Sobre la fuerza irresistible del amor
Pero el amor nada combate tanto como la contrición y el temor, y es cosa orgullosa, de fiera libertad y más libre que la misma Esparta. Pues entre los asuntos de los seres humanos solo el amor, cuando surge en alguien con pureza, no se extasía ante la riqueza, no teme al tirano, no admira los palacios, no se guarda del tribunal, no rehúye la muerte. No hay para él bestia temible ni fuego, precipicio, mar, espada o lazo, y hasta los apuros son para él todo recursos, lo difícil, del todo dominable, lo temible, del todo asequible, lo arduo, del todo fácil; todos los ríos, vadeables, las tormentas, totalmente transitables, las montañas, totalmente accesibles. En todo lugar esta animoso, todo lo desdeña, todo lo domina.
Sobre el amor espiritual y el amor carnal
Y es muy razonable: para los demás “amor” era un nombre del deseo errabundo entre los placeres; su principio, la flor del cuerpo, que llega a los ojos y a través de ellos fluye hasta el alma, pues los ojos son caminos de la belleza. Para Sócrates, en cambio, su amor era semejante en su empeño a los otros, pero distinto en cuanto al deseo, más recatado en cuanto al placer y más certero en cuanto a la virtud; su principio, la flor del alma, que se trasluce en el cuerpo. Del mismo modo puedes captar la belleza de un río que corre a través de un prado: hermosas son las flores que hay a su vera, pero resplandecen a la vista por la acción del agua. Este poder tiene también la flor del alma cuando se implanta en un cuerpo hermoso: resplandece por la acción de este, destella y se trasluce. Y la belleza del cuerpo no es sino la flor de la virtud venidera, como si fuera un preludio de una belleza más madura. Del mismo modo que el resplandor del sol se alza primero por las cimas de las montañas, espectáculo querido a los ojos por la esperanza de lo que ha de venir, así también una especie de belleza esplendente se alza primero sobre las superficies de los cuerpos, espectáculo querido para los filósofos por la esperanza del porvenir.
El amor puro vs el falso amor
Y la belleza, por más que sea una sola, de un modo se muestra a los ojos viciosos y de otro, a los amantes legítimos. En efecto, la espada, por más que sea una sola, de un modo se muestra al excelente y de otro al verdugo. A Penélope la ve de un modo Odiseo y de otro Eurímaco; y el sol, de un modo lo ve Pitágoras y de otro Anaxágoras: Pitágoras como un dios, y Anaxágoras, como una roca. Y la virtud, de un modo la persigue Sócrates y de otro Epicuro: Sócrates, como amante de la felicidad, Epicuro, como amante del placer. Así también un cuerpo hermoso lo persigue Sócrates y de otro Clístenes: Sócrates, como amante de la virtud, y Clístenes, como amante del placer.
El descenso del Principio de Amor al mundo de la materia; la reminiscencia y la iluminación
Puesto que lo bello debe ser bello para poder producir amor, ¿cómo diremos que es y cómo actúa? ¿Quieres que lo diga siguiendo el oráculo de Sócrates? Aun siendo lo bello mismo inefable y superior a los ojos, el alma lo ha contemplado hace tiempo y conserva en sueños su memoria, pero en la circunstancia presente no lo ve con claridad absoluta, porque por el lugar y la suerte se encuentra abandonada, desterrada de aquellos espectáculos a su emplazamiento de la tierra y rodeada de mucha y variada materia por la que se ve alterada, atada a una vida incierta, desordenada y repleta de alteración y falta. La naturaleza de lo bello tiene allí su principio y en la marcha desciende lentamente y debilitada, privada de su antigua plenitud.
Como los ríos más caudalosos cuando desembocan en el mar, que al primer empuje conservan su corriente sin mezcla de la otra naturaleza más salobre, bebida pura para los navegantes que se acercan desde alta mar, pero conforme avanza más y alcanza la extensión marina, al dar sus aguas a los vientos y a las olas, a la resaca y la corriente, hacen que pierda por la mezcla su antigua naturaleza, así también la belleza inefable e inmortal: avanza primero a través del cielo y de los cuerpos que hay en él y, al descender hasta ahí, permanece un tiempo sin mezcla, pura y completa, pero, cuando declina desde el cielo al lugar de acá, se debilita y oscurece, y apenas reconocería su aflujo un marinero de alta mar que estuviera familiarizado con el río, por tener en la memoria la naturaleza de aquél, aun viéndola vagar turbia en la tierra y mezclada con una naturaleza extraña. Pero cuando la encuentra y reconoce la apariencia de su huella, como Odiseo cuando ve el humo ascender, se exalta y se inflama, se ilumina y ama.

Me encanta que te encante. Veo que tu blog es muy distinguido, lo leeré. Gracias por comentar!
ResponderEliminarCariños.
Muchas gracias. :)
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