Sobre la elegancia
El principio de la vida elegante es un alto pensamiento de orden y armonía, destinado a dotar de poesía a las cosas.
La inteligencia de un hombre se adivina por su manera de llevar el bastón.
La elegancia dramatiza la vida.
Elegancia y aristocracia
No todos hijos de la aristocracia nacen dotados del sentido de la elegancia, del gusto que sirve para imprimir a la vida una huella poética; y, sin embargo, la aristocracia de cada país se distingue precisamente por sus modales y por una notable comprensión de la existencia. ¿En qué consiste ese privilegio? En la educación, en las costumbres. Los hijos de los grandes señores, tocados desde la cuna por la gracia armoniosa que reina a su alrededor, educados por madres elegantes cuyo lenguaje y costumbres conservan todas las buenas tradiciones, se familiarizan fácilmente con los rudimentos mismos de nuestra ciencia. Hay que tener naturaleza muy arisca para resistirse a la visión imperecedera de las cosas verdaderamente bellas. Por eso, el espectáculo más repelente para el pueblo consiste en contemplar a un grande que ha caído por debajo de un burgués.
Aforismos sobre la elegancia
Un ser humano se hace rico; elegante se nace.
La elegancia trabajada es a la autentica elegancia lo que la peluca es al pelo.
Aunque la elegancia sea menos un arte que un sentido, procede igualmente de un instinto que de un hábito.
Todo cuanto revela ahorro resulta inelegante.
La prodigalidad en los adornos perjudica el efecto.
En cualquier cosa, la multiplicidad de colores resulta de mal gusto.
La indumentaria es la expresión misma de la sociedad.
El descuido en la indumentaria es un suicidio moral.
El bárbaro se abriga, el rico o el tonto se adornan, la persona elegante se viste.
La indumentaria no consiste tanto en el vestido como en cierta manera de llevarlo.
Todo lo que aspira a causar efecto es de mal gusto, como todo lo tumultuoso.
Un roto es una desgracia, una mancha es un vicio.
Hay que haber llegado por lo menos a la clase de Retórica para aspirar si quiera a llevar una vida elegante.
Quedan fuera de la vida elegante los tenderos, los hombres de negocios y los profesores de Humanidades.
El avaro es una negación.
Un banquero que ha llegado a los cuarenta sin haber quebrado, o que tiene más de treinta y seis pulgadas de contorno, está condenado en lo que se refiere a la vida elegante: verá el paraíso sin jamás entrar en él.
Signos de escaza elegancia
¿Lleva usted un gorro verde? Pues es un hombre sin honor.
¿Lleva una rueda amarilla a modo de condecoración en su abrigo? ¡Quite, paria de la humanidad! Judío, regresa a tu madriguera a la hora del toque de queda, o serás castigado con una multa.
Las personas que se visten a la manera de un obrero, y diariamente cubren su cuerpo sin el menor cuidado, con el mismo envoltorio siempre mugriento y apestoso, son tan numerosos como esos necios que van a los salones de la buena sociedad y no ven nada, y mueren sin haber visto nada, sin conocer el valor de un manjar ni el poder que sobre los hombres ejercen las mujeres, y no dicen ni una sola frase ingeniosa en su vida. Pero “¡Dios mío, perdónalos porque no saben lo que hacen!”
Las mujeres elegantes
¡Qué placer inefable, para el observador, el entendido, supone encontrarse por las calles de París, por los bulevares, a esas mujeres de genio que, después de haber rubricado con su nombre, su título y su fortuna el sentido del bien vestir, no inspiran ni un ápice a la gente vulgar, y constituyen todo un poema para los artistas, para los mundanos que se pasean por la calle! Es un acuerdo perfecto entre el color del vestido y los diseños; es un acabado en los complementos, que revela la mano industriosa de una doncella hábil. Esas altas potencias femeninas saben adaptarse admirablemente al humilde papel de peatón, porque muchas veces han experimentado las temeridades que autoriza el carruaje, pues solo las personas acostumbradas al lujo de la carroza saben vestir bien para pasear a pie.
Según esta sentencia inmemorial, cualquier persona de a pie debe pasar desapercibida. Su triunfo consiste en ser a la vez vulgar y distinguido, reconocido por los suyos e ignorado por la masa.
Según estos principios, derivados de la jurisprudencia exacta, basados en la observación y debidos al más severo cálculo del amor propio humano o femenino, está claro que una mujer mal hecha, torcida, jorobada o coja, debe intentar, por pura educación, disminuir los defectos de su talle. (…) Louise de la Valliere cojeaba con donaire, y más de una jorobada sabe tomarse la revancha mediante los encantos del espíritu o las riquezas deslumbrantes de un corazón apasionado.

Quedan fuera de la vida elegante los tenderos, los hombres de negocios, los políticos corruptos, los contadores y los abogados. ¡Dios mío, perdónalos porque no saben lo que hacen!
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