domingo, 23 de febrero de 2014

El amor romántico según Chateaubriand





Sobre la mujer amada

En toda mujer hay una emanación de flor y de amor.

No parecía movida por los sonidos, sino que semejaba la melodía misma vuelta visible y en acto de cumplir sus propias leyes.

El amor como tentación

Ayer, cuando estabas sentada conmigo sobre la piedra, cuando el viento en la copa de los pinos hacía oír un ruido del mar, a punto de sucumbir de amor y de melancolía, me decía: “¿Es mi mano lo bastante ligera para acariciar esta rubia melena? ¿Por qué marchitar con un beso unos labios que parecen abrirse para mí, para devolverme la juventud y la vida? Y, sin embargo, cuando reclinaste tu encantadora cabeza sobre mi hombro, cuando unas palabras embriagadoras salieron de tu boca, cuando te vi dispuesta a envolverme con tu belleza como una guirnalda de flores, hizo falta todo el orgullo (…) para vencer la voluptuosa tentación por la que me viste ruborizarme. Recuerda tan sólo los apasionados acentos que te hice oír y, cuando un día ames a un joven hermoso, pregúntate si el te habla como yo lo hacía y si su más grande amor podría compararse nunca con el mío. ¡Ah, qué importa! Dormirás en sus brazos, tus labios contra los suyos, tu pecho contra el suyo, y os despertareis embriagados de delicias: ¡qué te importarán las palabras en el páramo!

Me has juzgado de forma vulgar; has pensado, al ver el estado de turbación en que me pones, que consentiría en hacerte soportar mis caricias.

Objeto encantador, te adoro, pero no te acepto. Ve a buscar al joven cuyos brazos pueden entrelazarse con gracia con los tuyos; pero no me digas.

¡Oh!, no, no, no vengas a tentarme más.

Flor encantadora que no quiero coger, te dirijo estos últimos cantos de tristeza; los oirás sólo después de mi muerte, cuando haya unido mi vida al haz de las liras rotas.

¡A veces me hubiera gustado ser contigo la única criatura viva sobre la faz de la tierra; otras, escuchando a una divinidad que me refrenaba en mis horribles arrebatos, hubiera deseado ver aniquilada a dicha deidad, con tal de rodar, abrazado a ti, de abismo en abismo con los restos de Dios y del mundo!

Los celos

Me diría: “¡En este momento, mientras se muere de placer en los brazos de otro, le repite esas tiernas palabras que me ha dicho a mí, mucho más sinceramente y con ese ardor pasional que no ha podido sentir nunca conmigo!”. Entonces, todos los tormentos del infierno embargarían mi alma y solo podría aplacarlos cometiendo un crimen.

Y, sin embargo, ¿qué más injusto? De haberme dado algunos momentos de felicidad, ¿acaso me los debías? ¿Estabas obligada a entregarme toda tu juventud? (…) Todo es justo, verdadero, pero no cuentes con mi virtud. Si fueras mía, solo tu muerte y la mía podrían alejarme de ti. Te perdonaría si fueses feliz con un ángel. Con un hombre, jamás.

Ve a buscar un amante digno de ti. Lloro lágrimas de hiel por tu pérdida. Quisiera devorar a aquel que posea semejante tesoro. Pero huye rodeada de mis deseos, de mis celos, y deja que me debata (…) el caos de mi naturaleza, en la que el cielo y el infierno, el odio y el amor, la indiferencia y la pasión se mezclan en espantosa confusión.

El amor efímero

Como ves, aunque me entregara a una locura, no estaría seguro de amarte mañana. No creo en mí mismo. Me ignoro. Me devora la pasión y estoy dispuesto a hacerme apuñalar o a reír. Te adoro, pero dentro de un momento podría amar, más que a ti, al ruido del viento en esos peñascos, a una nube volandera, a una hoja que cae. Luego rogaré a Dios con lágrimas en los ojos, o invocaré la Nada. ¿Quieres colmarme de delicias? Haz una cosa. Se mía, y luego déjame traspasar tu corazón y beber toda tu sangre.

¿Cuánto duraría, si fuese cierto? El tiempo de estrecharte en mis brazos. La juventud lo embellece todo, incluso la desgracia. Fascina, mientras puede secar las lágrimas, a medida que corren por sus mejillas, con los bucles de una melena morena.

El suplicio de amor

¿Sabes que una sonrisa tuya podría mostrarme toda la profundidad de mis males como el rayo de sol que ilumina un abismo?

Avergonzado a la vez que orgulloso de tu capricho, sin creerte, me dejo embriagar: sí, ardo por ti, pero, para ser justo, siento el amor y no puedo inspirarlo.

