fascinante fantasma de mi juventud? ¿Te apiadas de mí?
(…) lleno siempre de quimeras, devorado por un fuego sin causa y sin que nada
lo alimente. Aislado del mundo, fue al volver a él cuando te creé en un momento
de éxtasis y de delirio. Ésta era la hora en que te invocaba en mi torre. Si no
estás contenta con las gracias que te prodigué, te haré cien veces más
seductora; mi paleta no está agotada; he visto más belleza y sé pintar mejor.
Ven a sentarte sobre mis rodillas; (…) mis cabellos, acarícialos con tus dedos
de hada o de sombra (…) ¡Esta cabeza (…) está loca como cuando te traje al
mundo, hija mayor de mis ilusiones, dulce fruto de mis misteriosos amores con
mi primera soledad! Ven, subiremos de nuevo juntos a nuestras nubes, iremos con
el rayo a surcar, iluminar, abrazar los precipicios por los que pasaré mañana.

Me parece que el amor ideal sobre pasa a todos los demás que tienen algo más de vanidad humana que de delirio, Chateaubriand lo describe de una manera tan bella que hasta aquellos amores mundanos se tornan celestiales. Esto demuestra que el poeta embellece todo lo que toca, incluso la miseria humana, creo que en mi muy ignorada vanidad he pensado así: "¡A veces me hubiera gustado ser contigo la única criatura viva sobre la faz de la tierra; otras, escuchando a una divinidad que me refrenaba en mis horribles arrebatos, hubiera deseado ver aniquilada a dicha deidad, con tal de rodar, abrazado a ti, de abismo en abismo con los restos de Dios y del mundo!" ¡Qué belleza!: "Te perdonaría si fueses feliz con un ángel". Con un hombre, jamás. Y cegada por los celos también me he dejado arrobar por este pensamiento: "Quisiera devorar a aquel que posea semejante tesoro. Pero huye rodeado de mis deseos, de mis celos, y deja que me debata el caos de mi naturaleza, en la que el cielo y el infierno, el odio y el amor, la indiferencia y la pasión se mezclan en espantosa confusión". Y el mejor de todos mis pensamientos: "Cuando me creé un fantasma al que adorar. Me agoté con esa criatura imaginaria, luego vinieron los amores reales con los que no alcancé nunca esa felicidad imaginaria cuya idea estaba en mi alma". Hasta la eternidad.
ResponderEliminarAmo lo que dices.
ResponderEliminar