No, no soportaré nunca que entres en mi casa. Me basta con reproducir tu imagen, con envejecer como un insensato pensando en ti. ¿Qué pasaría si te sentaras sobre la estera que me sirve de yacija, si respiraras el aire que respiro de noche, si te viera en mi hogar, compañera de mi soledad, mientras cantas con esa voz que me enloquece y me lastima?

Dime, ¿acaso no habré sugerido a los demonios, en mi persona, la idea de un suplicio que no habían inventado aún en la región de los dolores eternos?

Sobre el amor pasado

Cuando me despierto antes de la aurora, me acuerdo de aquellos tiempos en que me levantaba para escribirle a la mujer a la que había dejado unas horas antes. Apenas si veía lo bastante para escribir mis cartas al resplandor del alba. Le decía a la persona amada todas las delicias que había saboreado, todas las que esperaba aún; le hacía el plan de nuestra jornada, indicándole el lugar donde había de volver a encontrarla en algún paseo solitario, etcétera.

Sobre el amor ideal

(…) cuando me creé un fantasma de mujer al que adorar. Me agoté con esa criatura imaginaria, luego vinieron los amores reales con los que no alcancé nunca esa felicidad imaginaria cuya idea estaba en mi alma. He sabido lo que era vivir para una sola idea y con una sola idea, encerrarme en un sentimiento, perder de vista el universo y poner la vida entera en una sonrisa, en una palabra, en una mirada. Pero incluso entonces una inquietud insoportable turbaba mis ensueños. Me decía: “¿Me amará ella mañana como hoy?”. Una palabra que no era pronunciada con tanto ardor como la víspera, una mirada distraída, una sonrisa dirigida a otro que no fuera yo me hacían desesperar al instante de mi felicidad. Yo advertía su final y, dado que me acusaba a mi mismo de mi desventura, no he tenido nunca el deseo de matar a mi rival o a la mujer cuyo amor veía extinguirse, sino siempre de matarme a mí mismo, y me consideraba culpable por no ser ya amado.

Estas montañas, esta tormenta, esta noche son tesoros perdidos para mí. Y, sin embargo, ¡cuánta vida siento en el fondo de mi espíritu! Cuando la sangre más ardiente corría de mi corazón a mis venas, nunca hablé el lenguaje de las pasiones con tanta energía como podría hacerlo en este momento. Me parece estar viendo salir de las laderas del San Gotardo a mi Sílfide de los bosques de Combourg. ¿Vienes de nuevo a mi encuentro, fascinante fantasma de mi juventud? ¿Te apiadas de mí? (…) lleno siempre de quimeras, devorado por un fuego sin causa y sin que nada lo alimente. Aislado del mundo, fue al volver a él cuando te creé en un momento de éxtasis y de delirio. Ésta era la hora en que te invocaba en mi torre. Si no estás contenta con las gracias que te prodigué, te haré cien veces más seductora; mi paleta no está agotada; he visto más belleza y sé pintar mejor. Ven a sentarte sobre mis rodillas; (…) mis cabellos, acarícialos con tus dedos de hada o de sombra (…) ¡Esta cabeza (…) está loca como cuando te traje al mundo, hija mayor de mis ilusiones, dulce fruto de mis misteriosos amores con mi primera soledad! Ven, subiremos de nuevo juntos a nuestras nubes, iremos con el rayo a surcar, iluminar, abrazar los precipicios por los que pasaré mañana.

2 comentarios:

  1. Me parece que el amor ideal sobre pasa a todos los demás que tienen algo más de vanidad humana que de delirio, Chateaubriand lo describe de una manera tan bella que hasta aquellos amores mundanos se tornan celestiales. Esto demuestra que el poeta embellece todo lo que toca, incluso la miseria humana, creo que en mi muy ignorada vanidad he pensado así: "¡A veces me hubiera gustado ser contigo la única criatura viva sobre la faz de la tierra; otras, escuchando a una divinidad que me refrenaba en mis horribles arrebatos, hubiera deseado ver aniquilada a dicha deidad, con tal de rodar, abrazado a ti, de abismo en abismo con los restos de Dios y del mundo!" ¡Qué belleza!: "Te perdonaría si fueses feliz con un ángel". Con un hombre, jamás. Y cegada por los celos también me he dejado arrobar por este pensamiento: "Quisiera devorar a aquel que posea semejante tesoro. Pero huye rodeado de mis deseos, de mis celos, y deja que me debata el caos de mi naturaleza, en la que el cielo y el infierno, el odio y el amor, la indiferencia y la pasión se mezclan en espantosa confusión". Y el mejor de todos mis pensamientos: "Cuando me creé un fantasma al que adorar. Me agoté con esa criatura imaginaria, luego vinieron los amores reales con los que no alcancé nunca esa felicidad imaginaria cuya idea estaba en mi alma". Hasta la eternidad.

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